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martes, 22 de noviembre de 2016

Gastronauta 99: Los Miserables


A Jean Valjean lo hicieron miserable por robar unas hogazas de pan.
Del hambre a la revolución, la vida del hombre trazó una raya que atravesó la historia novelada de su pueblo. Víctor Hugo escribió sobre la defensa del oprimido, el hombre y su dolor, y el dolor como un dique roto al que lo atraviesa la naturaleza.
Quien no haya padecido el hambre no conoce el dolor.

La noticia del arresto a un menor de 16 años de edad en Lagunillas, en plena Costa Oriental del Lago de Maracaibo, por el robo de 5 auyamas (más bien auyamitas) es cuando menos una postal de Los Miserables: un muchacho camino a ser hombre con un abrigo azul roto, abrigo que no cubre su delgadez, custodiado por dos efectivos de la Guardia Nacional Bolivariana Destacamento 113 (@GNB_ZuliaD113). Delante del “delincuente” una mesa de mantel rojo. Encima, la prueba del delito: cinco pequeñas calabazas que supuestamente robaría de un vivero ubicado en la Carretera N, una transversal de la Intercomunal que conecta a Lagunillas con Ciudad Ojeda, ciudad cabecera del municipio, y que serpentea desde la cabecera del Puente sobre el Lago hasta Mene Grande, límite con Trujillo.

Más abajo en el mapa en Caja Seca Municipio Sucre, dos días después, el 20 de noviembre, otro hombre de 19 años de edad sería apresado por robar un racimo de plátanos de una granja. Esta vez sería el Cuerpo de Policía Bolivariana del Estado Zulia el que reportaría la hazaña a través de su cuenta en Twitter (@CPBEZ), hazaña que, luego del zafarrancho, borraría de las redes igual que la foto del “ladrón de auyamas”. El nombre del “hambre” es Leonardo José Cubillán Chourio. Tiene el mismo nombre y el mismo color de piel del José Leonardo Chirinos.

¿Quién escribirá sobre Eduardo Yohandry Ollarve, el “ladrón de auyamas”, o de Leonardo José, el “ladrón de plátanos”? ¿No tienen suficientes nombres para escribir sobre su hambre? ¿Cuándo se desbordará el Lago y terminará por hundirse la miseria? ¿Cuándo el mismo pueblo disfrazado de autoridad dejará de perseguirse la cola?

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Lagunillas es el reducto de los campamentos petroleros construidos para albergar a los obreros de la Industria de un lado y a la nómina mayor del otro. Alrededor se acumuló la marginalidad, para constituirse en la mano de obra tercerizada que sirve a los que sirven a la empresa, la gente pobre más pobre. Dentro, Pdvsa se encargaba de pintarle hasta el bote de basura que cada casa (cada una de las cuales son propiedad de la petrolera) tenía en frente; pagaba (paga aún) los servicios de agua, luz y gas; había hecho una clínica exclusiva para sus trabajadores; escuelas para unos y otros disgregando las clases sociales que componían el campo; dispensaban los alimentos a través de un Comisariato (de su uso exclusivo). Hasta los clubes estaban segregados, cerrando la puerta a los marginados.
La realidad cambia luego del sabotaje petrolero en 2001-2002 y el Estado decide no subsidiar más el gueto en su totalidad. El comisariato se constituye en un Pdval, la clínica atiende ahora a los marginados, y deja de mantener urbanísticamente el área, principalmente porque la población debe abandonar los campamentos a urbanizaciones creadas por el mismo Estado, debido a un fenómeno conocido como la “subsidencia” que consiste en el hundimiento progresivo del terreno, a medida que se extrae el petróleo. Algunas zonas de Lagunillas están por debajo de hasta 6 y 7 metros del nivel del Lago de Maracaibo. Los separa de las aguas marabinas un dique, de las lluvias ni Dios.
Antes de que otro fenómeno llegase a Lagunillas, en el municipio siempre gana el Partido Social Cristiano Copei. De sus cabezas, la frase de un alcalde que decía sin vergüenza que él “no hacía cloacas, porque eso no se ve”. Un cura que era dueño de una fábrica de velas, y que de día oficiaba la misa y de noche cazaba niñas y niños.
Digamos que en ese Macondo nació Eduardo Yohandry Ollarve, el ladrón de auyamas que exhibe la Guardia Nacional Bolivariana.
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Mientras los efectivos de la GNB o de la CPBEZ se toman las fotos que demostrarían que cumplen con “su trabajo”: el rescate de 5 auyamas y un racimo de plátanos, algunos de sus superiores permiten el contrabando de medicinas, alimentos y combustible hacia Colombia, no muy lejos de donde la “autoridad” garantiza la “propiedad privada”, allí donde el honor no se divisa.
Según el artículo 454 de Código Penal venezolano debieron castigar a los “infractores” con una multa que fuera de 5 a 25 unidades tributarias, y sólo apresarlos en caso de reincidencia con arresto de 3 a 15 días. Un aparte del artículo 451 contempla el hurto famélico -por estado de necesidad- de alimentos, sin el empleo de la violencia física.

