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martes, 20 de febrero de 2018

LEER


Una de las cosas que más extraño de mi vida antes de ser madre es leer, leer cuando quiera, lo que quiera. Pero para ser honesta, lo que extraño es la libertad, porque ahora que no tengo espacio ni tiempo, yo leo más, sólo que de manera desorganizada. Muy pocas veces termino lo que empiezo o empiezo por los finales. Soy un amasijo de costumbres ácratas. Leo un puñito de esto, una pizca de aquello y me jarto de los amargos como si fueran caramelos. Me gusta la novela y la poesía. Y estoy tratando de introducir en nuestra biblioteca más estrógenos. [Ahora mismo son las 6:30 AM. Me acabo de despertar. Escribo esto. Dejé la cama. 20 minutos después se levanta Manuela, mi hija de 3 años, para que le prepare una avena. La convenzo de que tome chicha, lo único que tengo, pero se duerme sobre mis piernas, musitando tres sílabas: a, ve, na. Aprovecho y continúo un texto sin propósito para esta foto]. Ayer preferimos venirnos a la playa antes que hacer una fiesta en casa, como de costumbre, para celebrar su nacimiento, el de mi segunda hija, la nena de la a, ve, na.
Me retrató @ernestojnavarro, bajo la sombrita de Simone de Beauvoir (leyendo La mujer rota) ¿Hay cosa más rica que leer bajo el susurro del mar? ¿Hay cosa más terrible que la arena gruesa de una playa salvaje, en el culo?
Sé que me falta concentración.
[Hay veces que leo y logro introducirme en el relato. Lloro, río, vivo, muero. Hay otras que prefiero limpiarme los restos de piedra molida]. A este libro no lo leo yo, lo leen mis circunstancias. Lo leemos juntas. ... "sé que me moveré. La puerta se abrirá lentamente y veré lo que hay detrás de la puerta. Es el porvenir. La puerta del porvenir va a abrirse. Lentamente. Implacablemente. Estoy sobre el umbral. No hay más que esta puerta y lo que acecha detrás. Tengo miedo. Y no puedo llamar a nadie en mi auxilio"... (Beauvoir, dixit). El viernes en la tarde, después de trasnocharme con los preparativos de una fiestita para Manu, lo decidimos: "mejor nos vamos a la playa". Dejé listo el arroz con pollo, la masa para las arepas, agua, protector solar, y nos fuimos a la más lejana. Una vez ahí, descubrimos maquinaria para remover el barro. El día anterior caería sobre #Carúao una tormenta (mi más reciente tormenta personal) y acto seguido nos devolvimos por toda la costa varguense hasta un enclave salvaje, entre #Chuspa y #Todasana, al que nunca habíamos visitado. Nos establecimos entre dos grandes piedras, que hacían un pozo para nuestras hijas, y ahí bajo el azul caribe nos sacamos el dulce, despojamos. Escalamos, corrimos, nos bañamos con el agua fría de por estos días gélidos, tratamos de hacer castillos de arena, contemplamos el vuelo de los pelícanos, también eso que se escondía tras el choque del agua en la piedra, un calmo horizonte; leímos, comimos, caminamos, oramos. En un tramo de esta hermosa carretera nos detuvimos en un columpio bajo la fronda de una uvita de playa. Ahí nos mecimos y mecimos las cenizas de Dante, que viajaba con nosotros. Al frente, regamos un poco de su cuerpo sobre el mar.


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miércoles, 14 de febrero de 2018

