Siempre tuve alma de
gorda. Yo, tenía unos ocho años cuando me quedaba con la señora de
la cantina a limpiar después de que todos se iban, para ganarme un
tequeñón, una masa frita larga como el cuello de una jirafa que
envolvía pedacitos de queso derretidos al calor de aceite hirviente
y viejo (muy viejo). Era cuando estudiaba en la escuelita vieja, de
la que sólo queda en pie una pared. La de la bodega. Lo demás se lo
llevó por delante un pilote del ferrocarril. La modernidad.
Justo en esa pared iba
a parar el aceite en el que todo lo freían. Se decía que hasta los
jugos. También los gatos. Porque gato que llegaba, gato que
desaparecía. Los niños pensaban o que se lo comían las ratas, o
que la señora de la cantina los picaba y repartía en las empanadas,
o que iban a parar al muro aquel, detrás de un friso que en verdad
encubría cadáveres.
Incluso cuando no
estaban, los maullidos descosían los nervios de algunos cazadores de
miedo.
Por eso prefería los
tequeños, quizás por eso nunca me gustó la carne, tampoco los
gatos.
Me quedaba con Chica
para constatar que todo era mentira, pero ella, la señora de la
cantina, siempre fue muy misteriosa y detrás de su delantal
grasiento y manchado, escondía secretos que ningún jabón desleía.
Cuando me metía en
problemas, la señora Chica, me abría la puerta de la cantina y yo
me escondía. Me sentaba en una silla vieja, sin respaldo y que
pellizcaba el culo, a esperar que la marea bajara. Como si pudiera.
Desde el búnker, me fijaba si apilaba las colas, las orejas. “No
desperdiciará nada”, me dije.