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martes, 20 de febrero de 2018

LEER


Una de las cosas que más extraño de mi vida antes de ser madre es leer, leer cuando quiera, lo que quiera. Pero para ser honesta, lo que extraño es la libertad, porque ahora que no tengo espacio ni tiempo, yo leo más, sólo que de manera desorganizada. Muy pocas veces termino lo que empiezo o empiezo por los finales. Soy un amasijo de costumbres ácratas. Leo un puñito de esto, una pizca de aquello y me jarto de los amargos como si fueran caramelos. Me gusta la novela y la poesía. Y estoy tratando de introducir en nuestra biblioteca más estrógenos. [Ahora mismo son las 6:30 AM. Me acabo de despertar. Escribo esto. Dejé la cama. 20 minutos después se levanta Manuela, mi hija de 3 años, para que le prepare una avena. La convenzo de que tome chicha, lo único que tengo, pero se duerme sobre mis piernas, musitando tres sílabas: a, ve, na. Aprovecho y continúo un texto sin propósito para esta foto]. Ayer preferimos venirnos a la playa antes que hacer una fiesta en casa, como de costumbre, para celebrar su nacimiento, el de mi segunda hija, la nena de la a, ve, na.
Me retrató @ernestojnavarro, bajo la sombrita de Simone de Beauvoir (leyendo La mujer rota) ¿Hay cosa más rica que leer bajo el susurro del mar? ¿Hay cosa más terrible que la arena gruesa de una playa salvaje, en el culo?
Sé que me falta concentración.
[Hay veces que leo y logro introducirme en el relato. Lloro, río, vivo, muero. Hay otras que prefiero limpiarme los restos de piedra molida]. A este libro no lo leo yo, lo leen mis circunstancias. Lo leemos juntas. ... "sé que me moveré. La puerta se abrirá lentamente y veré lo que hay detrás de la puerta. Es el porvenir. La puerta del porvenir va a abrirse. Lentamente. Implacablemente. Estoy sobre el umbral. No hay más que esta puerta y lo que acecha detrás. Tengo miedo. Y no puedo llamar a nadie en mi auxilio"... (Beauvoir, dixit). El viernes en la tarde, después de trasnocharme con los preparativos de una fiestita para Manu, lo decidimos: "mejor nos vamos a la playa". Dejé listo el arroz con pollo, la masa para las arepas, agua, protector solar, y nos fuimos a la más lejana. Una vez ahí, descubrimos maquinaria para remover el barro. El día anterior caería sobre #Carúao una tormenta (mi más reciente tormenta personal) y acto seguido nos devolvimos por toda la costa varguense hasta un enclave salvaje, entre #Chuspa y #Todasana, al que nunca habíamos visitado. Nos establecimos entre dos grandes piedras, que hacían un pozo para nuestras hijas, y ahí bajo el azul caribe nos sacamos el dulce, despojamos. Escalamos, corrimos, nos bañamos con el agua fría de por estos días gélidos, tratamos de hacer castillos de arena, contemplamos el vuelo de los pelícanos, también eso que se escondía tras el choque del agua en la piedra, un calmo horizonte; leímos, comimos, caminamos, oramos. En un tramo de esta hermosa carretera nos detuvimos en un columpio bajo la fronda de una uvita de playa. Ahí nos mecimos y mecimos las cenizas de Dante, que viajaba con nosotros. Al frente, regamos un poco de su cuerpo sobre el mar.


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miércoles, 3 de enero de 2018

POLVO





Hay quienes afirman que la tierra es plana, una hoja planchada por el peso de los pasos. Todavía hoy, después de las fotos de un planeta curvado por remolinos azules de agua, existe una sociedad secreta que estudia la “planicie”, de un sistema de sedimentos que deambula en la espiral láctea, en la segunda más grande de las galaxias cercanas, justo en el brazo de Orión.
La humanidad se distingue de las estrellas porque las nombra y concede al polvo, historia. La historia del polvo, de los cúmulos y sus movimientos es la historia de las montañas, tanto como de los huesos. Que aunque seamos de data reciente, la curiosidad nos antecede. Somos hijos de la duda, tanto como del polvo.
Esta mañana, durante el segundo sol de nuestro calendario, barrí con sal el polvo de la casa y prendí unas hojas de eucalipto en las esquinas. El tamo, el humo y el horizonte son hermanos. Que aunque la tierra fuera plana, sin la circunferencia de las tetas, sin el bulto debajo del vientre paterno, no hay nombre, no existe, no encuentra ojos, el fuego que da forma a esta o aquella nube, donde mismo el cincel hiere a la piedra.
Hoy hay luna llena y mañana lluvia de meteoros: las Cuadrántidas. Hoy llega mi marido y el polvo se recompone.

