Cuando Walterio pasó
de la puerta de mi casa hacia adentro, un hilo de aire meció la flor
de atamel.
El viejo duende nunca
la había visto. Yo, tampoco.
Un rato nos quedamos
con los pétalos en las manos, con las manos como pétalos,
reconociendo nuestra carne y la de las hojas. También es que W es
cegatón.
Tiene cataratas y cada
vez que se las va a operar, una semilla en este o aquel lugar lo
mienta y él ligero corre a plantarla, palabra que siembra todos los
días, la oración.
W tiene malo los ojos,
pero rápido bautiza violáceo el pedazo de cemento de donde cuelga
la vida: la flor del boldo es una torre de babel de piel gruesa, de
punta en corona, moteada por el color nazareno. Es púrpura la
albahaca y su brote, lila la del ajoporro, y morada la del orégano.
Su cabello, el de W, se
confunde con las barbas del maíz que le cuelgan de la boca.
“Mamá, ¿quién
sembró a Walter? ¿lo podemos sembrar en casa de mi abuela?”.
Y en tierra de mi
tierra W metió un casal de frijoles chinos que agrietaron el suelo
cuando el sol hizo lo propio en el cielo.
Entre una tacita de
“cocoy” (como le dice mi hija) y otra W soltaba la lengua como la
vaina de la caraota, y nosotros la recogíamos. Este pedazo de bloque
nunca fue más verde.
