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jueves, 7 de abril de 2016

Mujerícola 45: Lilith



El mar rojo es rojo, porque a Lilith se le dio por abrirle las piernas en plena luna, para dejarlo pasar hasta horadar las cuevas de donde la piedra hizo de cielo a la palabra, La Gran Madre, Lilith es.
Dejó tirado a Adán en el Paraíso (una cama en flor, con olor a yerbabuena y menta) el día que se negó a estar debajo suyo, y con él a todos sus hijos guindando del árbol de manzanas, a sus hijas enroscadas en las aguas, para parir -a razón de cien por día- los demonios que conforman las raíces de la humanidad.
Y lo mismo se comía a uno y a otra de tanto lamerlos, tanto.
También parió a Eva. De su estirpe -y no de los huesos del varón- se abultaron sus caderas y le crecieron dos deseos como tetas.
De su leche el diluvio atravesaría a las bestias que prefirieron ahogarse en sus aguas.

Se dice que a Lilith le crece un cuerpo de dragón, o de gato salvaje, también de hiena, algunos dicen que de serpiente, que una lechuza, que es un animal.
La dibujan ardorosa, rodeada de su amante Samael, una fina línea de lenguas con escamas.
Lilith es el viento que se cuela por la entrepierna de la noche y le arranca el semen con que fecunda su mito. Moja la cama de los amantes insatisfechos, abre la boca y les roba el aliento, que la gravedad devuelve como rocío.
Entre las hileras de sus cabellos se hallan enredadas las venas de hombres y mujeres a los que enamora su grieta dispuesta al baile.

martes, 22 de marzo de 2016

Gastronauta 77: Theotokos



María madre de Jesús, Theotokos (la que dio a luz a Dios), es una invención del hombre.
Un hombre que odiaba a las mujeres, las torturaba, las mataba, las demonizaba, y al mismo tiempo elevaba a su “virgen” al altar de los yesos católicos.
Fue en Efeso, en el año 431, cuando ocurrió aquello. Uno de los involucrados más activos en la conversión de la campesina palestina en la madre de Dios, fue Cirilo de Alejandría (hecho Santo por la Iglesia), el mismo que incitó a desollar viva a la filósofa pagana Hypatia, el mismo que movió a las muchedumbres a elevar a María como Theotokos.
Cincuenta años antes, un puñado de eclesiásticos la habían declarado “virgen perpetua”. Ciento cincuenta después, celebraron su asunción a los cielos. La deshojaron de toda sangre en sus venas, para hacerla cada vez más abstracta, menos mujer.
Como su hijo, era producto de la consustanciación: divinos como humanos. Pero, los encargados de beatificarla le quitaron la carne, el pecado original, propio de los mortales, y por medio de la aniquilación de su sexo pretendieron castrar al resto de las mujeres, con la idea de su inmaculada concepción, porque para los fieles el cuerpo era la puerta de los infiernos (aunque para los sacerdotes la lascivia sexual le era tan propia como los hábitos).
A través de María exaltaban a la mujer, a costa del desprecio de su sexualidad.
Menos mal que no existió como la delinearon, sino aun más pobre hubiese sido su vida.
María pariría una idea, que se convertiría en carne: Jesús, para luego ella transformarse en idea.
Y junto a los mármoles, el himen de esta muchacha coronaría el panteón católico: le restaron a sus otros hijos y le restauraron la membrana entre las piernas.
Todo lo hicieron por ella, incluso estuvo por encima del Papa, eso sí nunca fue agente de su propia exaltación, “he aquí la esclava del señor”, que nunca llegaría a papel alguno en las estructuras de poder de la Iglesia.