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sábado, 30 de diciembre de 2017

LA BICICLETA



Ella es Karen. Él, Sebastián. En escena, mi prima canta con su hijo mayor en un concurso escolar en pleno corazón de San Petersburgo. Lo llama "el pereza" a Sebas, por eso no lo abandona, lo coge de la mano, se descalza y toma como excusa la tarea para pasear el gen caribe en -5° bajo el sol.
Le pusieron como estrella alcanzar un poema, declamar, o cantar, y como a Karen se le da bien esto último, escogió La bicicleta de Carlos Vives y sorprendieron a los rusos con una electrocumbia.
Obtuvieron el primer lugar y ahora giran con su show, bajo el cual suena el sabroso acordeón, los fuelles de una bicicleta que los lleva a todos lados.
Dicen que Karen empinó bien el micrófono y que, de vez en cuando, charrasqueó la guitarra imaginaria que guinda en la pared de la casa de la abuela en Petare, propiedad de los Carpio. El frío ruso se resquebrajó... un poquito.

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miércoles, 27 de diciembre de 2017

TEJIDO



Hoy mi abuela cumpliría 90 años y mis niñas me hicieron clinejas para recordarla.
Mi abuela se hacía llamar Amalia Rosa aunque la presentaron como Juana Evangelista. Nadie nunca se atrevió a llamarle por su nombre de bautizo, porque todos respetaban lo que mi abuela decía, sino ella se hacía respetar.
Acostumbraba hacernos clinejas que amarraba con trapitos, a falta de ligas. El resultado era lo más esperado: las olas del sol alrededor de la cara, como el dibujo de un niño.
Yo tuve los cabellos vinotinto con rayitos cuando pequeña. Y era a la única de sus nietas a la que le gustaban las roscas tejidas sobre las orejas. Así que el trenzado se convirtió en nuestro ritual.
Luego crecí, cambié, tuve las greñas azules, fuscias, moradas, verdes, lisas, rulas, me rapé, los cabellos me llegaron hasta las nalgas, me hice pollina, me la quité, hasta hace casi dos años que me dejé de hacer cosas sobre la cabeza porque no tuve ni ganas, ni dinero, ni tiempo. Quise que me crecieran las ideas como venían, y venían negriblancas, con ondas pomposas, como las tuvo mi abuela, a mi edad.
He pensado dejarlo crecer hasta poder tejerlo y hacer una única rosca sobre la nuca como ella, hasta que mis canas nos vuelvan a encontrar donde quiera que eso ocurra, debajo de un mango o sobre sus cuentos, que es decir sobre sus piernas.

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martes, 10 de mayo de 2016

Gastronauta 84: Naturaleza muerta


El padre se enamoró de una prostituta, a la que convertiría en la madre.
Se la llevó de ése pueblo al suyo.
La preñó, y lo mismo que empezó a crecer la barriga, el hombre se tiró a un charco de alcohol y coca.
El segundo de los hijos llegaría por violación, también la tercera.
Justo después de la niña, la madre se largó.
Dejó los tres hijos y un viejo catre.
La abuela se encargaría de aquello, como pudiera.

Cuando el más grande creció, abandonó la escuela y se dedicó a vender las empanadas a las que daba forma la vieja. Lo mismo hizo el nieto del medio, y después de un tiempo de estudios, la niña prefirió ir descalza de puerta en puerta, para ofrecer las medialunas de maíz.

