martes, 14 de febrero de 2017

Gastronauta 107: Escaleras al cielo


¿Cuánto cuesta una escalera al cielo?
Las hay de madera, de metal, de nubes. Escaleras en las que un Dios rubio, con las manos abiertas te recibe, diezmo mediante, el diez por ciento de tu sueldo, un poco más de la mitad de tu tiempo, la esclavitud de la escalera. Están también las disfrazadas de new age, en las que el Dios se le llama Gurú, Maestro, Coach y sus palabras como sus oídos tienen precio. Escaleras en las que una posición de puntas de pie en aguja, la respiración ovárica, un círculo de fracasos, te valen un ojo de la cara.
Después de las escaleras al cielo no hay más bazar, allí la promesa de no tener que comprarlo todo, la frustración de no tener que comprarlo todo. Las escaleras al cielo se soportan en el viento y no hay cosa que apague el fuego o arrase con las cosechas como el viento.
La autoayuda edifica batallones de seres individualistas, inflados por el aire, el humo de la religión del capitalismo, una fe que tiene que ver con la pérdida de la fe en la instituciones religiosas y que pone, contrariamente a su denominación, la ayuda a una misma en manos de los demás. Decía el visionario Aldous Houxley “no hay mayor negocio que vender a gente desesperada un producto que asegura eliminar la desesperación”.
Los gurú hablan en parábolas como Jesús, y pronostican que si te dan el fruto masticado no podrás crecer, pero tampoco te dejan madurarlo, y cosecharlo con tus propias manos, a cambio de unas monedas.

Si se les sigue de cerca, y se quita toda la paja espiritual, detrás de los vendedores de humo se haya el hecho económico, la prosperidad que le llaman, la abundancia que le llaman, porque “tener dinero no está mal”, porque el dinero en sí es el fin los mercaderes de ilusiones. Y en esta historia las ratas le pagan al flautista por la receta.
Está demostrado que la autoayuda es para la clase media, está hecha a la medida de personas que no pueden ni desean gastar en psicólogos, en los que la magia de la autosuperación los hará convertirse en el próximo Steve Jobs, y el racista (pero millonario) de Henry Ford es una inspiración.
La autoayuda está llamada a ser la gran religión del siglo XXI.
Nadie parece estar dispuesto a escudriñar adentro, porque en las nuevas religiones te exigen como requisito mirar al frente, te prometen la facilidad y la felicidad, aunque generalmente “nuestras sombras son más grandes que nuestras almas” como dice la canción.

En la actualidad, la participación en un Círculo de Realización Personal ronda los 21 mil bolívares por dos horas semanales (durante 6 jornadas) en un grupo de 15 personas. Los Coach pueden ganar hasta 315 mil mensual con un solo grupo de personas. Pero hay algo incluso más promisorio que el mero hecho de hacer dinero, el de creerse un pichón de mesías.
En MercadoLibre promocionan cursos de mediodía con un costo de 4 mil lucas y prometen resolver en tres horas la historia de un sistema opresor, expresada en un grupo de 10 personas. El Coach puede ganar de una sola sentada, a través de la proyección de teorías de Programación Neurolingüística en un video beam, hasta 40 mil bolívares.
El gurú estadounidense Deepak Chopra cobra 350.000 euros por una conferencia (http://www.elmundo.es/cronica/2014/02/08/52f62d09e2704e587b8b4576.html), eso en bolívares serían mil 400 millones.

Las escaleras al cielo son jaulas en cuyo columpio oscila “la verdad”. Jiddu Krishnamurti, el mesías fallido, se levantó contra estas sociedades, organizaciones que construyen con la vida ajena pequeñas jaulas. “Yo afirmo que la verdad es un territorio sin sendero, y ustedes no pueden acercarse a ella por ningún sendero, por ninguna religión, por ninguna secta (…) La verdad siendo ilimitada, incondicional, inalcanzable por ningún sendero, no puede estar organizada; ni tampoco debe formarse ninguna organización para conducir o coaccionar a la gente hacia algún sendero en particular”.
Si los Coach son formados para formar, constituyendo su conocimiento en uno de segunda mano, qué posición le correspondería a quién la recibe. Gurú en sanscrito significa “el que señala”. Y se pregunta Krishnamurti ¿una adorna, adora, cumple las órdenes misteriosas, y le paga a una señal en la carretera? Una debe ser y hacerse su propia maestra, lo otro es estafarse para continuar el círculo en que necesitamos ser las víctimas y los depositarios de la compasión.

No hay tierra, tampoco camino, menos escaleras.

No hay comentarios:

Publicar un comentario