Yo no sabía con exactitud qué día
era. A mis cinco años todavía me era difícil llevar agenda, tal
como a mis treinta. Pero hacía un día agitado, uno histórico, o
así las lágrimas y la angustia de las madres que me rodeaban lo
sentenciarían.
En medio de sudores, carreras y
nervios, mis vecinos se terciaban al lomo televisores, neveras,
sillas y bolsas con comida.
Budo, que así se llama el que entonces
vivía en el rancho del lado, se trajo una olorosa carga de pescados.
No la repartió entre los vecinos y al no poderla almacenar, la
perdió muy rápidamente. Lo que tardó en irse fue el hedor.
Para mí, todavía hoy 26 años
después, la ventana de la cocina de mi casa materna que da hacia la
que fuera la casa de Cointa y Budo, hiede a pescado piche, de ese que
no se comparte.
Supe a medida que caminaba la tarde que
nada había sido comprado, que nos habíamos atrevido a recuperar lo
nuestro, lo que el estado de cosas nos había robado y nos restregaba
en la más absurda pobreza en un país de históricas bonanzas.
Escuché por primera vez la palabra "saqueo". Nos acusaban
a los saqueados de voltear la tortilla.
Pasado el mediodía, papá no llegaba a
casa y mi madre se deshacía en llanto y se rehacía en oraciones.
Cada tanto, nos asomábamos por la ventana para constatar el retorno.
Preguntamos a todo aquel, y nada. Temíamos que se repitiera en
Charallave los fotogramas de la Policía desbaratando al pueblo en
Guarenas y en Caracas.
Después de unos cuantos rosarios,
María le devolvería el cristo e' lata que era mi padre, a mamá.
Venía con una loza de granito a lomo. La dejó caer en el monte
mientras se apagaba el fuego de la turba, cada tanto en ebullición.
Fue lo único que trajo a casa; no
llegó a tiempo a la carne, ni a un perol de leche.
Desde entonces, la loza antecede la
puerta de mi casa, un pedazo de cerámica arrancada al FMI, nuestro
monumento a la utopía, un patio al pueblo que somos, el más
aguerrido paisaje.
Esa piedra es de los alimentos no
perecederos.
