jueves, 13 de agosto de 2015

Mujerícola 13: Forough


Fue leprosa. Aunque la bacteria nunca la tomaría, a su cuerpo una llaga le supuraba. Le arrancaron al hijo como a una gasa de la costra. Y sangró hasta el último de sus días, manantial de lágrimas. “Recuerda que es inútil que te pongas bella y que eres una canción en el desierto, abandonada de los tuyos. El día decae, las sombras de la tarde se alargan y como una jaula llena de pájaros, nuestra vida está llena de lamentos”.

Apaga las luces, porque la oscuridad vela la fealdad, La casa es negra (1967):
Forough Farrojzad tenía quince cuando la escuela le apretó y se la quitó de encima como un mal brasier. Se despojó de una amarra, para entramparse en otra, con un pariente quince años mayor que ella. Al año de casarse, en 1953 da a luz a Kaymar y en el 54 se desamarra el marido. Le arrancan así al hijo de la tetas, y a ella, la hija que fue... de los padres que alguna vez tuvo.
Teherán ardió en consecuencia. Su poemario, Cautiva, nace de su primera muerte. A ella la llamaron puta, la más leve de las piedras, a su editor lo hicieron preso.
El Muro y Rebelión serían la antesala de su primera y única inmersión como directora de cine, de la mano de un amante, bordearía su pústula en los ojos ajenos de la Leprosería de Tabriz.

Del poema-documental, una escena entre otras. Un profesor para niños leprosos les pide formar una frase con la palabra casa”. El niño se levanta y escribe en la pizarra: “La casa de la lepra, la casa es negra”. “Cita cuatro cosas bellas”, y uno contesta: “la luna, el sol, las flores, el juego”. El profesor vuelve a preguntar, esta vez por “tres cosas feas”, y la pequeña herida responde: “Las manos, los pies, los ojos”.

En mi noche, tan breve, ¡ay!
El viento está a punto de encontrar las hojas.
Mi noche tan breve está llena de devastadora angustia.
¡Escucha! ¿Oyes los susurros de las sombras?
Esta infelicidad que siento ajena a mí.
Estoy acostumbrada a la desesperación.
¡Escucha! ¿Oyes los susurros de las sombras?
Allí, en la noche, algo está ocurriendo.
La luna está roja e inquieta.
Y, agarrada a este tejado
podría derrumbarse en cualquier momento.
Las nubes, como una multitud de mujeres de luto,
esperan el nacimiento de la lluvia.
Un segundo, y luego nada.
A través de esta ventana,
la noche tiembla
y la tierra deja de girar.
A través de esta ventana, un extraño se preocupa por
mí y por tí.
Tú, en nuestro césped,
pon tus manos -aquellos abrasadores recuerdos-
en mis tiernas manos
y pon tus labios, llenos de calor vital
en contacto con mis tiernos labios.
¡El viento nos llevará!
¡El viento nos llevará!

A Forough la aislaron como a una leprosa y su oscuro poema coaguló las nubes nocturnas. Logró engendrar la belleza. No la que se vende por catálogo, la belleza que es tan delgada que se pierde de vista, la belleza. Aquella que cuando se cree entremanos, se apaga como el culo de una luciérnaga. “El mundo está lleno de fealdad. Aún habría más si el hombre apartara la mirada”.

La vida la despidió como quien descorre una cortina, sin concepto, exigiendo una ventana. Y ella no se defendió. Tenía treinta y siete años, cuando fue enterrada -en el jardín- de un beso por la noche, y renació de un beso por la madrugada.

Y luego
el sol se enfrió
y la prosperidad abandonó la tierra.

Las plantas se secaron en los jardines
y la tierra dejó de aceptar a sus muertos.
Las noches, tenazmente inquietas
en todas las ventanas pálidas,
eran como una sospechosa invención.
Y los caminos
abandonaron su curso en la negrura.

Ya nadie pensaba en el amor,
ya nadie pensaba en la victoria,
ya nadie pensaba en nada.

En las cuevas de la soledad
nació lo absurdo.
La sangre olía a hachís y a opio.
Las mujeres embarazadas
parían niños sin cabeza.
Las cunas, avergonzadas,
se refugiaban en las tumbas.
¡Qué tiempos tan amargos y oscuros!
El pan había derrotado
a la impresionante fuerza de la predicación.

Los profetas
huyeron de los lugares divinos.
Ante el estupor de los prados,
los corderos perdidos
no oyeron la voz del pastor.

(...)

El sol había muerto.

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