Ollarve declararía que con las auyamas alimentaría a su familia.
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Hugo Chávez en 1.999 lo diría así. “Ayer saliendo de la Catedral, un hombre joven de unos 25 años llorando a la puerta de la catedral me dijo: ‘Chávez, ayúdame. Tengo dos hijos y se me están muriendo de hambre, y yo no quiero meterme a delincuente obligado… ¡Sálvame de este infierno!’ ¿Cuántos hombres como ese que lloró conmigo, a las puertas de la Catedral, no terminan en la cárcel de Yare o en El Dorado? Porque muchos de ellos tienen que salir a robar un pan para darle a su hijo y no se muera de hambre. ¿Cuántos no caen en eso? Yo creo que yo también caería, hermanos… Si yo fuera ese hombre joven que lloró conmigo ayer a las puertas de la Catedral de Caracas, y viese a mi hija a punto de morir de hambre, yo creo Dios mío que yo saldría a la medianoche a hacer algo para que mi hija no vaya a la tumba”.

Habrá quien se ocupe de descoser una supuesta campaña contra la institución castrense. Pero fui testigo de que borraron la información sobre el arresto a Leonardo Cubillán dada en la cuenta twitter de la Delegación 113 hoy martes 22 de noviembre en la mañana. Si fuera mentira, una manipulación de la foto, en principio por qué la publican, luego por qué la borran tras la polémica desatada.

Hay mucha miserabilidad: está el que padece la miseria, está el que se vale de su autoridad para hacer más miserable la miseria, convirtiendo todo lo que toca en mierda. Está el carroñero que se alimenta de los despojos de Los Miserables y sensacionaliza la miseria a cambio de rédito político, una especie de juez que se nutre de los mejores manjares mientras en el otro sucede la tragedia. Está usted que puede leerme y están los ladrones de auyama y plátano que nunca lo harán, para los que yo nunca he hecho nada. Y, nada he hecho ¿Qué podemos hacer, sino la revolución?

viernes, 26 de agosto de 2016

Gastronauta 95: BOICOT AL PAN


¿Por qué hay colas en las panaderías? ¿Las filas se forman primero en la cabeza, y después en las aceras, o al revés? ¿Por qué sigue faltando el pan, si el trigo ya está con nosotros? ¿Por qué si en Julio ingresó al país 110 mil toneladas del cereal, y el consumo histórico es de 75 mil, los comerciantes del pan se siguen quejando de la ausencia de materia prima para elaborar sus productos? ¿Usted sabía que Polar (Monaca) y Cargill reciben la mayor parte de la carga del trigo que surte a las 10.500 panaderías que atraviesan Venezuela? ¿Esto no le dice nada? Entonces, mejor no siga leyendo.

