El mar rojo es rojo, porque a Lilith se
le dio por abrirle las piernas en plena luna, para dejarlo pasar
hasta horadar las cuevas de donde la piedra hizo de cielo a la
palabra, La Gran Madre, Lilith es.
Dejó tirado a Adán en el Paraíso
(una cama en flor, con olor a yerbabuena y menta) el día que se negó
a estar debajo suyo, y con él a todos sus hijos guindando del árbol
de manzanas, a sus hijas enroscadas en las aguas, para parir -a razón
de cien por día- los demonios que conforman las raíces de la
humanidad.
Y lo mismo se comía a uno y a otra de
tanto lamerlos, tanto.
También parió a Eva. De su estirpe -y
no de los huesos del varón- se abultaron sus caderas y le crecieron
dos deseos como tetas.
De su leche el diluvio atravesaría a
las bestias que prefirieron ahogarse en sus aguas.
Se dice que a Lilith le crece un cuerpo
de dragón, o de gato salvaje, también de hiena, algunos dicen que
de serpiente, que una lechuza, que es un animal.
La dibujan ardorosa, rodeada de su
amante Samael, una fina línea de lenguas con escamas.
Lilith es el viento que se cuela por la
entrepierna de la noche y le arranca el semen con que fecunda su
mito. Moja la cama de los amantes insatisfechos, abre la boca y les
roba el aliento, que la gravedad devuelve como rocío.
Entre las hileras de sus cabellos se
hallan enredadas las venas de hombres y mujeres a los que enamora su
grieta dispuesta al baile.





