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miércoles, 3 de enero de 2018

POLVO





Hay quienes afirman que la tierra es plana, una hoja planchada por el peso de los pasos. Todavía hoy, después de las fotos de un planeta curvado por remolinos azules de agua, existe una sociedad secreta que estudia la “planicie”, de un sistema de sedimentos que deambula en la espiral láctea, en la segunda más grande de las galaxias cercanas, justo en el brazo de Orión.
La humanidad se distingue de las estrellas porque las nombra y concede al polvo, historia. La historia del polvo, de los cúmulos y sus movimientos es la historia de las montañas, tanto como de los huesos. Que aunque seamos de data reciente, la curiosidad nos antecede. Somos hijos de la duda, tanto como del polvo.
Esta mañana, durante el segundo sol de nuestro calendario, barrí con sal el polvo de la casa y prendí unas hojas de eucalipto en las esquinas. El tamo, el humo y el horizonte son hermanos. Que aunque la tierra fuera plana, sin la circunferencia de las tetas, sin el bulto debajo del vientre paterno, no hay nombre, no existe, no encuentra ojos, el fuego que da forma a esta o aquella nube, donde mismo el cincel hiere a la piedra.
Hoy hay luna llena y mañana lluvia de meteoros: las Cuadrántidas. Hoy llega mi marido y el polvo se recompone.

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martes, 1 de marzo de 2016

Gastronauta 74: Bruja


Un día antes de aquello, le escuché a mi abuela decir que de sus huesos “hicieran sopa”.

Ésa tarde, jugábamos en la calle al fútbol, con arquerías de tubo hechas entre los vecinos para los niños de la comunidad.
En realidad, jugaban mis hermanos y yo fastidiaba con querer darle unas pataditas al balón.
Amada, la señora de la bodega, tenía un pastor alemán a quien le llamábamos “Canuto”, que reposaban frente nuestro cada que íbamos a corretear a la pelota.
Pasó que, en una de esas, le pisé la pata a Canuto con la portería que daba a las escaleras de su casa.
Yo, corrí en zigzag, palante, patrás, brinqué, grité, pero me caí y di la frente a la acera, traspié que aprovechó el perro y me agarró en un pequeño tajo la pierna.
Me alcé y seguí la carrera hasta casa de la abuela, que me recibió en brazos.