El trigo con el que se hace el pan en Venezuela es importado. Lo importa el Estado, quien a través de la Superintendencia Nacional de Gestión Alimentaria (Sunagro), lo entrega a las procesadoras, todas privadas. Son 7 los intermediarios entre el Estado y las panaderías, de los cuales Polar y Cargill son los principales.
El Estado expende el trigo que debe estar regulado en 8 mil Bolívares cada saco, que a su vez contiene 45 kilos. Es decir, cada kilo de harina de trigo estaría por el orden de los 177,8 Bolívares.
Pero en cuánto le venden una canilla al pueblo. El precio varía de acuerdo a la zona, desde los 180 hasta los 370. Y, ¿cuánta harina de trigo se necesita para hacer una canilla? Una baguette casera lleva al menos una taza de harina de trigo, que equivale a 110 gramos del cereal. Con una simple ecuación podríamos determinar que de un kilo de harina, un panadero pudiera elaborar unas diez canillas, al menos, o unas 450 de un saco de harina.
En la panadería que está cerca de casa, el precio del pan de kilo está en 1.200 Bolívares, el campesino (un poco más grande que una canilla en 850, el francés a 150 cada uno, el dulce a 250 (de a bollo), el de queso a 1.000, y así. Casi no expenden canillas, porque según los dueños de la panadería no le ven el queso a la tostada. La estructura de costo debe contemplar (además de los pagos de los panaderos, el local, los servicios, las bolsas) otros ingredientes, como sal, azúcar, levadura, mantequilla, huevo. Establecen horarios en los cuales venden un número y no más de panes salados. Entonces, las filas salen del establecimiento y cruzan calles y avenidas.
Sunagro ha anunciado que pretenden regular el uso de la harina a 90% pan salado y el resto entre dulces y otras preparaciones. Además, que tienen en inventario 230 mil toneladas más de harina de trigo. Si acaso el anuncio más importante: deja en manos de mecanismos del Estado la distribución del trigo a las 10.500 panaderías en todo el territorio, a través de mesas de trabajo con las gobernaciones. Las mesas a las que convocaron a los siete grandes conglomerados no prosperaron, porque simplemente no se presentaron.

martes, 5 de julio de 2016

Gastronauta 90 Walterio


Cuando Walterio pasó de la puerta de mi casa hacia adentro, un hilo de aire meció la flor de atamel.
El viejo duende nunca la había visto. Yo, tampoco.
Un rato nos quedamos con los pétalos en las manos, con las manos como pétalos, reconociendo nuestra carne y la de las hojas. También es que W es cegatón.
Tiene cataratas y cada vez que se las va a operar, una semilla en este o aquel lugar lo mienta y él ligero corre a plantarla, palabra que siembra todos los días, la oración.
W tiene malo los ojos, pero rápido bautiza violáceo el pedazo de cemento de donde cuelga la vida: la flor del boldo es una torre de babel de piel gruesa, de punta en corona, moteada por el color nazareno. Es púrpura la albahaca y su brote, lila la del ajoporro, y morada la del orégano.
Su cabello, el de W, se confunde con las barbas del maíz que le cuelgan de la boca.
“Mamá, ¿quién sembró a Walter? ¿lo podemos sembrar en casa de mi abuela?”.
Y en tierra de mi tierra W metió un casal de frijoles chinos que agrietaron el suelo cuando el sol hizo lo propio en el cielo.
Entre una tacita de “cocoy” (como le dice mi hija) y otra W soltaba la lengua como la vaina de la caraota, y nosotros la recogíamos. Este pedazo de bloque nunca fue más verde.

martes, 12 de abril de 2016

Gastronauta 80: Regalo mi número en la fila


I
A Miguel lo nombraron gerente de Makro hoy, y dos semanas después lo encañonaron al salir de su casa al trabajo. Se desayunó a seis hombres en dos camionetas, que le dijeron el nombre de su hija, la dirección del colegio en el que estudia, y cómo la despedazarían después de violarla, también la descripción de su esposa y algunos otros datos sobre cómo se movía y cómo podía dejar de hacerlo, de no acceder a la negociación que le “propusieron”.
A cambio de que no ocurrieran aquellos desmanes, debía venderles buena parte de los productos regulados para el abastecimiento de la población que acude a la distribuidora, debía privilegiar a la gente que mandasen.

II
Aníbal llegó a las cuatro de la mañana al Mercal, ubicado en la Urbanización Ciudad Urdaneta, sector El Danto, de Ciudad Ojeda, Estado Zulia. Era el número cuatro en la fila de personas que desde más temprano se formaba para acceder a los alimentos subsidiados por el Estado venezolano.
A las ocho y treinta de la mañana, se asoma un empleado del Mercado de Alimentos y le entrega la numeración a las personas que permanecían en la cola.
A Aníbal le entrega el número sesenta.
Extrañado, el hombre le pregunta que qué significaba eso, a lo que el trabajador le sale con que “o lo acepta, o se va pal' coño”.
Los tres que antecedían a Aníbal se quedaron, éste se fue sin mediar más palabra. Se quedó en silencio. Contiene en su pecho cinco meses de desempleo, y el maltrato ése que viene con el paquete de ser pobre.

