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miércoles, 3 de agosto de 2016

Gastronauta 92: Gitana



Cuando era muy pequeña, trapo sobre trapo, me vestía gitana. Perseguía los lunares como a los caramelos. Sin saberlo, un gallo picoteaba en mi pecho lo mismo que en la tierra, y los gusanos se le escapaban al verde corazón de mi niña. Verde, que te quiero verde. Como si hubiese nacido de un caballo en la penúltima ola del mar, yo me sentía una palma y otra palma, punta, talón, floreo, palma, palma, palma, del índice al corazón, el abismo.

No había flor de auyama virgen, mi abuelo muerto me había enseñado a lavarlas y a rellenarlas, hasta rehogarlas en aceite. Iban a morir a donde mismo nacieron, al tambor de carne, de cuyo ombligo también nacía y moría el hambre. En el plato no hay mejor vecino de la calabaza que el garbanzo: nada es puro, nadie puede constatarlo, tampoco en la cocina. Dejábamos un puño de los granos remojados en agua con sal, de una noche al día siguiente “espantando los espíritus malos del aire”, diría la abuela. Después ajo, aceite de oliva y limón hasta hacerlos pasta, para ir a parar en el perolito de vidrio con bordes de encaje que reservábamos para la crema.

Yo uso la cúrcuma porque, como a Camarón, no me gusta el arroz payo. Y si no tengo la raíz, le pongo zanahoria para que lo pinte, o le rallo la concha de la auyama aquella: qué fuera de Dios sin la luz del amarillo, qué del tallo de las palabras cortas sin los quejíos, qué fuera de la soledad sin el cante... de no llevar apellido.

“Sube los brazos sobre la cabeza como si fuese a bendecir el mundo. Los hace serpentear trenzando las manos, que doblan las sombras sobre las sombras de sus ojos”, me explican de La Macarrona el flamenco, y de cómo estirar la masa que resulta de ablandar las papas en agua hirviendo: las manos, de la cintura del árbol al cielo, lo mismo una culebra que una paloma.
De la cintura hacia abajo, salta sobre la mesa y la fiesta salta con ella, la calza un par de zapatillas rojas, como un charco de sangre, la salsa.

martes, 7 de julio de 2015

Gastronauta 42: Margarita



Cuando llegué a Caracas, una mujer de ochenta y siete años de edad me alquiló una habitación, muy próxima a la Universidad. Un día decía que me robaba los cuchillos, otro que me secaba con su paño. Y así.
Casi al año de estacionarme allí, me enamoré de él, nos enamoramos.
Ella insistía en que me gastaba su perfume, y que podía demostrarlo.
Yo, lo metía a escondidas a él y lo ocultaba en el armario, le echaba las sábanas encima y listo.
Amanda, entraba y revisaba mi cuarto, porque quería encontrar sus cubiertos.
Un día me dijo que un vecino le contó que me vio con él. Estuvimos de acuerdo en que no podía recibir visitas.
Esperábamos a que se fuera, para que saliera de entre la ropa, y estuviéramos allí día y noche.
Ella, manejaba un malibú verde, de butacas de cuero beige. Nos asomábamos para verla estacionar. Cuando pisaba la alfombra de la entrada, él y yo nos despedíamos como si pudiéramos. Entraba al clóset. Yo, me hacía de un libro (leía la Tía Tula de Unamuno, lo recuerdo bien).
Ella iba, me saludaba. Decía la impertinencia de la noche, ojeaba el cuarto y se despedía.
Él orinaba en uno de esos envases de jugo de naranja.
Recuerdo un día en que amaneció derribando la puerta. Yo, le decía que ya iba. Ella, que le abriera, que sabía que él estaba allí. No sabíamos qué hacer. Así que, como estaba -en ropa interior- se guindó de la ventana. Nunca me sentí con más miedo que ese día. Ella entró. Tenía una escoba en la mano. La barrió bajo la cama. También abrió el armario y revisó cada gaveta, como si pudiera doblarlo como a una camisa. Yo tragaba grueso con cada movimiento, porque a pesar de que casi llegaba a los noventa, se movía como de treinta.
Llovía, así que después concluimos que por eso no se fijó en la cornisa.
A mí, no me quedó más que darle calor a él.
Pero ése fue el último escondite.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Gastronauta 18: Antojo de coco

Cuando Irma parió a Gabriela, le contó los deditos, unos, dos, tres... diez. La persignó tres veces y procedió a inspeccionar todo el cuerpito de tres kilos trescientos que había pujado contra el mundo. Bajo el ombligo, el signo de un deseo no cumplido: un lunar con forma libro abierto.
Si, no se había comido página por página el ejemplar de la Biblia que reposaba en la gaveta de la mesita del lado derecho de la cama. Sólo había probado un poco de la tapa. Y no completó la arcada, cuando la devolvió completica.
Todas las mañanas abría el cajoncillo y babea sólo con el olor de las sagradas escrituras. Pero inmediato sentía el retortijón y detenía el impulso.
Comprobó a los meses, cuando sus piernas en ve coronaron la llegada de su primogénita, la impronta de su extraño padecimiento.