DOLOR





sólo una madre sabe
el sonido
que emite el crujido
de las caderas
el olor a carne quemada
de la piel cuando
se
e
s
tira

he tropezado con machetes

el doblez de la estrella
de un alambre púas
se me incrustó en el
ojo derecho

el filo de un envase de compota
me abrió en dos una de mis
manos

me arrodillé
sobre la aguja de un jabillo

me mordió
el perro de Amada
un poco más arriba del tobillo
más abajo de su casa

me levanté la corteza del muslo
cuando me escurrí
sobre un parqué para detener un balón

me encajé en la ve de cemento
de un falso río

me enjuagué en sangre
dos
o
tres
veces

acostumbraba a sangrar por la nariz
nunca tuve miedo
a la hemorragia

me he doblado con
cólicos nefríticos

ya no sé cuántas veces
he dejado de caminar
por desconsuelos

me han inyectado
m
o
r
fina

hubo una vez que no pude siquiera hablar
me habitaba una pena
anticipada

he parido dos veces
me han roto el corazón
tres

no soy una persona triste
y lo he intentado

pero
aun
no olvido

sábado, 30 de diciembre de 2017

LA BICICLETA



Ella es Karen. Él, Sebastián. En escena, mi prima canta con su hijo mayor en un concurso escolar en pleno corazón de San Petersburgo. Lo llama "el pereza" a Sebas, por eso no lo abandona, lo coge de la mano, se descalza y toma como excusa la tarea para pasear el gen caribe en -5° bajo el sol.
Le pusieron como estrella alcanzar un poema, declamar, o cantar, y como a Karen se le da bien esto último, escogió La bicicleta de Carlos Vives y sorprendieron a los rusos con una electrocumbia.
Obtuvieron el primer lugar y ahora giran con su show, bajo el cual suena el sabroso acordeón, los fuelles de una bicicleta que los lleva a todos lados.
Dicen que Karen empinó bien el micrófono y que, de vez en cuando, charrasqueó la guitarra imaginaria que guinda en la pared de la casa de la abuela en Petare, propiedad de los Carpio. El frío ruso se resquebrajó... un poquito.

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martes, 17 de enero de 2017

Gastronauta 103: Ruleteo


Eran las ocho de la noche y no sabíamos de María. Había roto fuente a las diez de la mañana y subió en el ferrocarril desde Charallave hasta la Maternidad Concepción Palacios, donde se controlaba su embarazo a fin de garantizar el término en la Maternidad General de Venezuela. A mi tía se le había acabado la batería del perolito que cargaba, y María obviamente no atendía el teléfono. A las nueve de la noche, mi madre me avisa que a mi prima la tenían en el Clínico Universitario. Así que cogí mis cuatro muchachas, hice unas arepas, llené un garrafón de cinco litros de agua y nos empujamos mi compañero y yo, hasta el hospital para ver qué sucedía y en qué podíamos ayudar.
Al llegar, nos relatan la travesía. De la Concepción Palacios la despacharon al cabo de recibirla porque no tenían insumos. Mientras, la recibían y la botaban, algunos médicos le hicieron tacto, y todos coincidían en que no estaba preparada. “Usted, no pare todavía”. Le hicieron una orden abierta para irse con su “ayayay” a otro lado. Los dolores aumentaban y ella, primeriza, no sabía qué hacer, lo único que tenía claro era que no se regresaba a casa. De la Concepción Palacios fue a dar al Materno Infantil de Caricuao. Contaron los billetes y se fueron con el mejor postor hasta la UD4. Allí, ni la recibieron. “No tenían pitocín, sólo abrían las puertas a las que llegaban con el muchacho casi afuera”. Estaba a reventar. Lo mismo, en la Santa Ana en San Bernardino. Así que partió hacia El Valle. Una vez allí, una doctora le hizo otro tacto y determina que requiere una cesárea, por la pérdida de líquido y que su estado era delicado y “cuidado sino una Ruptura Prematura de Membrana -RPM-”, lo que le podía ocasionar lesiones en ella y el bebé. Otro doctor, con más rango se le encima, la lastima después de hacerle otro tacto, se molesta porque “cómo era posible que la Concepción Palacios no la atendiera”, y seguidamente se niega a dejarla en el Materno Infantil Hugo Chávez (se retuerce Chávez donde quiera que esté). María decide irse al Clínico. Allí, la reciben a las tres y media de la tarde con la oxitocina sintética que en teoría (y efectivamente) le aceleran los dolores de parto. “Si en unas cinco horas, no ha parido, entonces la operamos”, aclara la doctora tratante. A las ocho pasa y le vuelven a hacer tacto, y según la doctora no había dilatado ni un centímetro, pero seguía botando agua, luego de cuatro ampollas de pitocín y de los dolores de parto. Justo al anunciar que la operarían, un hombre anuncia a voz en cuello que no bajasen a más nadie a quirófano, porque acababa de acabarse el último de los insumos. Eran las diez de la noche.