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Su piel era del color del trigo, lo mismo que los rollitos del cabello. La camisa le descubría el ombligo, la panza era la pieza preferida de los parásitos, lo que le valió el mote de “el gordo”, aunque era más bien un mecatillo con un nudo en medio; un pantalón caqui, sobre los tobillos “brincapozos”, y un par de chancletas petroleras, a las que se les partía la lengua delantera.
Era el que corría más rápido, el que se lanzaba primero a las lagunas en las que se habían perdido varios en el barrio. Y a su vez era el más silencioso, una vez reposaba su mirada sobre algo, ése algo caía, ronco, herido, marcado.

jueves, 5 de mayo de 2016

Mujerícola 49: Mayo

Quinto mes
A casa llegaron las lluvias de mayo. A la más pequeña se le salen por todas las bocas, especialmente cuando nos cubre la noche.

Tercer trasnocho
No tuve cabeza para vomitar palabras, y me acosté atestada, sin sacármelas antes de entrar a la cama.
Tres de la madrugada
El grito agudo de mi hija nos salvó del charco en el que me ahogaba. Ambas sentimos una descarga eléctrica. El golpe fue de un instante, pero me robó el resto de la noche.

martes, 22 de marzo de 2016

Gastronauta 77: Theotokos



María madre de Jesús, Theotokos (la que dio a luz a Dios), es una invención del hombre.
Un hombre que odiaba a las mujeres, las torturaba, las mataba, las demonizaba, y al mismo tiempo elevaba a su “virgen” al altar de los yesos católicos.
Fue en Efeso, en el año 431, cuando ocurrió aquello. Uno de los involucrados más activos en la conversión de la campesina palestina en la madre de Dios, fue Cirilo de Alejandría (hecho Santo por la Iglesia), el mismo que incitó a desollar viva a la filósofa pagana Hypatia, el mismo que movió a las muchedumbres a elevar a María como Theotokos.
Cincuenta años antes, un puñado de eclesiásticos la habían declarado “virgen perpetua”. Ciento cincuenta después, celebraron su asunción a los cielos. La deshojaron de toda sangre en sus venas, para hacerla cada vez más abstracta, menos mujer.
Como su hijo, era producto de la consustanciación: divinos como humanos. Pero, los encargados de beatificarla le quitaron la carne, el pecado original, propio de los mortales, y por medio de la aniquilación de su sexo pretendieron castrar al resto de las mujeres, con la idea de su inmaculada concepción, porque para los fieles el cuerpo era la puerta de los infiernos (aunque para los sacerdotes la lascivia sexual le era tan propia como los hábitos).
A través de María exaltaban a la mujer, a costa del desprecio de su sexualidad.
Menos mal que no existió como la delinearon, sino aun más pobre hubiese sido su vida.
María pariría una idea, que se convertiría en carne: Jesús, para luego ella transformarse en idea.
Y junto a los mármoles, el himen de esta muchacha coronaría el panteón católico: le restaron a sus otros hijos y le restauraron la membrana entre las piernas.
Todo lo hicieron por ella, incluso estuvo por encima del Papa, eso sí nunca fue agente de su propia exaltación, “he aquí la esclava del señor”, que nunca llegaría a papel alguno en las estructuras de poder de la Iglesia.

martes, 15 de marzo de 2016

Gastronauta 76: Eucalipto


No llueve. No se cuántos meses lleva sin llover. Antes hubo un calor húmedo que subía por los pisos de cada apartamento y nublaba las ventanas. Por primera vez en casi tres años, dormimos desarropados. Después, cerramos las ventanas y a medianoche nos cubrimos con la sábana fina, porque en la tarde hacía calorcito, y ya la noche refrescaba. Seguía sin llover.
Desde hace dos semanas, los vientos anuncian la tempestad. Pero no se acercaba el aguacero.
En una de estas lunas, los ventanales de la casa se batían con la fuerza de algún coletazo huracanado, el techo del vecino del último piso voló hasta caer en las residencias conjuntas, y sentimos desde casa el quiebre de los huesos de la tierra.
Bajamos y nos fijamos desde la puerta, pero todos dormían, o eso parecía.
La albahaca del matero de nuestro cuarto resistió la embestida, gallarda y altanera como pocas.
Una mariposa cayó en el orégano. Nunca hubiera sabido que llegaba por las noches a dormir en su perfume. Y ésa noche miré el orégano de luto, que se tragó las alas y con ella un poco de agua.

martes, 1 de marzo de 2016

Gastronauta 74: Bruja


Un día antes de aquello, le escuché a mi abuela decir que de sus huesos “hicieran sopa”.