III
Ahí mismito, a pocos kilómetros, hace dos meses, fue arrestado el gerente del Abasto Bicentenario en Lagunillas, Carlos Bonilla. En el video presentado en televisión nacional por el ministro de Interior y Justicia, la población agolpada en los alrededores del comercio, vitoreaba la acción del Gobierno Nacional, porque “ya era hora”.
48 horas después fue puesto en libertad, y la gente que aplaudió aquella acción lo miraba comer hamburguesas en un puesto frente al club Zumaque.

martes, 5 de abril de 2016

Gastronauta 79: Sustitutos


Hace una año cuando empezó la sumisión económica, en mi casa llevábamos rato sin comer carne, tampoco azúcar, la sustituíamos con granos, y con papelón, entre otros hábitos que creíamos más sanos, más económicos.
Pasé de comprar la panela de 20 Bolívares, a 400. El último mes me he negado a comprarla en 920, costo que representa 45 veces el precio de hace sólo meses.
Ni hablar de los granos. Un kilo de caraotas cuesta hasta 1.500, siendo que lo compraba en 35 Bolívares. Más de cuarenta veces su valor.
Se trata de cortar todo atisbo de oxígeno. Ya, ni lo que la cesta básica contempla, ni los sustitutos.
Con el café pasó que, después de elevar el precio de la regulación de 46,6 a 694,21 Bs. (1.390% de aumento) se encontró en todos los anaqueles, sólo que con presentaciones “gourmet” con el precio marcado en más de mil Bolívares. La presión resultó en el aumento del costo del producto y en la liberación de los costos, enmascarada.
La pasta que se compraba en 15 Bolívares marca casi 400, sobrepasando cualquier regulación del Estado, a merced de lo que guste marcar el productor (llámese Polar, o Sindoni).
Cuando el gobierno ordenó bajar el costo del cartón de huevos a 420 Bolívares, muchos productores prefirieron estrellarlos contra el piso y, aunque algunos negociaron un precio “más justo” para la venta (600 el cartón), tres meses después, MEDIO cartón cuesta 900.
Una lata de atún mediana (de 175 gr) costaba -hace un año- 180 Bs. En la actualidad marca 1.200.
¿Los costos de importación crecen exponencialmente, de acuerdo a qué? ¿La regulación es una barda que salta cualquiera? ¿La subida de los precios contempla en su estructura de costo el pago de las pocas –casi nulas- multas por la contraloría del Estado?
Está bien, eliminamos el azúcar y el papelón, la carne y los granos, el café, la pasta (el arroz, porque tampoco se consigue), los huevos, el atún, la harina de maíz (hecha con el bagazo del cereal) y nos hacemos vegetarianos.
Pero, la yuca –por ejemplo-, que fue una de los tubérculos más económicos, no baja de 700 Bolívares, y ya ni siquiera los alimentos cosechados en temporada alivianan el bolsillo de los comensales.
Así el resto de los vegetales y las frutas.

martes, 13 de octubre de 2015

Gastronauta 57: Masa



Lo unta contra la pared
le come la orilla de los labios
y le aprieta las nalgas.

La sube en la mesa
y dibuja su nombre con un hilo de saliva
en el envés de su muslo derecho.

La voltea y ahora las piernas le cuelgan de la madera
y en las palmas de sus manos recoge la carne de sus tetas.

Ella contiene por un segundo el aire y roba el corazón de las flores que en frente perfuman la mesa.

Me asomo para mirarnos,
bestias de lenguas de fuego.

Baja la pantaleta negra hasta los tobillos
y se aleja un poco para contemplar aquello.
Respira, la respira profundo, casi la suspira, cierra los ojos y la guarda.
Vuelve.
Entonces, deja caer su peso en la espalda de ella
retorna todo temblor
la abraza.

Ella lo siente crecer
y quiere que su gota primera la bautice.

Se vuelve hacia él
y lo mismo le baja el cierre
que se desenrolla como lengua de mariposa.

Teje un cuenco entre sus dedos
para que caigan los pedazos de la concha:
una vaina de tamarindo
del color de la corteza
y que una vez que se lame, prospera.

Ella lo coloca en medio de sus piernas
y se lo pasa de una boca a otra.
Él canta.

Se arroja desde el ombligo de ella a su grieta
y deja que su boca vaya y venga de los labios de esta cayena con cortinas rosa.

Es un tigre que se detiene en el charco a mirar cómo lengüetea sus manchas.

Hasta que llega a casar humedales
como el río que besa al mar.