jueves, 3 de marzo de 2016

Mujerícola 39: Femicidio


A Mayerlin la violaron, la picaron en pedazos y la regaron en Mume.
Estaba implicado el hijo del Gobernador. Lo dejaron libre.
El pecado de Maye, como le decían, había sido ser electa reina de los carnavales del pueblo. Hermosota. Desde entonces, fue objetivo.

A la chica Coronado (le llamaban así por el apellido de su papá, el militar) la agarraron en la mañanita cuando salía a trabajar. Estaba sola, y eso era suficiente. Literalmente la entubaron. No hubo orificio donde no la penetraran con pedazos de metal, antes de matarla.
Cada vez que voy a casa de mi mamá, veo a su hijita, de la mano de sus tías. Nunca camina sola.

Luzbelis corrió con más “suerte”: la violaron entre varios, cuanto quisieron, y la dejaron viva con la condición de que callara. Y calló, nunca más ha hablado. Una la mira y es como estuviera en presencia de la ausencia, un cascarón hueco que repite y repite aquel día. Vive al borde de una autopista. Estoy segura de que algún día se arrojará, y sus cazadores estarán mirándola.

A Luzmila la violó su tío. Todos lo saben. No por ella. Él se jacta de su “proeza” cada vez que se echa unos palos, va la busca, se lo restriega, ella se traga a sí misma. Cada vez que la miro, está igual: larga con un silbido, flaca como si no comiera, triste como la que más.

martes, 19 de enero de 2016

Gastronauta 69: Sindicalista




Los nadies: los hijos de nadie,
los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados,
corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos,
rejodidos:
Que no son, aunque sean.
Eduardo Galeano

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Al norte le queda un café con leche, melao.
Al sur, una empanada de cazón que chorrea aceite todavía hirviente.
Las manos se las lleva vacías.
Cayó en un descuido del sol.
Eran las seis y treinta de un día veintiséis, y cuatro balas apuraron la niebla.
El mayor de sus cinco hijos, todavía con el uniforme de béisbol sudado, lo recibió en los brazos como La Piedad. Tiene trece años, no supo cómo detener la sangre.
Él sonríe. Se fue.

---
Luis Enrique nunca se acomodó en la panza. A Silvana la hicieron parirlo aun cuando venía de pie.
La doctora le pedía que no pujara, que se contuviera porque podía morir asfixiado, y las que hemos parido sabemos que cuando la ola de una contracción crece, no hay muelle que se sostenga.
Pero, ella pudo.
La médica le introdujo los dos brazos, lo jaló hasta que dio con los hombros y se lo trajo a las manos del dolor más intenso que había sentido... hasta que se hizo de noche todo el día.
Su hijo le vuelve a doler como cuando vino, ahora que se va... ya no estuvo el tío Félix para salvarlo de que se arrojara del techo cuando se creyó superman.
Ha caído de pie y las lágrimas de Silvana dan con sus primeros pasos... "ay, mi niño... ay, qué dolor".
Luis Enrique nunca se acomodó en la panza.

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Fue un desenfadado.
Hizo y deshizo con la facilidad que tenía de mover los hombros.
Rajó el viento con una navaja y siguió su propio camino, a la pólvora.
Malditamente escrito.

jueves, 17 de diciembre de 2015

Mujerícola 31: Madre



El arroz estaba caliente y el negrito se quemó.
La culpa la tuvo usted...

Ser madre es tener la culpa. Culpa de cuidarlos y no hacerlo bien. De no cuidarlos por trabajar. De darles teta, de no darles. De lo que se conviertan, o no lleguen a ser.
Ser madre es una sorpresa, aunque lo hayas planificado.