Irma no está sola. Cuando hinchó su vientre, a mi tía le dio por comer jabón azul en pasta. A mi prima, pasarle los dedos a los carros y chuparlos como si del mejor platillo habláramos. Una amiga rompía las paredes y se las comía a gajos.
Lo único que aliviaba la acidez de otra de mis segundas madres era lamer el cabello recién lavado de mi tío, a otra degustar la borra del café.
Las panzonas solemos mezclar lo dulce y lo salado, el agua con el aceite, inflar la lengua tanto como la barriga, almacenar energía en cadera, brazos y ancas, para luego desinflarnos en el camino lechoso de la teta.
"Sino lo vomitas, no fue un antojo", dicen las viejas. "La acidez con lo ácido se quita, chúpese un limón", repica otra por ahí.
Hay la que no padece ni coquito, la que lo único que le advierte de su gravidez es el leve crecimiento de su vientre. Bien por ella. Se dice que casi el noventa por ciento de las mujeres embarazadas sienten antojo o predilección por algún alimento, una preparación; y según la experiencia -propia y ajena- que lo que en el embarazo le produjo esa afición, después de parida lo asquea.

Gastronauta 17: La cocina madre todo lo cura


I
Las maletas reposaban hace quince años en la esquina del anexo que habita, desde que se vinieron de Mérida para ser alguien en la vida. Estudió dos profesiones, un idioma diferente al materno, trabajó dobles jornadas, fue sustento de su hogar, compuesto por su madre soltera y una hermana menor con problemas de aprendizaje. Y, en todo destacó.
Era algo así como el ejemplo de la “superación” en la modernidad: La sumisión del espíritu y del cuerpo como esencia, y la medalla en el pecho para tal “honor”.
Incluso, llegó a ser jefe. Todos lo obedecían como el que más. Inspiraba respeto por aquello de lustrar ambas mejillas, dispuestas a las bofetadas.
Llegado el momento se supo con “problemas” para relacionarse con el sexo opuesto, hasta que se descubrió homosexual. Llenaba cada una de las casillas que impone esta vida a la perfección, excepto por esto último, así que lo negó hasta que la olla de presión explotó y con ella desbordó su casa, largando a su madre y su hermana hacia los páramos andinos, desde donde caminan sus raíces.
Todo estuvo cubierto, menos sus papilas en orfandad, por vez primera desde que salivó la teta.
Al irse Magdalena, tuvo que voltear su mirada a la cocina y prepararse él mismo sus guisos. Fue entonces cuando la revelación tocó su puerta: No sabía ni hervir un huevo.
La sazón del vientre que lo cobijó no se podía comparar.
Aun así, dispuesto como el que más se instaló en los fogones, porque aprendería como lo hizo con la lengua japonesa, como lidió con “su personal”, aprendería a burbujear los paladares, principalmente el propio.
Cultivó entre sus manos los más extraños platillos. Casi pudo empollar los huevos y cocer el barro con el que haría antiquísimos manjares. Dominó los secretos de fogones propios y extraños, pero no lograba repetir el más sencillo caldo que ardía en su madre, la Pisca.
Cada tanto volvía al vapor que escalfaba Magdalena entre las nubes andinas.

Modo
Los trocitos de papa, el cebollín y el ajo antes dorados en manteca, se reducen en la sopa concentrada de pollo -desde el día anterior- y revuelta con la leche durante esa mañana. Ese compuesto salcochará los huevos y derretirá el queso, que será coronado último por el cilantro. La sal y la pimienta son condimentos suaves en la Pisca de Magdalena. Sin embargo, no falta en su mesa el más potente picante, la arepita de trigo y la natilla que acompañe el calor de su caldo.
Todos los alimentos son cultivados en el patio, o en el del vecino. Las vacas y las gallinas hicieron lo suyo para que él -con la primera cucharada- corriera entre los frailejones recitando como el que más el Palabreo de la Loca Luz Caraballo, abandonara todo esfuerzo por ser “alguien”, para reunirse en aquella roca con las montañas, y habitara en su pecho el silencio.

De Chachopo a Apartadero caminas, Luz Caraballo, con violeticas de mayo, con carneritos de enero; inviernos del ventisquero, farallón de los veranos, con fríos cordilleranos, con riscos y ajetreos, se te van poniendo feos los deditos de tus manos.
La cumbre te circunscribe al sólo aliento del nombre, lo que te queda del hombre que quién sabe dónde vive: cinco años que no te escribe, diez años que no lo ves, y entre golpes y traspiés, persiguiendo tus ovejos, se te van poniendo viejos los deditos de tus pies.
El hambre lleva en sus cachos algodón de tus corderos, tu ilusión cuenta sombreros mientras tú cuentas muchachos; una hembra y cuatro machos, subida, bajada y brinco, y cuando pide tu ahínco frailejón para olvidarte la angustia se te reparte: uno, dos, tres, cuatro, cinco.
Tu hija está en un serrallo, dos hijos se te murieron, los otros dos se te fueron detrás de un hombre a caballo. “La Loca Luz Caraballo” dice el decreto del Juez, porque te encontró una vez, sin hijos y sin carneros, contandito los luceros:... seis, siete, ocho, nueve, diez...
De Andrés Eloy Blanco, para mi amigo.