Y así, un cuerpo
la masa.

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Recuerde, para que la masa no se pegue de la superficie, espolvoree.

martes, 6 de octubre de 2015

Gastronauta 56 Cantina


Siempre tuve alma de gorda. Yo, tenía unos ocho años cuando me quedaba con la señora de la cantina a limpiar después de que todos se iban, para ganarme un tequeñón, una masa frita larga como el cuello de una jirafa que envolvía pedacitos de queso derretidos al calor de aceite hirviente y viejo (muy viejo). Era cuando estudiaba en la escuelita vieja, de la que sólo queda en pie una pared. La de la bodega. Lo demás se lo llevó por delante un pilote del ferrocarril. La modernidad.
Justo en esa pared iba a parar el aceite en el que todo lo freían. Se decía que hasta los jugos. También los gatos. Porque gato que llegaba, gato que desaparecía. Los niños pensaban o que se lo comían las ratas, o que la señora de la cantina los picaba y repartía en las empanadas, o que iban a parar al muro aquel, detrás de un friso que en verdad encubría cadáveres.
Incluso cuando no estaban, los maullidos descosían los nervios de algunos cazadores de miedo.
Por eso prefería los tequeños, quizás por eso nunca me gustó la carne, tampoco los gatos.
Me quedaba con Chica para constatar que todo era mentira, pero ella, la señora de la cantina, siempre fue muy misteriosa y detrás de su delantal grasiento y manchado, escondía secretos que ningún jabón desleía.
Cuando me metía en problemas, la señora Chica, me abría la puerta de la cantina y yo me escondía. Me sentaba en una silla vieja, sin respaldo y que pellizcaba el culo, a esperar que la marea bajara. Como si pudiera. Desde el búnker, me fijaba si apilaba las colas, las orejas. “No desperdiciará nada”, me dije.

martes, 8 de septiembre de 2015

Gastronauta 51: Receta para la guerra


Mi abuelo cocinaba para los soldados italianos en la segunda guerra mundial. Se supone que eso hacía. Qué cómo tocaba varios instrumentos musicales y hablaba varios idiomas. La nebulosa de la guerra le sirvió para justificarlo todo. Llegó a Venezuela por el Zulia y dijo llamarse Antonio Fernández Guido.
En Charallave abrió un restaurante y al dejarlo diluir se dedicó a construir buena parte del pueblo viejo.
Los que lo recuerdan lo hacen con un saco de papas a un extremo y varios más en fila, repartiendo comida aquí y allá, porque le temía al hambre y no soportaba que le rodeara.
Mi abuelo el inmigrante, encontró en los valles a los que atravesó alguna vez el río Tuy, un cielo de mangos, para reposar -sólo un poco- de los odios que cimientan la historia de occidente.

Mi tío lo recuerda al frente de un tendedero de embutidos y pastas, con un delantal manchado de sangre. Mamá lo encuentra en la mitad de un vaso de vino Sansón revuelto con ojo de buey.
La abuela se le unía para abrirle un huequito al huevo tibio y batido, que empinaban a cada uno de sus doce hijos, más un buchito de cerveza. Una receta para recomponer el camino era el corazón de un tortolito, o el caldo de unas patas de gallina.
Nunca faltaba el tinto en la mesa, para el que la edad no importaba.
Les enseñó a hacer pan y a ganarse la comida.
Todos tenían tareas. Y unos y otras se despertaban a las cuatro de la mañana a pilar el maíz para hacer una ruma de arepas a los albañiles que trabajaban en la constructora. Y no una, no.

viernes, 27 de febrero de 2015

Gastronauta 25: Papá, mi alimento


Ocho metros, tres toneladas, tres mil dientes se abrían para masticarme en la que sería mi primera vez en el cine. Tenía siete cuando mi papá me llevó, junto a mi hermano, a ver Tiburón, en una sala chiquita, empolvada y de terciopelo rojo. El que fue el Cine de mi pueblo, El Renacimiento.
Para mi hermano, los tiburones se convirtieron en su objeto de estudio. Para mí, mi papá terminó por transfigurarse en mi salvavidas. Podía escuchar cada vez que me sentía en peligro los vientos y las cuerdas que John Williams compuso para Spielberg, y salía papá con un arpón a acabar con cualquier escualo que quisiera robarme la cadencia de mis mareas.
Recuerdo que veníamos de visitar al bioanalista. Yo estaba enferma, y papá se encargaba de la difícil tarea de las agujas. Alguna vez se desmayó mientras me cosían una herida en la mano. Me llevó cargada al dispensario viejo, y mientras me hilaban, papá descorazonaba enfrente.
Cada que salíamos del laboratorio, nos llevaba a tomarnos sí o sí un batido de tres en uno donde “Fariña”. Luego de la mancha correspondiente, caminábamos a la casa, o íbamos a la plaza, o al cine. Era una forma de aliviar a la mujer araña (así quedé bautizada entre las enfermeras de aquellos tiempos, porque rasguñaba las paredes para que no me tocaran).