Uno de estos días le pregunté a mi hija de dos años, qué era una madre para ella, y me respondió que era la “Mamá Negra que sopla el arroz para que el Negrito Pon no se queme”.
Y, díganme si el soplido pueda convertirse en ventarrón y no sepa nunca el negrito bailar alrededor del fuego. Se queme o no, la culpa es de la Madre.

Pero si para el mundo la madre tiene la culpa; para la madre, el hijo: los desvelos, los dolores, las lágrimas, los sacrificios.

martes, 4 de agosto de 2015

Gastronauta 46: Teta

Sera McCorkle por Kate Murray

Para algunos la palabra teta es un laberinto:
“Es más bonito si dices seno, decir teta es tan grosero”, me enseñaron.
Pasa con la teta lo que con la cuca, tiene más nombre que Simón José de la Santísima Trinidad.

Decir teta ofende. Pero tener teta es hacer malabares con agujas:
A él lo acostaron y sobre cada una de sus pezones equilibraron el canto de una moneda. Lo puñetearon. Les daba pánico que les crecieran como a una mujer. Y entonces fue preferible mancarlas.

En el horizonte tembloroso de un río de leche se miran los miedos:
Una vez me preguntaron que si darle teta a mis niñas no les fomentaba el lesbianismo, condenando la elección de ama(manta)r en libertad.

Dar teta puede convertirse en una invitación al acoso:
“De ahí comemos varios”, dice uno. El otro le responde “y quedamos satisfechos”. Se le enciman. Ella se la guarda. El niño llora. Nadie dice nada.

martes, 30 de junio de 2015

Gastronauta 41: Opus mater



Gabriela ha logrado sortear los papeles, certificados, facturas, mocos, ha conseguido envasar su leche, congelarla, incluso hay quien le cuide a Luciano. Junto pre y postparto, también las vacaciones. La pediatra le firmó un par de permisos, asegurando la alergia del lactante a fórmulas y leches ajenas a la de su madre. Y, así.
Lucho tiene once meses, y su mami ya se perdió su primera palabra, hoy su primera caminata. María se la ha descrito por teléfono, y Gabi no pudo entonar palabra sin llorar, escondida, en el baño, porque tampoco puede ocupar su tiempo de trabajo en “menudencias domésticas”.
Todos los días ensaya su renuncia, reacomoda las comas, le quita esto y le agrega aquello. Pero Gabi es madre soltera y aunque sueña con acompañar a Luciano en todas sus primeras veces, no puede darse el lujo de quedar desempleada.
En la tarde -ya casi noche- cuando se encuentra con su pequeño, un nido de avispas le come el centro del pecho. El amor le desordena, las tetas le lloran, Luciano la aprieta.
Gabriela antes de saber que su vientre era habitado por Lucho, anhelaba parir una nena...

miércoles, 27 de mayo de 2015

Mujerícola 2: Boca de visita



Al Lewis Carrol venezolano se le volaron los tapones (en su lugar, colocaron unos cartones).
Lanzó por la madriguera a un conejillo con autismo y a su madre detrás del posible salvamento.
Todavía no vuelven.
Se dice que el té del sombrerero es más adictivo que el excremento del diablo y que han de estar enredados en el charco de lágrimas, del que no se vuelve cuerdo.
No hay foto de la Alicia, ni del hijo “¿Y de qué sirve un libro sin dibujos, ni diálogos?”.
Las paredes de la “boca de visita” no tenían vadémecum, opúsculo, tampoco frascos de mermeladas, pero el hoyo, parece sin fin.
Mientras caía, la madre imaginaba que cruzaba hacia la maravilla, tomada de la mano de su hijo. En el trayecto le apretaba, y él hablaba más y con mayor claridad, de vez en cuando sacaba de su chaleco el reloj... ya no tenían apuros en el aquí y en el ahora, seguía siendo su hijo y ella su madre.

