Le pregunto a un amigo qué hacía
Anita. Yo quería saber si la cacica seguía haciendo quesos,
sembrando aquí, ordenando allá. Y me respondió: “en horas de la
mañana viene a enterrar a su hijo Cristóbal, en la comunidad Kuse”.
Cristóbal a la mitad de la calzada
para ser hombre, todavía niño, ha sido muerto en manos de algunos
“efectivos”, por ser testigo en el asesinato del cacique Sabino
Romero.
Ana no camina, Ana vela el sepulcro.
Quinientos años no han podido
consumirla. Pero de a poco acaban con todo hombre que la rodea,
porque la historia cree que así lograrán disminuirla. Sí, la
historia es una bala, un gran falo de pólvora.
Ana había enterrado a dos hijos, y a
cinco más había curado de ser heridos. También a ella la hirieron,
a ella que resiste al puma de mil cabezas que lo mismo se la come,
que la roba, que la cerca.