Ésa tarde, jugábamos en la calle al fútbol, con arquerías de tubo hechas entre los vecinos para los niños de la comunidad.
En realidad, jugaban mis hermanos y yo fastidiaba con querer darle unas pataditas al balón.
Amada, la señora de la bodega, tenía un pastor alemán a quien le llamábamos “Canuto”, que reposaban frente nuestro cada que íbamos a corretear a la pelota.
Pasó que, en una de esas, le pisé la pata a Canuto con la portería que daba a las escaleras de su casa.
Yo, corrí en zigzag, palante, patrás, brinqué, grité, pero me caí y di la frente a la acera, traspié que aprovechó el perro y me agarró en un pequeño tajo la pierna.
Me alcé y seguí la carrera hasta casa de la abuela, que me recibió en brazos.

domingo, 28 de febrero de 2016

Mujerícola 38: Bicho


Yo no era comunista a los cuatro años. Fui pobre. Y eso me ubica de un lado de la historia del que no quiero irme: prefiero esclavo, que verdugo.
Era febrero de mil novecientos ochenta y nueve.
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Mamá, limpiaba casas ajenas. Y con las manos con que recogía la mierda de extraños por la mañana, enseñaba a leer y a escribir por la tarde. El día le alcanzaba para criar a tres hijos y para estudiar.
Papá, recortaba el monte en solares vecinos los fines de semana, era chofer en una tabacalera en horario regular, y taxeaba en las noches. Además, levantaba las bases de nuestra casa.
Mientras, dormíamos los cinco en un cuartito hecho con paletas, sobre un colchón que se sostenía en cuatro bloques.
El copete de nuestra cama era la ventana de la casa vieja, donde nacía la nueva. La mañana del día dos de febrero de ese año, de ésa ventana nació un escorpión, que me supo camarada, me picó: mamá saltó en el pellizco y papá me llevó ligero a la medicatura. Lo que faltaba, una hija envenenada.
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martes, 23 de febrero de 2016

Gastronauta 73: Sequía




No quiero escribir. Pero sobre todo, no quiero leerme.
A mi hija de dos años le adormece este cuento de todos los lunes.

Se terminan los Expedientes. Ya sembré los bulbos de lirio y la cúrcuma, recorté el malojillo, calenté dos veces el masala chai. Volví. Y, nada. Hay luna llena. Corregí un poema de Ernesto. Dormí a la más pequeña. Leí un par de columnas. Me terminé el pesto del primer año de Manuela, junto al pan canilla que me costó ciento ochenta Bolívares.

Reviso las fotos de ayer: me pinté unas hojitas en la cara como Anaís Nin, porque el veintiuno cumplía ciento trece años, y me fui a llevar a las niñas al parque repleto de hombres y mujeres que me miraban con el reproche de “¿cómo a esta loca se le puede ocurrir salir así?”.
Al que me preguntara le regalaría un fragmento del Delta de Venus. Me lo escribí en las manos:

