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jueves, 31 de marzo de 2016

Mujerícola 44: Angélique



Volvieron como cascos de caballo sobre el lomo de la sabana.
Ella, despertó y se miró las manos que permanecían en su lugar. Siempre soñaba que se las cortaban porque se negaba a masturbar a un ejército de hienas.
Hacía tres días que dormía, trataba así de esconderse del hambre.
El tropel del Ejército de Resistencia del Señor la miró y asumió que estaba muerta.
Se llevaron a la mujer a su lado, también al hijo.
La compañera les serviría de cama, el niño ya podía sostener el fusil.
Aprendió a orar a Dios en el desespero, a cantar para invisibilizarse de frente a la maldad.
Corrió sin mirar hacia atrás, y se le olvidó el camino a casa.

Angélique sabe qué le harán a aquella mujer y a su cría, sabe cómo acabarán, porque en el Congo queda el infierno, un hoyo en la tierra, con paredes de diamantes que alumbran el camino por el que asciende el aliento del diablo, un vaho mortecino que atraviesa el corazón del hombre primario.

Y, entonces, ¿de dónde saca la sonrisa Angélique?

jueves, 10 de marzo de 2016

Mujerícola 41: Vincenza


Hay un árbol que nunca nunca deshoja.
A los pies, sus almas descansan del fuego, beben de su sombra.
Tenía dieciséis años. Llegaba de Italia a Hoboken, Nueva  Jersey, a la casa de su tío Ignatzio Razio, y Nueva York era un cielo de ladrillos.
Pasó de robar mendrugos, a bastear las mangas de las camisas en la fábrica Triangle Shirtwaist. Había ahorrado cien dólares para mandar a su hermano y su mamá en Sciacca.
Rápidamente, aprendió a mover el pie en la máquina de pedal, a sincronizarlo con la mano, y subió del piso ocho al nueve. En las escaleras, escuchó y repitió un par de palabras en inglés.
Cuando el capataz se descuidaba, miraba por la ventana la plaza Washington, y se imaginaba sentada, en el borde de la acera, en una calada de cigarro.
Pero la dentada de la aguja le devolvía la mirada al fondo del cuarto, al rincón de los niños, donde las obreras dejaban a sus críos, que limpiaban los hilitos sobrantes de las blusas a cambio de unos centavos de dólar.
La atmósfera era de algodón, uno denso y color arena, que se adentraba en el pecho, y para el que no había expectorante. Subía desde la montaña de telas sobre el piso, y ascendía hacía la luz de las lámparas de gas, dispuestas en hileras, sobre las cabezas de cientos de mujeres y sus máquinas.
La paga dependía de la producción, así que no paraban, sino no podían pagar el cuartucho y la comida. Nueve horas mínimo, de lunes a viernes, y hacían jornadas los fines de semana de siete.
No sabía cómo se llamaba la de al lado. Pero sí cómo se llamaba su hijo: Américo, como el italiano que le dio nombre a esa masa de tierra.
El celador también era de Liguria. Les cerró  las puertas, las ventanas, les revisaba los bolsos, les evaporó las lágrimas.
Si tan solo hubiese podido llorar, algo de aquel fuego se hubiese apagado.
Los diarios especularon, que si la colilla de un cigarro en un tarro de basura lleno de retazos, que si el motor de una de las máquinas. La verdad, ella se hizo cenizas por mujer, niña, inmigrante. Ella y ciento veintidós mujeres más.
Era sábado, día veinticinco de marzo de 1911. Ése día, unas quinientas trabajadoras volvían a la factoría. Ella no subió por el ascensor, sino que prefirió ejercitarse por las escaleras, un túnel de escaso espacio, oscuro, por el que –más tarde- no habría escapatoria. Sabía que llegaba al noveno piso por el anuncio que antecedía la fábrica: “Si no vienes el domingo, ni piense en regresar el lunes”. La del sindicato se lo tradujo.

jueves, 3 de marzo de 2016

Mujerícola 39: Femicidio


A Mayerlin la violaron, la picaron en pedazos y la regaron en Mume.
Estaba implicado el hijo del Gobernador. Lo dejaron libre.
El pecado de Maye, como le decían, había sido ser electa reina de los carnavales del pueblo. Hermosota. Desde entonces, fue objetivo.