jueves, 17 de marzo de 2016

Mujerícola 42: Artemisia



Tassi, la hizo correr contra la fila de los lienzos. Se enredó y trastabilló el paso. El amigo de su padre, su mentor, la cercó con sus manos, la lamió una primera vez, la segunda, Artemisia se dejó escurrir y en el camino se tropezó con el miembro erecto del pintor. Menos grueso que un pincel, oleoso, y difuso.
Él la había llevado hasta allí con el pretexto de mirar un cuadro. Entonces en la habitación, cerró las puertas, antes le había pedido a Tuzia, un amigo de la familia, que saliera.
Después la lanzó, con la fuerza con la que tensaba las telas, sobre la cama. La manoteó, hasta que le exprimió la tetas como limones. Le abrió las piernas con sus rodillas y se hizo paso a la virgen de los paisajes. Era seis de mayo de mil seiscientos once. Orazio, el padre había salido, y Tassi, que se hiciera de su esposa bajo los mismos métodos “amatorios”, valga decir de la violación, se restregó contra su hija como una esponja sobre la paleta.

Me metió una rodilla entre los muslos para que no pudiera cerrarlos, y alzándome las ropas, que le costó mucho hacerlo, me metió una mano con un pañuelo en la garganta y boca para que no pudiera gritar y habiendo hecho esto metió las dos rodillas entre mis piernas y apuntando con su miembro a mi naturaleza comenzó a empujar y lo metió dentro. Le arañé la cara y le tiré del pelo, y antes de que me penetrara de nuevo agarré su pene con tanta fuerza que incluso le arranqué un pedazo de carne”. Relató Artemisia.

El florentino la desfloró.
Sentí una fuerte quemazón y me dolía mucho, pero como me estaba tapando la boca no pude gritar...”
Y Orazio lo llevó a juicio Papal a Agostino Tassi, y el juicio fue contra su hija, que debió probar públicamente durante siete meses, que no tenía la culpa de ser violada. La torturaron para que su agresor fuera menos agresor.
Tassi la llamó puta, la acusó de haber practicado incesto con su padre, dijo así mismo que la casa de su colega era un burdel.
Al final, después de que Tassi estuviera siete meses en cárcel, el mismo Orazio volvió a ser su amigo y la rabia le creció como un hongo en el pecho a Artemisia.

martes, 8 de marzo de 2016

Gastronauta 75: Día del hombre



Lo recuerda bien. Tenía siete años.
Su madre era un mar de lágrimas. Envuelta en varias toallas, que recogían la sangre de su entrepiernas.
Ella era la segunda de tres hermanos, la única mujer, y le tocó ayudarla: su madre había abortado.
No sabía qué era aquello, pero tenía que ser triste.
Entonces, abortó con ramas, como lo han hecho las mujeres desde siempre.
Escuchó a su mamá explicarle a su papá que no podían alimentar a todos ¿cómo iban a traer otra boca a sufrir de lo mismo?
El padre dejó la casa para siempre.
La niña nunca creció desde entonces. Tampoco hinchó su vientre.

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A Miriam la obligaron a parir, después de ser violada, porque Dios así lo quería. Odia a su hijo, que además es homosexual. Le pide al mismo Dios que quiso su destino que se la lleve, todos los días.
Hoy padece cáncer y es lenta su muerte, como lenta es su vida.
Su Dios es hombre.

jueves, 3 de marzo de 2016

Mujerícola 39: Femicidio


A Mayerlin la violaron, la picaron en pedazos y la regaron en Mume.
Estaba implicado el hijo del Gobernador. Lo dejaron libre.
El pecado de Maye, como le decían, había sido ser electa reina de los carnavales del pueblo. Hermosota. Desde entonces, fue objetivo.

A la chica Coronado (le llamaban así por el apellido de su papá, el militar) la agarraron en la mañanita cuando salía a trabajar. Estaba sola, y eso era suficiente. Literalmente la entubaron. No hubo orificio donde no la penetraran con pedazos de metal, antes de matarla.
Cada vez que voy a casa de mi mamá, veo a su hijita, de la mano de sus tías. Nunca camina sola.

Luzbelis corrió con más “suerte”: la violaron entre varios, cuanto quisieron, y la dejaron viva con la condición de que callara. Y calló, nunca más ha hablado. Una la mira y es como estuviera en presencia de la ausencia, un cascarón hueco que repite y repite aquel día. Vive al borde de una autopista. Estoy segura de que algún día se arrojará, y sus cazadores estarán mirándola.