martes, 19 de mayo de 2015

Gastronauta 35: Tetada



A mi amigo Franco que nos visita desde Argentina, siempre le chocó, le choca, encontrarse con esos maniquíes que tienen más tetas que ropa. Un pedazo de plástico, que en Venezuela imita a la realidad: la masificación de los implantes mamarios como consecuencia de una idea de belleza impuesta desde las redes del bisturí. Así la publicidad, aliada del sistema, inunda las calles con imágenes de la redondez “perfecta” ¿La culpa? Siempre es de la mujer, por no tener, por tener demasiado, por tapar, por exhibir. (1)
Lo que parece una verdad es que un par con silicón no agrede a nadie. En cambio, una madre que amamanta levanta las más insospechadas conductas.
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Una vez, el chofer de camionetica ofreció dejar caer sobre mí su pañito de secarse el sudor, para que me tapara mientras amamantaba a Pola. “La teta del pueblo, pues”, llegó a proferir.
A Circe, una mujer la detuvo en el metro para preguntarle si le gustaba “que le chuparan las tetas en público”.

domingo, 12 de abril de 2015

Gastronauta 27: Corona

No le puse mucha atención a mi cuerpo hasta que parí.
Fue entonces cuando supe que mis caderas eran hermosas, se abrían para recibir la divinidad.
Que mis tetas crecían y decrecían según el llamado de la leche. Y así mis órganos se reacomodan de acuerdo al tamaño de mis semillas.
La primera rayó mi vientre y lo abultó hasta dejar en él la huella más visible de mi embarazo. En el postparto lo miré y re-miré frente al espejo, que es decir frente a mí misma. No me gustaba lo que veía, ni lo que leía. Que si las rayas de una leona, y un largo etcétera de lo que para mí eran autocompadecimientos. Súmele la depresión de la cuarentena, no poder comer esto, o aquello, el abc de las enfermedades de la teta, un periodo de hospitalización de mi cachorra y otros fantasmas a los que no les até las cadenas.
Ahora mismo, revivo el período en el que vuelvo a mi reflejo. Miro mi piel colgante y asumo mis nuevos pliegues con más entereza... hasta que me tocó masticar uno de mis dientes.
Perdí uno en el ya aporreado cuadrilátero del postparto.
En principio, quise llorar. Y lloré.
Cómo podía pasarme esto a mí.
Hasta que me exorcicé (es decir escribí esto) y entonces comprendí que ubicaba y ubico el espejo afuera, que quien me mira es la sociedad, es una revista Cosmo, una contraportada de diario de deportes, quien se detalla es la mujer que se ha extraviado en sus hormonas. Y me devuelvo enterita de la procesión de ser mujer en el país de la mises, me río y exagero la mueca por si no se mira el agujero en el que se asoma una pequeña monarca.
(Inciso: Le explico a la Pola que no me gustan los reyes, ni las princesas porque para que estos parásitos vivan, otros tienen que fregarse, joderse, desdentarse)
Siempre fui la reina de mi salón. Y alguna vez me gustó. En su momento me gustó. De vez en cuando una debe revolcarse en la mierda y comprender que este envoltorio (y su mierda) también sirve de abono.
Lo mismo que el rey de los judíos, sentimos el power hasta pedalear sobre las aguas, para después ser ahogados en la cruz, y formar parte del espectáculo romano.
Por su proximidad, es la corona de espinas propia la que revienta el pensamiento que somos. La que nos devuelve a la tierra y sus formas. Que nos acerca a uno de los finales. Nos recuerda que son los hijos nuestra propia reencarnación.
No supe si acostar mi diente bajo la almohada y rogar al ratoncito algún deseo.
Después de dos hijas, un trébol de desilusiones y una casa con vista a un templo, no puedo creer en cuentos, ni en sacrificios, menos en perfecciones.
Juego con mis sobrinos que ahora pierden sus dienticos de leche y se los pidos para armar una diadema.
En fin, correteo la sonrisa.



lunes, 29 de diciembre de 2014

Gastronauta 18: Antojo de coco

Cuando Irma parió a Gabriela, le contó los deditos, unos, dos, tres... diez. La persignó tres veces y procedió a inspeccionar todo el cuerpito de tres kilos trescientos que había pujado contra el mundo. Bajo el ombligo, el signo de un deseo no cumplido: un lunar con forma libro abierto.
Si, no se había comido página por página el ejemplar de la Biblia que reposaba en la gaveta de la mesita del lado derecho de la cama. Sólo había probado un poco de la tapa. Y no completó la arcada, cuando la devolvió completica.
Todas las mañanas abría el cajoncillo y babea sólo con el olor de las sagradas escrituras. Pero inmediato sentía el retortijón y detenía el impulso.
Comprobó a los meses, cuando sus piernas en ve coronaron la llegada de su primogénita, la impronta de su extraño padecimiento.

