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miércoles, 27 de diciembre de 2017

TEJIDO



Hoy mi abuela cumpliría 90 años y mis niñas me hicieron clinejas para recordarla.
Mi abuela se hacía llamar Amalia Rosa aunque la presentaron como Juana Evangelista. Nadie nunca se atrevió a llamarle por su nombre de bautizo, porque todos respetaban lo que mi abuela decía, sino ella se hacía respetar.
Acostumbraba hacernos clinejas que amarraba con trapitos, a falta de ligas. El resultado era lo más esperado: las olas del sol alrededor de la cara, como el dibujo de un niño.
Yo tuve los cabellos vinotinto con rayitos cuando pequeña. Y era a la única de sus nietas a la que le gustaban las roscas tejidas sobre las orejas. Así que el trenzado se convirtió en nuestro ritual.
Luego crecí, cambié, tuve las greñas azules, fuscias, moradas, verdes, lisas, rulas, me rapé, los cabellos me llegaron hasta las nalgas, me hice pollina, me la quité, hasta hace casi dos años que me dejé de hacer cosas sobre la cabeza porque no tuve ni ganas, ni dinero, ni tiempo. Quise que me crecieran las ideas como venían, y venían negriblancas, con ondas pomposas, como las tuvo mi abuela, a mi edad.
He pensado dejarlo crecer hasta poder tejerlo y hacer una única rosca sobre la nuca como ella, hasta que mis canas nos vuelvan a encontrar donde quiera que eso ocurra, debajo de un mango o sobre sus cuentos, que es decir sobre sus piernas.

Más historias en mi cuenta en Instagram.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Gastronauta 109 #8M #YoParo


Yo paro, pero que alguien me aguante los pujos.

Cómo para la mujer con su hijo en un hospital ¿Son los hombres que la sostienen?
Cómo para la única entrada de dinero en casa ¿Cuántas madres son la única entrada de dinero?
Cómo para la prostituta para el proxeneta ¿Cuántas monedas cuesta una mamada?
Cómo para la campesina la aridez. Cómo para la niña de parir. Cómo para la que pare a los hombres que la matarán mañana. Cómo para la muerta los golpes.

Paran las mujeres, las niñas, las adolescentes, las transexuales, las lesbianas, las campesinas, las afrodescendientes, las indígenas las estudiantes, las obreras, las feministas, las que no se saben feministas. Parar, las que pueden por las que no. Las que quieren por las que no.
Parar para detenerse, levantarse, y también habitar.
Parar para no seguir engrasando y ensangrentando la Máquina, que hace uso de nuestra fuerza de trabajo (en el hogar, de cuidados a niños y ancianos) sin remuneración, y que a cambio nos mata.
Levantarse porque no podemos seguir muriendo sin que pase más que la propia muerte.
Parar para quedarse en la idea, para acompañarnos, para hacer casa en la voz de todas, por todas nuestras muertas. Por todas las que queremos la vida. Por el reconocimiento y la unidad de las mujeres en su actuación pública, la sororidad. “¿Qué sería de las mujeres sin el amor de las mujeres?” (1). Y, antes que reclamar la equidad con los hombres, debemos lograr la igualdad (reconociendo la diversidad) entre nosotras.

miércoles, 3 de agosto de 2016

Gastronauta 92: Gitana



Cuando era muy pequeña, trapo sobre trapo, me vestía gitana. Perseguía los lunares como a los caramelos. Sin saberlo, un gallo picoteaba en mi pecho lo mismo que en la tierra, y los gusanos se le escapaban al verde corazón de mi niña. Verde, que te quiero verde. Como si hubiese nacido de un caballo en la penúltima ola del mar, yo me sentía una palma y otra palma, punta, talón, floreo, palma, palma, palma, del índice al corazón, el abismo.

No había flor de auyama virgen, mi abuelo muerto me había enseñado a lavarlas y a rellenarlas, hasta rehogarlas en aceite. Iban a morir a donde mismo nacieron, al tambor de carne, de cuyo ombligo también nacía y moría el hambre. En el plato no hay mejor vecino de la calabaza que el garbanzo: nada es puro, nadie puede constatarlo, tampoco en la cocina. Dejábamos un puño de los granos remojados en agua con sal, de una noche al día siguiente “espantando los espíritus malos del aire”, diría la abuela. Después ajo, aceite de oliva y limón hasta hacerlos pasta, para ir a parar en el perolito de vidrio con bordes de encaje que reservábamos para la crema.

Yo uso la cúrcuma porque, como a Camarón, no me gusta el arroz payo. Y si no tengo la raíz, le pongo zanahoria para que lo pinte, o le rallo la concha de la auyama aquella: qué fuera de Dios sin la luz del amarillo, qué del tallo de las palabras cortas sin los quejíos, qué fuera de la soledad sin el cante... de no llevar apellido.

“Sube los brazos sobre la cabeza como si fuese a bendecir el mundo. Los hace serpentear trenzando las manos, que doblan las sombras sobre las sombras de sus ojos”, me explican de La Macarrona el flamenco, y de cómo estirar la masa que resulta de ablandar las papas en agua hirviendo: las manos, de la cintura del árbol al cielo, lo mismo una culebra que una paloma.
De la cintura hacia abajo, salta sobre la mesa y la fiesta salta con ella, la calza un par de zapatillas rojas, como un charco de sangre, la salsa.

martes, 7 de junio de 2016

Gastronauta 87: Fea



Me dije, “un coño voy a escribir sobre esta vaina”.
Así que lo que sigue es un coño.