A Luzmila la violó su tío. Todos lo saben. No por ella. Él se jacta de su “proeza” cada vez que se echa unos palos, va la busca, se lo restriega, ella se traga a sí misma. Cada vez que la miro, está igual: larga con un silbido, flaca como si no comiera, triste como la que más.

jueves, 28 de enero de 2016

Mujerícola 34: Ángela



Ángela es una niña negra que no sabe por qué se llama así.
Un día me preguntó si me gustaba su nombre. Yo le dije que era como si pudiera volar.
Su nombre nació de una montaña, color de pólvora. Se asomó por la ventana sur de su madre, una cabeza de puño zurdo, florecido.
Con ella creció la palabra resistencia y Andrés Eloy pudo pintar un angelito negro. Pero para ella, sólo se abrió el cielo de los obreros con tierra en el pecho.

Ángela no sabe por qué han incendiado las casas de sus vecinos y la suya permanece intacta.
Ángela quiere ser blanca, la misma noche que un ejército de pálidos eleva las antorchas contra su piel, la misma noche que se declara África y África se hace Ángela para siempre.

Ése día, cuando a la niña Ángela le alisaron los cabellos, en Tennessee el río fue menos río.

Un día me confesó que no sabía lo que era el destino.
Y no supe cómo decírselo... Pero, lo ensayé: "Ángela tu vida está escrita. Serás uno de los brazos en la defensa de los derechos de las mujeres negras en un país hondamente misógino y racista. Serás uno de los pechos en la resistencia proletaria desde el ombligo de la bestia".

Y me digo: "no; no tiene tamaño para palabrotas".

martes, 18 de diciembre de 2012

Marimacho


Por Indira Carpio Olivo

Tengo 5 meses de embarazo. Vivo en Sabana Grande. El coctel de hormonas que me acompañan se despiertan, viven, respiran, caminan y se acuestan conmigo. Me ayudan. A veces me hunden.
En la Caracas de hoy, la violencia con la que nos movemos determina la supervivencia. Ese zigzagueo darwiniano me golpeó esta tarde.
Bajé al bulevar del consumo para tomar el metro y dirigirme a otro punto de la ciudad.
No había recorrido una cuadra desde el edificio en que habito, cuando un hombre que venía caminando de espaldas me tropezó.
Yo protejo la barriga y al bebé con mis brazos. Al pasarlo en la caminata me grita: “No ves por dónde caminas, maldita animal”.
Me volteo. Le contesto. Sobre todo no lo insulto, reclamo respeto.
El macho en cuestión se me encima para recordarme que es más fuerte que yo.
La molotov hormonal impulsó la bota de mi pie izquierdo a su entrepiernas.
Pero no soy zurda y me faltó más velocidad.
El falo con patas me tomó el pie y lo haló hacia su cuerpo para tumbarme.
Mi hermana, que estaba detrás de mi, alivió la caida.
Rápidamente, detuve el “cascazo” que se me venía encima. Mientras llovían sobre mí los insultos.
Traté de estortillarle mi puño derecho en el rostro, pero me detuvo el plástico que le cubría la cabeza.
En eso apareció una chica que acompañaba al caballero motorizado, para separarlo de mí.
El vernáculo se alejó, no sin antes gritarme: “¡Marimacho!”.
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Nadie hizo nada para quitar a aquel hombre de encima de una mujer embarazada, en pleno día de consumo navideño, en uno de los puntos neurálgicos del comercio capitalino.
Ninguno de los hombres que nos rodeaban dijo algo.
Las mujeres se tapaban la boca. El silencio era avergonzante.
Mi hermana me reclamó cautela y precaución con el embarazo. Nos miraban.
Para todas, para todos, la culpable fui yo.
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A estas horas, escribo en primera persona sobre la ferocidad de un sistema que se hace el ciego ante los embates de los machos contra las mujeres. 
"Si te hubiese acompañado un hombre, eso no te sucede", me consuelan.