Mi abuela decía que no había que darle al enemigo, el poder que no quisiéramos que tuviera. “No lo refuerce, mija”, aconsejaba.
Con las declaraciones de Agencia
Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos, que asegura que
Rusia filtró los correos de Hillary Clinton para favorecer la
campaña de Donald Trump y en consecuencia intervenir en las
presidenciales de USA, la inteligencia rusa se hizo más grande,
aunque el Kremlin negara su participación en estas acciones. El
supuesto beneficiado, desmeritó a las mentes militares de su país
al decir que el ataque “podría haberlo hecho cualquier tipo en su
sofá”.
Lo mismo, dicen las agencias
estadounidenses, que los eslavos tienen datos personales y
financieros sobre Trump. Entre las informaciones, Rusia guardaría
grabaciones del actual presidente estadounidense con prostitutas en
Moscú. Ambos bandos dan por falsas las acusaciones. Pero antes de
que Trump asumiera, Barak Obama expulsó a 35 supuestos operadores de
inteligencia rusa, de su país.
En el teatro virtual, la guerra entre
las dos potencias militares más fuertes de la tierra, EE.UU. y
Rusia, se acrecienta. Son operaciones cibernéticas que tienen
-aproximadamente- una década de vida y que pasan de obtener
información confidencial a torcer los rumbos de una nación, y con
ello los del resto del mundo.
Y por lo menos desde el punto de vista
comunicacional con la victoria de Trump, la pelota parece estar del
lado ruso.














