martes, 11 de diciembre de 2012

Chávez victorioso

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El cáncer que padecemos. Éste no es, ni será el primer obstáculo para que los pueblos avancen. No. Ni la enfermedad, ni la muerte.
Nacemos sin gobierno y morimos físicamente sin que nadie lo pueda evitar, nos vamos sin mando. Y aunque el antiautoritarismo visto de esta forma parezca biologicista, ese parece ser el futuro en colectivo aunque la sociedad lo niegue, la anarquía. Pero ese es, supuestamente, otro tema.
El mismo círculo de la vida sirve de abono para la tierra, para la humanidad. Para que se nutra la vida en camino. Y aunque desaparezcan los huesos, ellos calzaron la ropa, respiraron el aire, contaminaron las aguas, despejaron su estela y en el caso de Hugo se constituyeron en la piedra en el zapato para los poderosos (la oligarquía en masculino, si), un zambo en el poder, un descamisado, malhablado, un pueblo-hombre.
Chávez no puede morir. Incluso aquellos que le adversan lo necesitan, es la columna vertebral de su odio, el escondrijo de sus miedos, la coartada para sus errores, el espejo donde llorarse.
Para quienes lo queremos, el hombre se ha convertido en un compañero de luchas, con el que se puede o no estar de acuerdo en algunas decisiones, y como hermano que es: caerse a piñas.
Es Chávez la primera piedra contra nosotros mismos, la capucha, el huele a azufre, o el váyanse al carajo yankis de mierda, es también vientre fértil, el niño por años ninguneado, el obrero negado a la arepa.
La muerte física, que para el presidente no es un caso, no siempre constituye la muerte política y el pueblo no está dispuesto a morir. El pueblo es ese imprescindible.

Pregúntate ¿Cuándo y en dónde se puede sentir tamaño amor por un presidente?


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