La atmósfera del cuarto era densa, la arena de nuestros
huesos se evaporaba en la más surreal de las pesadillas. Mojamos nuestras
sábanas de sudores extranjeros. No éramos los únicos; mi vecino, el vecino de
mi vecino y así… Éste vapor se extendió como si se batiera contra la pared una alfombra,
y con cada golpe cayeran las fronteras. Yo, amamantaba a Pola, y acunaba a
Manuela en el vientre. Ernesto, mi compañero trataba de estar a nuestro lado. Los
cuatro éramos el fuego que hervía cada gota. En nuestras narices explotaban
globos transparentes. Apretábamos los ojos. Yo, podía dibujar mandalas
fluorescentes que, cuando trataba de sujetar, se deshacían en el dolor: Chikungunya.
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Cuando mi familia sucumbió a la chikungunya, una de las verdes
salió al rescate: La matita de atamel. En mi casa la llaman así, como la marca
comercial del ibuprofeno. En otras le dicen acetaminofén, en el cono sur (de
donde parece proceder) Boldo.