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martes, 5 de julio de 2016

Gastronauta 90 Walterio


Cuando Walterio pasó de la puerta de mi casa hacia adentro, un hilo de aire meció la flor de atamel.
El viejo duende nunca la había visto. Yo, tampoco.
Un rato nos quedamos con los pétalos en las manos, con las manos como pétalos, reconociendo nuestra carne y la de las hojas. También es que W es cegatón.
Tiene cataratas y cada vez que se las va a operar, una semilla en este o aquel lugar lo mienta y él ligero corre a plantarla, palabra que siembra todos los días, la oración.
W tiene malo los ojos, pero rápido bautiza violáceo el pedazo de cemento de donde cuelga la vida: la flor del boldo es una torre de babel de piel gruesa, de punta en corona, moteada por el color nazareno. Es púrpura la albahaca y su brote, lila la del ajoporro, y morada la del orégano.
Su cabello, el de W, se confunde con las barbas del maíz que le cuelgan de la boca.
“Mamá, ¿quién sembró a Walter? ¿lo podemos sembrar en casa de mi abuela?”.
Y en tierra de mi tierra W metió un casal de frijoles chinos que agrietaron el suelo cuando el sol hizo lo propio en el cielo.
Entre una tacita de “cocoy” (como le dice mi hija) y otra W soltaba la lengua como la vaina de la caraota, y nosotros la recogíamos. Este pedazo de bloque nunca fue más verde.