Irma no está sola. Cuando hinchó su vientre, a mi tía le dio por comer jabón azul en pasta. A mi prima, pasarle los dedos a los carros y chuparlos como si del mejor platillo habláramos. Una amiga rompía las paredes y se las comía a gajos.
Lo único que aliviaba la acidez de otra de mis segundas madres era lamer el cabello recién lavado de mi tío, a otra degustar la borra del café.
Las panzonas solemos mezclar lo dulce y lo salado, el agua con el aceite, inflar la lengua tanto como la barriga, almacenar energía en cadera, brazos y ancas, para luego desinflarnos en el camino lechoso de la teta.
"Sino lo vomitas, no fue un antojo", dicen las viejas. "La acidez con lo ácido se quita, chúpese un limón", repica otra por ahí.
Hay la que no padece ni coquito, la que lo único que le advierte de su gravidez es el leve crecimiento de su vientre. Bien por ella. Se dice que casi el noventa por ciento de las mujeres embarazadas sienten antojo o predilección por algún alimento, una preparación; y según la experiencia -propia y ajena- que lo que en el embarazo le produjo esa afición, después de parida lo asquea.

Gastronauta 17: La cocina madre todo lo cura


I
Las maletas reposaban hace quince años en la esquina del anexo que habita, desde que se vinieron de Mérida para ser alguien en la vida. Estudió dos profesiones, un idioma diferente al materno, trabajó dobles jornadas, fue sustento de su hogar, compuesto por su madre soltera y una hermana menor con problemas de aprendizaje. Y, en todo destacó.
Era algo así como el ejemplo de la “superación” en la modernidad: La sumisión del espíritu y del cuerpo como esencia, y la medalla en el pecho para tal “honor”.
Incluso, llegó a ser jefe. Todos lo obedecían como el que más. Inspiraba respeto por aquello de lustrar ambas mejillas, dispuestas a las bofetadas.
Llegado el momento se supo con “problemas” para relacionarse con el sexo opuesto, hasta que se descubrió homosexual. Llenaba cada una de las casillas que impone esta vida a la perfección, excepto por esto último, así que lo negó hasta que la olla de presión explotó y con ella desbordó su casa, largando a su madre y su hermana hacia los páramos andinos, desde donde caminan sus raíces.
Todo estuvo cubierto, menos sus papilas en orfandad, por vez primera desde que salivó la teta.
Al irse Magdalena, tuvo que voltear su mirada a la cocina y prepararse él mismo sus guisos. Fue entonces cuando la revelación tocó su puerta: No sabía ni hervir un huevo.
La sazón del vientre que lo cobijó no se podía comparar.
Aun así, dispuesto como el que más se instaló en los fogones, porque aprendería como lo hizo con la lengua japonesa, como lidió con “su personal”, aprendería a burbujear los paladares, principalmente el propio.
Cultivó entre sus manos los más extraños platillos. Casi pudo empollar los huevos y cocer el barro con el que haría antiquísimos manjares. Dominó los secretos de fogones propios y extraños, pero no lograba repetir el más sencillo caldo que ardía en su madre, la Pisca.
Cada tanto volvía al vapor que escalfaba Magdalena entre las nubes andinas.