viernes, 29 de enero de 2016

PERDIMOS


Casi a las 12 de la medianoche de ayer, unos tiros que impactaron muy cerca nos despertaron. Ernesto y yo nos lanzamos al piso. Él con un niña, yo con otra. Mamá que está en casa, se vino al cuarto. Nos asomamos por la ventana, por una rendijita, y en lo que echamos el ojo, tres disparos más nos obligaron a volver abajo. Ernesto vio los chispazos en el apartamento de planta baja. Poco antes de aquel ruido, una mujer había gritado una grosería. Después un hombre.
Un auto permanecía detenido, encendido, a las puertas de la residencia. Ernesto, mi madre y yo nos imaginábamos qué pasaba. El vigilante salió, dio un par de vueltas. Incluso, pensamos en llamar a la policía. Pero todo permanecía en silencio. Ningún vecino se asomó. Nadie dijo nada.
¿Y, si era otro femicidio? ¿Y si el carro que permanecía abajo sólo esperaba que aquella mujer (la de la grosería) saliera para llevársela de aquello y los tiros no la dejaron salir?
Estuvimos despiertos hasta que de aquel misterioso auto estacionado, bajó una chica y entró corriendo. No hubo más acontecimientos.
Mamá se fue a su cuarto. Ernesto y yo quedamos en el nuestro, asustados, haciendo toda suerte de planes para dejar de asistir al miedo. Nos abrazamos a nuestras pequeñas y hubo un momentos en que nos quedamos dormidos.
Esta mañana, cuando bajamos, y le preguntamos al señor que cuida la entrada y salida del edificio, por aquellos detonantes, nos dijo que era una gente que celebraba el triunfo de Los Tigres de Aragua, con “unos poquitos fosforitos”.
Nos miramos, y nos cagamos de risa. Y lo único que atinamos a decir fue: “perdimos”.

martes, 26 de enero de 2016

Desclasificado

 
Le tengo miedo a las películas sobre extraterrestres. De hecho nunca le tuve miedo ni al coco, ni a la sayona y esas vainas. Cuando temí, les puse cara de marciano. 
Me faltaba el aire. Se me desmayaban las piernas. Un calorcito se me enfriaba en la boca del estómago.

También me joden las tres primeras letras de marciano, el mar ¿Habrán otros animales que se parezcan más a los extraterrestres, que los marinos?

Mi papá fue marinero. Y aprendió a nadar con el viejo método aquel: lo echaban en mar abierto y él veía si aprendía a respirar, o no. Afortunadamente sobrevivió.
Él aplicó conmigo la misma. Me jaló de un pie y me dejó allí, tragando sal aguada. Pero, yo no aprendí a sobrevivir. A mí me tuvo que prestar sus brazadas. Y cada vez que nos llevaba al puerto, que eran muchas, me dejaba a la intemperie para contemplar mi fracaso.

De grande, me iba sola a la Guaira. Me escapa de la Universidad, me llevaba un libro y una playa era para mí y un par de palabras a las que desnudaba y remojaba en la orilla.
Yo, aprendí a ahogarme.
Y poco a poco a curtir éste blanco leche fosforescente que me heredó mi madre.
A amar a lo que temo.

Un día, el señor que cuidaba ésa margen, se me acerca y me dice que había un alienígena por ahí que esperaba sopetearme, como la mosca a la sopa.
Y no era con él que yo quería hundirme.
Así que, cogí mis cachachás y fui a morirme a otra ribera.

Soy más del tipo masoquista. Cambié de sofoque: me senté con mi viejo a mirar Los Expedientes Secretos. Me hacía de una aleta de mi padre y pataleaba por mi vida en cada escena en la que parecía asomarse un bichito de esos.

Anoche, me tiré en la arena, dejé que el caribe se llevara a Clarice, y me sumergí en los miedos de trece años ha: impaciente porque el mundo se acabe, y boquiabierta me lo trague.
Ni Mulder, ni Scully me pueden salvar.

jueves, 21 de enero de 2016

Mujerícola 33: Janis



Cuando tenía doce años le dije a mi padre que quería ser hippie, y fumar marihuana.
No se dónde lo había escuchado, pero lo repetí íntegro como un mantra. Recuerdo su cara. Trató de explicarme, y en vano convencerme con argumentos como que no se bañaban, y por el estilo. El que me marcó se resumió en una invitación: “serías como Janis”.

Pero si a mí me gustaba Janis y yo tenía la voz media ronca como la bestia, y sus ojos temblorosos de presa. Y podía y quería cantar. Cómo podía ser aquello una amenaza.

