Cuando era muy pequeña,
trapo sobre trapo, me vestía gitana. Perseguía los lunares como a
los caramelos. Sin saberlo, un gallo picoteaba en mi pecho lo mismo
que en la tierra, y los gusanos se le escapaban al verde corazón de
mi niña. Verde, que te quiero verde. Como si hubiese nacido
de un caballo en la penúltima ola del mar, yo me sentía una palma y
otra palma, punta, talón, floreo, palma, palma, palma, del índice
al corazón, el abismo.
No había flor de
auyama virgen, mi abuelo muerto me había enseñado a lavarlas y a
rellenarlas, hasta rehogarlas en aceite. Iban a morir a donde mismo
nacieron, al tambor de carne, de cuyo ombligo también nacía y moría
el hambre. En el plato no hay mejor vecino de la calabaza que el
garbanzo: nada es puro, nadie puede constatarlo, tampoco en la
cocina. Dejábamos un puño de los granos remojados en agua con sal,
de una noche al día siguiente “espantando los espíritus malos del
aire”, diría la abuela. Después ajo, aceite de oliva y limón
hasta hacerlos pasta, para ir a parar en el perolito de vidrio con
bordes de encaje que reservábamos para la crema.
Yo uso la cúrcuma
porque, como a Camarón, no me gusta el arroz payo. Y si no tengo la
raíz, le pongo zanahoria para que lo pinte, o le rallo la concha de
la auyama aquella: qué fuera de Dios sin la luz del amarillo, qué
del tallo de las palabras cortas sin los quejíos, qué fuera de la
soledad sin el cante... de no llevar apellido.
“Sube los brazos
sobre la cabeza como si fuese a bendecir el mundo. Los hace
serpentear trenzando las manos, que doblan las sombras sobre las
sombras de sus ojos”, me explican de La Macarrona el flamenco, y de
cómo estirar la masa que resulta de ablandar las papas en agua
hirviendo: las manos, de la cintura del árbol al cielo, lo mismo una
culebra que una paloma.
De la cintura hacia
abajo, salta sobre la mesa y la fiesta salta con ella, la calza un
par de zapatillas rojas, como un charco de sangre, la salsa.