Modo
Para esta potente mezcla, licua dos vasos de jugo de naranja, una remolacha en cuadritos y una zanahoria, con papelón al gusto, y listo.
Si es su gusto colarlo, puede usar el resto de las hortalizas para enriquecer la masa de sus arepas. El uso del papelón, de miel o estevia queda a su gusto, pero recuerde que la zanahoria y la remolacha son suficientemente dulces.
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Hace poco mire el trailer de la misma película, y casi pude ver los tubos que componen el tiburón mecánico que se usó para recrear aquellas escenas de terror. Ya no sentí miedo, sino que recordé la mirada de la niña que fui y me maravillé de haber resistido fotograma por fotograma.
La hemoglobina en mi cuerpo iba y venía entre zumos y fotos de la pantalla grande. No hubo mejor alimento, mejor remedio.
Mi padre fue marinero. Así que el asunto de la playa y los tiburones no se quedó en el vallecito en el que vivíamos, sino que nadó los caminos de los casi sesenta kilómetros que nos separaban de la Guaira. En la bahía, nos dejaba de nuestra cuenta, o él mismo nos arrojaba contra las olas, porque así aprenderíamos a volver de donde siempre fuimos, al agua.
De vez en cuando, se montaba su aleta imaginaria y como un buen tiburón blanco nos mordía los tobillos, y así pasábamos el día, huyendo de sus dientes, y buscándolos cuando paraba para descansar.
Tengo treinta años. Hace poco, toda la familia -crecida- visitó las olas, y volví a escuchar aquellas dos notas musicales, sinónimos del suspence. Cualquiera pensaría que estoy loca, pero en palabras de René Char, “la lucidez es la herida más cercana al sol”.
Papá agarraba del pie a sus nietos, entre gritos, risas y “déjame, abuelo”, para el ritual de iniciación en el agua salada. Luego, se hacía de las paletas para raquetear unas pelotas, después enterrábamos a uno por uno, luchamos contra el viento para barajar una partida, o acostamos unas cochinas del dominó. No paramos.
Los días de playa en familia son una película, en la que el burbujeante sol recupera cada una de sus hijas exprimidas para subir las defensas de nuestros cuerpos. Le devolvemos gota a gota. Literalmente aGOTAdor. Menos para mi papá, con él no hay tregua, es como si supiera de algo que nosotros nos perdemos.

Mirar al sol
Una práctica milenaria del yoga enseña que mirar el sol cuando nace y cuando muere, todos los día y con conciencia, puede ayudarte a vivir más con menos, y mejor. Incluso, hay quien ha pasado más de un año sin más alimento que el sol y el agua, en un intento por demostrar la divinidad del astro rey y su capacidad de nutrir nuestros cuerpos.
El contacto con la tierra, descalzos, sin ninguna mediación, sin roce con yerbas (porque absorben la energía solar), nos permite ordenar nuestro cuerpo, nuestra conciencia, nuestra alma y ascender y girar, como la tierra que somos, a su alrededor.
El mandala del girasol he perfeccionado su ingeniería para moverse según los rayos. No es raro que al nacer, debamos presentarnos cada mañana, desnudos, al padre Inti, y que el agua de la teta y los rayos solares sean suficientes para reverenciar la vida. A final de cuentas, comenzamos así una de las vueltas que componen el tronco que somos.

Papá es medio cegato. No se si porque mira al sol de frente. O es una la que se planta delante de su grandeza. Yo he adoptado saludarlo y despedirlo como ritual con mi chiquita, porque honrar la más grande estrella no debe restarnos luz.
Cuando se apaga, ofrezco los latidos de mi tiburón como tributo, aquella dos notas memorables del celuloide, para que continúe su música y siga alimentando la propia vida.