A la chica Coronado (le llamaban así por el apellido de su papá, el militar) la agarraron en la mañanita cuando salía a trabajar. Estaba sola, y eso era suficiente. Literalmente la entubaron. No hubo orificio donde no la penetraran con pedazos de metal, antes de matarla.
Cada vez que voy a casa de mi mamá, veo a su hijita, de la mano de sus tías. Nunca camina sola.

Luzbelis corrió con más “suerte”: la violaron entre varios, cuanto quisieron, y la dejaron viva con la condición de que callara. Y calló, nunca más ha hablado. Una la mira y es como estuviera en presencia de la ausencia, un cascarón hueco que repite y repite aquel día. Vive al borde de una autopista. Estoy segura de que algún día se arrojará, y sus cazadores estarán mirándola.

A Luzmila la violó su tío. Todos lo saben. No por ella. Él se jacta de su “proeza” cada vez que se echa unos palos, va la busca, se lo restriega, ella se traga a sí misma. Cada vez que la miro, está igual: larga con un silbido, flaca como si no comiera, triste como la que más.

jueves, 11 de junio de 2015

Mujerícola 4: Eme



Marta tiene cuarenta y cuatro años. Hace unos años llegó de Bolívar. Era prostituta. Empezó cuando ganaba unos reales por cada cama. Se vino con dos dedos menos. Cada uno por una pepita de oro robada a un par de mineros. La llaman La Mocha. Mamá nos exigía que la llamáramos Marta.

Eme de Mujer.
Eme de Marta.
Eme de Mocha.
Eme de Minería.

Eme de Margarita
Al año de haber llegado a Guasipati, tierra de nadie ubicada al sur de Venezuela, quedó embarazada. Después de parir, se mandó a ligar. Sólo tuvo a Margarita, su compañera para toda la vida. Iba y venía de El Callao, donde escarban el oro que crece como los parásitos.
A Marta le “hojillaron” cuando se opuso a ser violada sobre una montaña de barro. La golpearon tanto como a la roca, hasta que brotara de ella alguna gema. La usó como amuleto aquel amante, hoy masticado por la mina. Los ingleses la estrangularon mientras le obligaban a beberse su orina.
Legales o ilegales, daba igual, Marta estaba siendo desentrañada, agujereada, exprimida por un pasajero del oro, lo mismo que la tierra.

martes, 11 de febrero de 2014

Las Mujeres están cansadas de las maneras en que sangran los hombres

Por Judy Grahn, 1993, 2007.

Hay imágenes de sangre alrededor de nosotr@s, en todas partes 
en nuestra sociedad urbanizada la sangre es
representada, discutida y expuesta: 

La sangre de una herida, de muerte y un poco y solo hasta cierto punto
del parto, es parte de lo que vemos a diario en la televisión
y películas; estamos completamente familiarizad@s
con las líneas de sangre del parentesco, y con la sangre
de la violencia, del asesinato y la venganza, el sacrificio,
sufrimiento, y de usuari@s de drogas intravenosas; la sangre
de la advertencia, de herida, de amenaza, del peligro
asociado con el contagio de VIH; la sangre de la vida, de
transfusiones, de redención; la sangre de Cristo;
la sangre de los mártires, de San Sebastián, del campeón
que pelea y vemos en las películas. La sangre es
la genealogía de las líneas de sangre, la sangre de familia,
la sangre que es más espesa
que el agua. 

La sangre existe en su nombre y su expresión común
en la sangre del cordero, en la sangre
de la sangre, el sudor y las lágrimas, en la sangre de “La Sangre”
del Cristo de las Montañas, en la sangre de hermanos de sangre,
la sangre del estigma, la sangre sobre la luna,
la sangre que no puede ser exprimida de los rábanos,
la sangre escurriendo de la boca del vampiro,
la mancha de sangre en las manos de Lady Macbeth, la sangre
gorgoteando por el desagüe de la ducha en las películas de terror.

La sangre de verdad está en todos lados en nuestra sociedad, sangre de sábado 
por la noche, de los tiroteos de un coche pasajero la sangre que lo 
cubría después de que recibir el disparo, o la puñalada 
o después de explotar; la línea tan delgada como el trazo de un lápiz como un collar 
rodeando su garganta, el gran charco de sangre cuando ella fue 
descuartizada, la nariz ensangrentada, la úlcera sangrante, 
el ardor de las hemorroides, la sangre en la bata del cirujano,
en el carnicero, los muchos ríos de
batalla y masacre que han corrido con sangre,
el campo de batalla hinchado de sangre, la arena enrojecida,
la sangre en la oreja del niñ@ y en la boca
de la esposa y la mejilla del joven. 

