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miércoles, 27 de diciembre de 2017

TEJIDO



Hoy mi abuela cumpliría 90 años y mis niñas me hicieron clinejas para recordarla.
Mi abuela se hacía llamar Amalia Rosa aunque la presentaron como Juana Evangelista. Nadie nunca se atrevió a llamarle por su nombre de bautizo, porque todos respetaban lo que mi abuela decía, sino ella se hacía respetar.
Acostumbraba hacernos clinejas que amarraba con trapitos, a falta de ligas. El resultado era lo más esperado: las olas del sol alrededor de la cara, como el dibujo de un niño.
Yo tuve los cabellos vinotinto con rayitos cuando pequeña. Y era a la única de sus nietas a la que le gustaban las roscas tejidas sobre las orejas. Así que el trenzado se convirtió en nuestro ritual.
Luego crecí, cambié, tuve las greñas azules, fuscias, moradas, verdes, lisas, rulas, me rapé, los cabellos me llegaron hasta las nalgas, me hice pollina, me la quité, hasta hace casi dos años que me dejé de hacer cosas sobre la cabeza porque no tuve ni ganas, ni dinero, ni tiempo. Quise que me crecieran las ideas como venían, y venían negriblancas, con ondas pomposas, como las tuvo mi abuela, a mi edad.
He pensado dejarlo crecer hasta poder tejerlo y hacer una única rosca sobre la nuca como ella, hasta que mis canas nos vuelvan a encontrar donde quiera que eso ocurra, debajo de un mango o sobre sus cuentos, que es decir sobre sus piernas.

Más historias en mi cuenta en Instagram.

martes, 1 de marzo de 2016

Gastronauta 74: Bruja


Un día antes de aquello, le escuché a mi abuela decir que de sus huesos “hicieran sopa”.

Ésa tarde, jugábamos en la calle al fútbol, con arquerías de tubo hechas entre los vecinos para los niños de la comunidad.
En realidad, jugaban mis hermanos y yo fastidiaba con querer darle unas pataditas al balón.
Amada, la señora de la bodega, tenía un pastor alemán a quien le llamábamos “Canuto”, que reposaban frente nuestro cada que íbamos a corretear a la pelota.
Pasó que, en una de esas, le pisé la pata a Canuto con la portería que daba a las escaleras de su casa.
Yo, corrí en zigzag, palante, patrás, brinqué, grité, pero me caí y di la frente a la acera, traspié que aprovechó el perro y me agarró en un pequeño tajo la pierna.
Me alcé y seguí la carrera hasta casa de la abuela, que me recibió en brazos.

domingo, 10 de mayo de 2015

Gastronauta 34: El canto de la chicharra



Mi abuela nos llevaba todas las semanas a casa del viejo Ricardo, en la montaña. Nos repartía un palito, como bastón, a cada uno, y guiaba cada paso hasta el ermitaño. Frente a su cueva, un río hería la roca, y mientras ellos conversaban nosotros refrescábamos el camino en nuestros pies, para después calentarnos en un claro.
Algunas piedras estaban marcadas con pintura roja. Desde allí, había partido algunas cabezas el viento que se colaba entre los delgados árboles.
Para llegar, despertábamos los gallos, y debíamos pasar algunas lagunas.
“En ésta murió éste”, contaba uno. “En aquella murió aquel”, decía el otro. Era costumbre formar lagunas lodosas cercanas al riachuelo y desobedientes algunos se escapaban de sus madres. La altanería se la cobraba la parca. El calor casi era obligante.
A papá una vez, en Mume -la elevación de al lado-, un encanto lo tragó. Su hermano mayor lo jaló y pudo sacarlo. Pero hubo quien no corriera con la suerte de unos buenos brazos y desapareció en los pozos de la indescifrable sierra.
Nos preguntábamos si los niños alimentaban las formaciones de agua del cerro.
Siempre hizo mucho calor y todo cuerpo llovía a pesar de que nuestro primer cielo lo formaban nubes de hojas. Entonces si o sí viajábamos con nuestro lago encima alrededor del tiempo.
Un día llegó el dueño y parceló la montaña. Se acabaron los cuentos, también los árboles. Ninguna cigarra entonó.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Gastronauta 17: La cocina madre todo lo cura