Janis hacía veintiséis años que se había suicidado, se había ido a mi cuarto y guindaba alrededor de la ventana su diadema de pelos de animal, tejida entre los más grandes anillos. Woodstock batía las cortinas y dejaba colar su vaho.

martes, 22 de diciembre de 2015

Gastronauta 67: Ana



Esta tarde me encontré conmigo con unos cuarenta años más. Me llamo Ana. Sigo tejiendo. Estoy sentada a unos pocos metros de lo que ha sido mi casa, una pila de bloques a los que pinto cada vez que pasa la lluvia. Vengo todos los días y me siembro hasta al atardecer, al lado de helechos y otras ramas. Una vez quise construir un fogón y entonces hinché mi vientre y nació un ocaso violeta, de esos que se inventaron en la curva que divide en tres los caminos de Agua Fría.
A la ciudad le puse distancia, lo mismo que a los libros. Soy una postal de cuantos pasan por mi cara y con cada mirada atesoro una grieta y otra grieta y mi casa se derrumba frente a mí y de sus ruinas soy la dueña.
No me corté nunca más el cabello, sólo las puntas en menguante para que no me crezcan. Son hilachas de luna, y chispas de mi caldero son las estrellas.

martes, 24 de noviembre de 2015

Gastronauta 63: Cuadro celeste


A Néstor Kirchner se le recordará -entre otras muchas acciones- por bajar los cuadros de los represores de las dictaduras en Argentina, de la pared en la que militares de todos los rangos se le paraban firme (1).

A Macri ¿se le aplaudirá por bajar el cuadro de Hugo Chávez que permanece en el Salón de los patriotas, de la Casa Rosada?
Si. Ambas acciones son inversamente proporcionales. Pero ambas coinciden en lo fundamental: bajando un cuadro, forman miles.

jueves, 19 de noviembre de 2015

Mujerícola 27: Concha



Anoche soñé que me llamaba Concha.
Son muchas las veces que la sueño. Y son largas las pláticas como cuando iba a su apartamento del piso catorce, o ella me llamaba para llegar hasta el piso nueve en Sabana Grande, y en la conversa se nos iba la tarde, la noche.
Hubo una vez que me llamó sólo para preguntarme si había visto la luna.

Ahora, teléfono no tengo. A Concha, tampoco.
Me queda la memoria y la blancura de esta hoja.

Una mañana se fue sola hasta el cardiólogo. Y desde allá me dijo que “estaba a punto de un infarto”. Tenía noventa y seis años. Sólo eso tenía, y una escalera de papeles y papelitos, y la humedad ésa con que la soledad hace familia, un dolor en el pecho, un gato transparente, y lupas regadas en cada rincón de la casa.
Vivía de una pensión que le llegaba desde España, y de los pocos bolívares del alquiler de un apartamento suyo a una mujer en Macaracuay, “barato, porque es madre soltera”.
Su hija Monchina la visitaba poco, para cerciorarse de que no la llamara aquel que un día la estafó y que la descolocaría entre las paredes de su mente.
Con ella, se detuvo la corriente del río que fue su madre.
O, no.
Cuando me embaracé, a Concha se le dio un día por negarlo, y al otro simplemente por declararse abuela. Pensaba que en eso de ser mamá, lo que le ocurría a la tierra era un buen ejemplo: los hijos te devoran.

martes, 17 de noviembre de 2015

Gastronauta 62: Árbol



La cosa era más o menos así, durante los meses previos a diciembre, acumulábamos panelas de jabón azul. Lo íbamos desconchando y lo guardábamos en una bolsita.
Llegado el día, mi abuela nos despertaba bien temprano. Íbamos por la montaña a escoger la mejor rama seca, la que tuviera más brazos, la más fuerte, un poco más grande que ella.
Mis primos y yo, brincábamos de la cama, porque una cosa era sinónimo de ésa caminata: nos bañaríamos en la laguna.
Así, mi madre, nos envolvía unas empanaditas, llenábamos dos perolitos con agua y las paticas nos picaban para salir corriendo.
Por todo el camino, mi abuela nos regalaba este palo a mí, aquel a mi hermano, una piedra a mi prima y así dibujábamos el camino, cuando tropezábamos con el lodazal que nos desvestía. Mientras, mi vieja se perdía en el agüita de sus ojos, y de vez en cuando volvía con nosotros y el barro y la risa.
Al caer la tarde, regresábamos a casa a desenmarañar las luces espinosas, a cambiar una por otra, a llevarnos una pequeña descarga. "Muchacha ponte unas cholas, que te vas a morir electrocutada".
Entre mi madre y mi abuela hacían una pasta del jabón guardado, que batían a punto de nieve, para forrar las ramas del palo que encontrábamos durante nuestra caminata.
Afincaban la fina corteza en una lata rellena de tierra.
Las bambalinas eran crinejas de trapo enrolladas. Pero también hojitas de colores, pintadas por nosotros. O algunas cajitas de fósforos forradas como regalitos.
En casa no había pino, pero sí navidad.
Luego, hubo cómo comprar un árbol de plástico, y los días en los que chupábamos la ponzoña a la montaña, se secaron.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Poesía o nada 5


 

Sección de literatura en la Revista Épale Caracas, publicada dominicalmente.

