A la abuela de su abuela la obligaron a
venir. Estando, la obligaron a rezar a santos pálidos, a pronunciar
su palabra, a taparse las tetas airadas, a criar a hijos ajenos y que
su leche alimentase al blanco que mañana violaría a su hija, al que
ahorcaría a su hijo.
Pudo dejar morir de hambre a sus
futuros opresores, después de todo a ella no tardarían en colgarla.
Pero nomás al llegar, murió la señora de la casa.
-¿Pá, la leche de Sally es de
chocolate?
No clareaba cuando Sally había hecho
el desayuno, limpiado la casa y desaparecido su humanidad al
cuartucho donde también se escondían las ratas. Allí, esperaba a
que abrieran la puerta.
El amo entonces sólo se asomaba para
reclamos.
Tenía catorce años cuando llegó, y
muchas fueron las veces en que él derribaría entradas y salidas,
las de la casa, las del cuerpo. Sally está segura de que su hija del
medio -Madison- es un turrón de leche.
Pero no sabe levantar los ojos -se los
bajaron a golpes- para advertir al amo que a la que ahora visita es
también su hija. Madison tenía quince, un año más que su madre
cuando aquel ventarrón destrozó su vientre.
-¿Pá, por qué odias a Sally?