I
Las maletas reposaban hace quince años en la esquina del anexo que habita, desde que se vinieron de Mérida para ser alguien en la vida. Estudió dos profesiones, un idioma diferente al materno, trabajó dobles jornadas, fue sustento de su hogar, compuesto por su madre soltera y una hermana menor con problemas de aprendizaje. Y, en todo destacó.
Era algo así como el ejemplo de la “superación” en la modernidad: La sumisión del espíritu y del cuerpo como esencia, y la medalla en el pecho para tal “honor”.
Incluso, llegó a ser jefe. Todos lo obedecían como el que más. Inspiraba respeto por aquello de lustrar ambas mejillas, dispuestas a las bofetadas.
Llegado el momento se supo con “problemas” para relacionarse con el sexo opuesto, hasta que se descubrió homosexual. Llenaba cada una de las casillas que impone esta vida a la perfección, excepto por esto último, así que lo negó hasta que la olla de presión explotó y con ella desbordó su casa, largando a su madre y su hermana hacia los páramos andinos, desde donde caminan sus raíces.
Todo estuvo cubierto, menos sus papilas en orfandad, por vez primera desde que salivó la teta.
Al irse Magdalena, tuvo que voltear su mirada a la cocina y prepararse él mismo sus guisos. Fue entonces cuando la revelación tocó su puerta: No sabía ni hervir un huevo.
La sazón del vientre que lo cobijó no se podía comparar.
Aun así, dispuesto como el que más se instaló en los fogones, porque aprendería como lo hizo con la lengua japonesa, como lidió con “su personal”, aprendería a burbujear los paladares, principalmente el propio.
Cultivó entre sus manos los más extraños platillos. Casi pudo empollar los huevos y cocer el barro con el que haría antiquísimos manjares. Dominó los secretos de fogones propios y extraños, pero no lograba repetir el más sencillo caldo que ardía en su madre, la Pisca.
Cada tanto volvía al vapor que escalfaba Magdalena entre las nubes andinas.

Modo
Los trocitos de papa, el cebollín y el ajo antes dorados en manteca, se reducen en la sopa concentrada de pollo -desde el día anterior- y revuelta con la leche durante esa mañana. Ese compuesto salcochará los huevos y derretirá el queso, que será coronado último por el cilantro. La sal y la pimienta son condimentos suaves en la Pisca de Magdalena. Sin embargo, no falta en su mesa el más potente picante, la arepita de trigo y la natilla que acompañe el calor de su caldo.
Todos los alimentos son cultivados en el patio, o en el del vecino. Las vacas y las gallinas hicieron lo suyo para que él -con la primera cucharada- corriera entre los frailejones recitando como el que más el Palabreo de la Loca Luz Caraballo, abandonara todo esfuerzo por ser “alguien”, para reunirse en aquella roca con las montañas, y habitara en su pecho el silencio.

De Chachopo a Apartadero caminas, Luz Caraballo, con violeticas de mayo, con carneritos de enero; inviernos del ventisquero, farallón de los veranos, con fríos cordilleranos, con riscos y ajetreos, se te van poniendo feos los deditos de tus manos.
La cumbre te circunscribe al sólo aliento del nombre, lo que te queda del hombre que quién sabe dónde vive: cinco años que no te escribe, diez años que no lo ves, y entre golpes y traspiés, persiguiendo tus ovejos, se te van poniendo viejos los deditos de tus pies.
El hambre lleva en sus cachos algodón de tus corderos, tu ilusión cuenta sombreros mientras tú cuentas muchachos; una hembra y cuatro machos, subida, bajada y brinco, y cuando pide tu ahínco frailejón para olvidarte la angustia se te reparte: uno, dos, tres, cuatro, cinco.
Tu hija está en un serrallo, dos hijos se te murieron, los otros dos se te fueron detrás de un hombre a caballo. “La Loca Luz Caraballo” dice el decreto del Juez, porque te encontró una vez, sin hijos y sin carneros, contandito los luceros:... seis, siete, ocho, nueve, diez...
De Andrés Eloy Blanco, para mi amigo.

sábado, 13 de diciembre de 2014

Gastronauta 16: Dulce lechosa

La lechosa es esa que se da casi en cualquier terreno, en toda época del año, esa que mientras las demás frutas suben de precio se mantiene o sigue siendo tan económica que es posible comprarla de a mucho e incluso dejarla perder, la misma a la que le cambiaron el nombre cuando “papaya” se usó para referirse a las partes “nobles” de la mujer.
La lechosa verde, madura. La lechosa.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Retorno

Esta mañana les hice el atolito de la abuela.
Lo sirvo y me siento con las tres en la mesa.

No tarda en probarlo, cuando la más grande me dice que la transporté al maternal, cuando comía junto a Tito y Mariana el mismo alimento calientito, que preferían al puré de plátanos.

-Éste plato me hace recordar a Mariana, me dice mientras traga.
Hace una pausa, respira hondo, me mira y continúa.

La amiguita murió recientemente, y cada vez que Cami habla de ella se le siente el nudo que desata de a poco.

Un olor, una imagen, una lengua, para traer de vuelta a la abuela, a la hermana.
Todos venimos de la infancia, de cuando los árboles eran altos, y las piernas de nuestro padre una mecedora. De cuando un beso de mamá aliviaba cualquier derrumbe, y el atolito era una sonrisa repartida.

Les comparto este video, hecho en 2013 por Natalia Chernysheva.
Con él, lo mucho que extraño a mi abuela.