Yo
no era comunista a los cuatro años. Fui pobre. Y eso me ubica de un
lado de la historia del que no quiero irme: prefiero esclavo, que
verdugo.
Era
febrero de mil novecientos ochenta y nueve.
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Mamá,
limpiaba casas ajenas. Y con las manos con que recogía la mierda de
extraños por la mañana, enseñaba a leer y a escribir por la tarde.
El día le alcanzaba para criar a tres hijos y para estudiar.
Papá,
recortaba el monte en solares vecinos los fines de semana, era chofer
en una tabacalera en horario regular, y taxeaba
en las noches. Además, levantaba las bases de nuestra casa.
Mientras,
dormíamos los cinco en un cuartito hecho con paletas, sobre un
colchón que se sostenía en cuatro bloques.
El
copete de nuestra cama era la ventana de la casa vieja, donde nacía
la nueva. La mañana del día dos de febrero de ese año, de ésa
ventana nació un escorpión, que me supo camarada, me picó: mamá
saltó en el pellizco y papá me llevó ligero a la medicatura. Lo
que faltaba, una hija envenenada.
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