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domingo, 28 de febrero de 2016

Mujerícola 38: Bicho


Yo no era comunista a los cuatro años. Fui pobre. Y eso me ubica de un lado de la historia del que no quiero irme: prefiero esclavo, que verdugo.
Era febrero de mil novecientos ochenta y nueve.
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Mamá, limpiaba casas ajenas. Y con las manos con que recogía la mierda de extraños por la mañana, enseñaba a leer y a escribir por la tarde. El día le alcanzaba para criar a tres hijos y para estudiar.
Papá, recortaba el monte en solares vecinos los fines de semana, era chofer en una tabacalera en horario regular, y taxeaba en las noches. Además, levantaba las bases de nuestra casa.
Mientras, dormíamos los cinco en un cuartito hecho con paletas, sobre un colchón que se sostenía en cuatro bloques.
El copete de nuestra cama era la ventana de la casa vieja, donde nacía la nueva. La mañana del día dos de febrero de ese año, de ésa ventana nació un escorpión, que me supo camarada, me picó: mamá saltó en el pellizco y papá me llevó ligero a la medicatura. Lo que faltaba, una hija envenenada.
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viernes, 27 de febrero de 2015

Gastronauta 26: 27 de febrero, la loza


Yo no sabía con exactitud qué día era. A mis cinco años todavía me era difícil llevar agenda, tal como a mis treinta. Pero hacía un día agitado, uno histórico, o así las lágrimas y la angustia de las madres que me rodeaban lo sentenciarían.
En medio de sudores, carreras y nervios, mis vecinos se terciaban al lomo televisores, neveras, sillas y bolsas con comida.
Budo, que así se llama el que entonces vivía en el rancho del lado, se trajo una olorosa carga de pescados. No la repartió entre los vecinos y al no poderla almacenar, la perdió muy rápidamente. Lo que tardó en irse fue el hedor.
Para mí, todavía hoy 26 años después, la ventana de la cocina de mi casa materna que da hacia la que fuera la casa de Cointa y Budo, hiede a pescado piche, de ese que no se comparte.
Supe a medida que caminaba la tarde que nada había sido comprado, que nos habíamos atrevido a recuperar lo nuestro, lo que el estado de cosas nos había robado y nos restregaba en la más absurda pobreza en un país de históricas bonanzas. Escuché por primera vez la palabra "saqueo". Nos acusaban a los saqueados de voltear la tortilla.
Pasado el mediodía, papá no llegaba a casa y mi madre se deshacía en llanto y se rehacía en oraciones. Cada tanto, nos asomábamos por la ventana para constatar el retorno. Preguntamos a todo aquel, y nada. Temíamos que se repitiera en Charallave los fotogramas de la Policía desbaratando al pueblo en Guarenas y en Caracas.
Después de unos cuantos rosarios, María le devolvería el cristo e' lata que era mi padre, a mamá. Venía con una loza de granito a lomo. La dejó caer en el monte mientras se apagaba el fuego de la turba, cada tanto en ebullición.
Fue lo único que trajo a casa; no llegó a tiempo a la carne, ni a un perol de leche.
Desde entonces, la loza antecede la puerta de mi casa, un pedazo de cerámica arrancada al FMI, nuestro monumento a la utopía, un patio al pueblo que somos, el más aguerrido paisaje.
Esa piedra es de los alimentos no perecederos.