Cuento:

Una excursión a Ruanda

Por Clarissa Pinkola Estés (Estados Unidos)

El general Eisenhower tenía que efectuar una visita a sus tropas de Ruanda. [Hubiera podido ser

Borneo. Hubiera podido ser el general MacArthur. Los nombres significaban muy poco para mí

por aquel entonces.] El gobernador quería que todas las nativas se alinearan al borde de la carretera

de tierra y saludaran y vitorearan a Eisenhower cuando éste pasara en su Jeep. El único problema

era que las nativas sólo llevaban encima un collar de cuentas y, a veces, un pequeño cinturón de

cuero.

No, no, eso no podía ser de ninguna manera. El gobernador mandó llamar al jefe de la tribu y le

expuso su apurada situación.

­No se preocupe ­le dijo el jefe de la tribu.

Si el gobernador le pudiera proporcionar varias docenas de faldas y blusas, él se encargaría de que

las mujeres se las pusieran en ocasión de aquel trascendental acontecimiento. El gobernador y los

misioneros de la zona consiguieron proporcionárselas.

Sin embargo, el día del gran desfile, pocos minutos antes del paso de Eisenhower por la carretera a

bordo de su Jeep, descubrieron que las nativas se habían puesto las faldas, pero, como las blusas no

les gustaban, se las habían dejado en casa, por lo cual todas ellas se apretujaban a ambos lados de

la carretera vestidas con las faldas pero con los pechos al aire y sin ninguna otra prenda ni el menor

asomo de ropa interior.

Al gobernador por poco le da un ataque de apoplejía al enterarse, Por lo que mandó llamar al jefe

de la tribu, el cual le aseguró que la jefa de la tribu había hablado con él y le había asegurado a su

vez que las mujeres habían accedido a cubrirse los pechos cuando pasara el general.

­¿Estás seguro? ­rugió el gobernador.

­Estoy seguro. Muy, muy seguro ­contestó el jefe de la tribu.

Bueno pues, ya no quedaba tiempo para discutir y sólo cabe imaginar la reacción del general

Eisenhower cuando su Jeep avanzó traqueteando por la carretera y, una tras otra, las mujeres se

fueron levantando graciosamente la parte delantera de la holgada falda para taparse los pechos con

ella.
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martes, 10 de noviembre de 2015

Gastronauta 61: Rinocerontes



Mi tío Dante recoge la basura que usted tira. Se monta sobre el lomo las bolsas de desechos para desaparecerlas de la vista de los que le molesta mirar la mierda que producen. Trabaja en el aseo.
Nació y vive en Charallave desde hace cincuenta años. Y no hay charallavense que no lo conozca. Es de los sobrevivientes del pueblo viejo.
Lo mismo barre una calle, que canta a todo gañote los poemas de Miguel Hernández, porque sabe los que Serrat le enseña. O se despepita con Luis Mariano Rivera, en su casa es ruido común la voz de Gualberto.
Es portavoz del sindicato de la Alcaldía de Cristóbal Rojas y literalmente se cae a piñas (de las podridas que se abandonan en los cestos de las fruterías) con los patrones, por la defensa de los derechos de los trabajadores.
Él y su esposa Mariví, levantaron una escuela –Los Palos Grandes II- ubicada en la zona rural a pocos metros de donde viven, con sus propios recursos. Hoy, catorce años después, atienden a sesenta niños a diario, bajo el (vaivén) amparo del Ministerio de Educación.
Acostumbran hacer con sus propias manos lo que importa: su casa, la pasta, la salsa, sembrar, la política.