Modo
Los trocitos de papa, el cebollín y el ajo antes dorados en manteca, se reducen en la sopa concentrada de pollo -desde el día anterior- y revuelta con la leche durante esa mañana. Ese compuesto salcochará los huevos y derretirá el queso, que será coronado último por el cilantro. La sal y la pimienta son condimentos suaves en la Pisca de Magdalena. Sin embargo, no falta en su mesa el más potente picante, la arepita de trigo y la natilla que acompañe el calor de su caldo.
Todos los alimentos son cultivados en el patio, o en el del vecino. Las vacas y las gallinas hicieron lo suyo para que él -con la primera cucharada- corriera entre los frailejones recitando como el que más el Palabreo de la Loca Luz Caraballo, abandonara todo esfuerzo por ser “alguien”, para reunirse en aquella roca con las montañas, y habitara en su pecho el silencio.

De Chachopo a Apartadero caminas, Luz Caraballo, con violeticas de mayo, con carneritos de enero; inviernos del ventisquero, farallón de los veranos, con fríos cordilleranos, con riscos y ajetreos, se te van poniendo feos los deditos de tus manos.
La cumbre te circunscribe al sólo aliento del nombre, lo que te queda del hombre que quién sabe dónde vive: cinco años que no te escribe, diez años que no lo ves, y entre golpes y traspiés, persiguiendo tus ovejos, se te van poniendo viejos los deditos de tus pies.
El hambre lleva en sus cachos algodón de tus corderos, tu ilusión cuenta sombreros mientras tú cuentas muchachos; una hembra y cuatro machos, subida, bajada y brinco, y cuando pide tu ahínco frailejón para olvidarte la angustia se te reparte: uno, dos, tres, cuatro, cinco.
Tu hija está en un serrallo, dos hijos se te murieron, los otros dos se te fueron detrás de un hombre a caballo. “La Loca Luz Caraballo” dice el decreto del Juez, porque te encontró una vez, sin hijos y sin carneros, contandito los luceros:... seis, siete, ocho, nueve, diez...
De Andrés Eloy Blanco, para mi amigo.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Retorno

Esta mañana les hice el atolito de la abuela.
Lo sirvo y me siento con las tres en la mesa.

No tarda en probarlo, cuando la más grande me dice que la transporté al maternal, cuando comía junto a Tito y Mariana el mismo alimento calientito, que preferían al puré de plátanos.

-Éste plato me hace recordar a Mariana, me dice mientras traga.
Hace una pausa, respira hondo, me mira y continúa.

La amiguita murió recientemente, y cada vez que Cami habla de ella se le siente el nudo que desata de a poco.

Un olor, una imagen, una lengua, para traer de vuelta a la abuela, a la hermana.
Todos venimos de la infancia, de cuando los árboles eran altos, y las piernas de nuestro padre una mecedora. De cuando un beso de mamá aliviaba cualquier derrumbe, y el atolito era una sonrisa repartida.

Les comparto este video, hecho en 2013 por Natalia Chernysheva.
Con él, lo mucho que extraño a mi abuela.


martes, 18 de noviembre de 2014

Buen salvaje


Cuando una hormiga te pica en el cuello  el instinto alza la mano y la estampa contra la piel. Y una mata. Si, sin adornitos, una quita la vida.

Una vez gobernado el instinto, una decide si dar muerte o no a la pequeña obrera. Actúa así la convicción, la cooperación. Después de todo, qué daño puede ocasionarte un pellizco.

Cada vez que a mi nena de un añito la asiste una hormiguita, exclama repetidamente "pisa, pisa, pisa". Le explico a Pola que no por ser más grande se debe abusar del poder… pero la euforia me interrumpe: "pisa, pisa, pisa".

El estado de sus hormonas es todavía cavernario; si una fuera sólo aullidos no hubiese luna a salvo y de vez en cuando bajara la montaña con la presa en la boca.

Es cuando aprendemos a domesticar el grito inicial, o redondeamos las esquinas para que no tropiece nuestra camisa de fuerza, adaptación le llaman.

Al decir de Roland Barthes “Una mosca me molesta y la mato: uno mata lo que lo molesta. Si no hubiese matado a la mosca hubiera sido por puro liberalismo: soy liberal para no ser un asesino”.

¿Qué pasa con la mosca que se posa igual en la mierda que en tu boca? ¿O aquella que se disfraza de mariposa? Mi abuela la haría tortilla y le repicaría a Barthes que la mosca muerta te sirve para pescar.