viernes, 19 de octubre de 2012

Mañana (+La fuente de las mujeres)

Por Indira Carpio Olivo

Se llama mañana
y la persigo
pero mañana no existe
Es una ilusión celeste
un puñal de dientes
una mina que se mastica
Se llama mañana
y no vive en Oriente
se seca
Lame el humo desierto
la atraviesan los cañones
y pare la guerra
Mañana se baña en salivas aceituna
duerme sobre las ruedas encajadas en el pantano
y nunca despierta
Se llama mañana
es el rostro en la navaja
el perfume de la sangre
La fuente

Leila, de La fuente de las mujeres

La fuente de las mujeres, filme, 2011.
En un pequeño pueblo, en algún lugar entre el norte de África y Oriente Medio, la tradición exige que las mujeres vayan a buscar el agua a la fuente que nace en lo alto de una montaña, bajo un sol ardiente. Ha sido así desde el principio de los tiempos. Pero un día, Leila, una joven casada, propone al resto de mujeres una huelga de amor: nada de sexo hasta que los hombres colaboren en el traslado del agua hasta la aldea.
Abajo el trailer:


martes, 12 de abril de 2011

6 de cada 10 migrantes centroamericanas son violadas/ Inyección México

6 de cada 10 mujeres centroamericanas mueren
En las farmacias de San Salvador hay un medicamento cuya venta ha tenido un auge importante en los últimos años. Se trata de una inyección anticonceptiva creada especialmente para las mujeres migrantes que buscan llegar a Estados Unidos vía México, y que, resignadas ante los inminentes ataques sexuales que recibirán en su camino, se aplican esta inyección de efectos duraderos para por lo menos no quedar embarazadas después de las violaciones que reciben durante su viaje.
Como cualquier medicamento, la inyección fue creada para combatir una enfermedad. En este caso, la enfermedad que se combate es la que tiene a ese país al garete llamado México, donde seis de cada 10 mujeres migrantes centroamericanas son violadas, de acuerdo con el reporte más reciente de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos. ¿Cómo llegamos a crear un sitio tan desalmado que obliga a las mujeres de los países vecinos pobres a inyectarse anticonceptivos antes de pisar su territorio? Ninguna sociedad debería consentir la barbarie como un acto cotidiano. En México no sólo hemos hecho eso: hemos obligado a que quienes buscan el sueño americanopesadilla mexicana. vivan antes nuestra
Supe por primera vez de la existencia de esta inyección al ver Los invisibles, una serie de cuatro cortos documentales de Marc Silver y Gael García. Gael me invitó, junto a Cristina Rivera Garza, a mirar este desgarrador trabajo que hizo para Amnistía Internacional en 2009. En el segundo de los cuatro documentales, de 10 minutos aproximadamente, titulado Seis de cada diez, es donde se menciona esta inyección, cuya existencia sintetiza el drama de las mujeres migrantes que pasan por México.
A las mujeres migrantes las puede violar cualquiera durante su paso por México, me explicaban amigos de El Faro, uno de los grandes proyectos de periodismo por internet lanzados en Centroamérica. Puede ser el coyote que contratan, alguno de sus propios compañeros de periplo, el policía municipal que las detiene o el agente de Migración, el policía federal o el estatal, el funcionario de la aduana o el narco, el trailero del camino, el que les da agua en su casa o el que se dedica a eso de manera regular en ciertos pueblos. Las violaciones de mujeres centroamericanas las hace cualquiera en México, en total impunidad.
A un país que parece importarle un bledo la muerte de casi 40 mil mexicanos en el marco de una supuesta guerra contra el narco, ¿qué tanto le ha de preocupar que todos los días haya violaciones de mujeres centroamericanas?
Este martes 12 de abril a las 22:30 horas habrá un programa especial sobre Los invisibles en Canal 11 de televisión, producido por Marta Núñez, en el cual León Krauze, Lydia Cacho, Gabriela Warkentin y Fabrizio Mejía, entre otros, comentan este horror junto con Gael. Ojalá que haya alguien que se asome esa noche a mirar esta realidad, sobre todo en tiempos cuando —como dice Fito Páez— “nadie escucha a nadie, en tiempos de todos contra todos, en tiempos egoístas y mezquinos, en tiempos donde siempre estamos solos”.

twitter.com/diegoeosorno
Columna Esquirla publicada en M Semanal el 10 de abril de 2011.