¿Quiénes fueron las esposas de los más temibles dictadores? ¿Las recuerdan? ¿Cuáles consejos de moda y estética pudieron ofrecer a las torturadas, a las desaparecidas, por miles en el cono sur, por miles en África, millones en el mundo?
¿Carmen Polo se descorrió el velo para sonreír cuando cayó García Lorca, o se ajustó los collares para sostener su cuello frente a Franco? ¿Magda Goebbels aprobaba las rayas de los uniformes judíos que iban a los campos? ¿Quién le paga los viajes, la publicidad, quién le hace la imagen de sufrida -pero “bella”- a Lilian Tintori?
¿La mujer mutilada se sentirá fea cuando su verdugo acaba en ella la tala de su cuerpo? ¿La mujer campesina, la que hace posible que usted coma, estará atenta a las últimas tendencias en maquillaje, o en sus manos la tierra deja constancia de su paso por el mundo? ¿Se sentirá “sucia”? ¿Quién será feliz, la que se deja despeinar por la vida, o la que es esclava de artificios para lucir “bella”?
¿Qué es ser bella? ¿Se puede ser bella cuando el cuerpo refleja una cosa y la boca se abre como cañería? ¿O ser bella es sonreírle a la cámara y ser “la esposa de... el dueño” (del canal, del país, de la Asamblea)? ¿Cuántos pasos hay de ser bella, a ser bella y estar muerta? ¿Cuándo somos más feas, cuando nos creemos más bellas, o cuando lo decimos?
Aunque es normal que Dora D'Agostino opine respecto a las mujeres como opina, por su origen de clase, hay algo más que superficialidad en las declaraciones de la esposa de Ramos Allup y la respuesta de sus detractores “chavistas” (que me diga Cilia Flores cuánto cuesta una sesión de bótox), el no reconocimiento del resto, de esas que no encajamos en los moldes que plantea, que según Dora son dos, las mujeres “del gobierno”, “desarregladas (...) sucias (...) sin maquillaje”, y lo contrario-lo que ella representa, el sinónimo de su venezolanidad, la supuesta belleza que, por un simple silogismo, debe acompañar a una mujer opuesta al gobierno: arreglada, limpia y maquillada. ¿Cuán arreglada, limpia y maquillada anda Hillary Clinton ejecutando desmanes en el mundo? ¿Con cuánto gusto los ejecutaría aquí?
Incluso hay algo más vergonzoso, ubicar el debate político en la idea de que éste toldo cuenta con mujeres más hermosas que aquél, o al contrario. Un riña con la que las mujeres no ganamos nada. Mientras, las muertes por aborto siguen siendo números clandestinos y no por eso pocas, o debemos trabajar hasta tres veces más para conseguir el mismo sustento que el mes anterior, y sobre eso nadie legisla, ni somos entrevistadas.

martes, 24 de mayo de 2016

Gastronauta 85: Mango


Mi tía dice que donde hay mango no hay hambre. Y, es verdad.
El mango es impertinente, crece donde lo quieren, y donde no ¿Quién puede decir que el mango no es venezolano? Que no lo es de origen, sí. Pero nuestra tierra se abrió sin surcos a su pepa.
Algunas frutas ignoradas tienden a disminuirse, como el caimito, el ponsigué, el cotoperí, pero el mango no, el mango se hace notar. Y si no lo mira, te puede estallar en el pecho, “aquí estoy”, y zaz, te mancha de sol. Al mango no lo mata la envidia de la manzanita criolla de Garmendia. No.
Aparece justo cuando la sequía arrecia, y donde hay mango no hay incendio, porque su tronco se guarda para cuando falta, se traga el fuego y cae junto a los palos de agua, gota de mayo.

Del mango, el cogollo para los dolores, las hojas tiernas para la diabetes, su corteza como astringente, su raíz como afrodisíaco, verde para encurtidos, ensaladas, polvos y jaleas, también maduro para jugos, dulces, aceites. Al cuerpo le saca los calores, por lo que se recomienda cuando se tiene fiebre. Combate la anemia, la disentería, el cólera, nivela el colesterol, ayuda a combatir la ceguera, la sequedad en los ojos...

domingo, 15 de mayo de 2016

PON 28



Poema:
VITRAL DE MUJER SOLA
Por Yolanda Pantin (Venezuela)
Se sabe de una mujer que está sola
porque camina como una mujer que está sola
se sabe que no espera a nadie
porque camina como una mujer que no espera a nadie
esto es
se mueve irregularmente y de vez en cuando se mira los zapatos
Se sabe de las mujeres que están solas
cuando tocan un botón por largo tiempo
Las mujeres solas no inspiran piedad
ni dan miedo
si alguien se cruza con ellas en mitad de la vereda
se aparta por miedo a ser contagiado
Las mujeres solas miran el paisaje
y se diría que son amantes
de las aceras/ de los entresuelos/ de las alcantarillas/ del subsuelo
de los subterfugios
Las mujeres solas están sobre la tierra al igual que sobre los árboles
les da igual porque para ellas es lo mismo
Las mujeres solas recitan parlamentos
estoy sola
y esto quiere decir que está con ella
para no decir que está con nadie
tanto se considera una mujer sola
Las mujeres solas hacen el amor amorosamente
algo les duele
y luego todo es más bien triste o colérico o simplemente amor
Estas mujeres se alumbran con linternas
van al detalle
saben donde se encuentra cada cosa
porque temen seguir perdiendo
y ya han perdido o ganado demasiado
Ellas no lo saben
porque van del llanto a la alegría
y a veces piensan en la muerte
También planean un largo viaje e imaginan encuentros posibles
Administran el dinero
compran legumbres
trabajan de 8 a 8
Si tienen hijos hacen de madres
son tiernas y delicadas
aunque muchas veces se alteren
un pensamiento recurrente es
ya no puedo ni un minuto más
Las mujeres solas tienen infinidad de miedos
terrores francamente nocturnos
los sueños de tales mujeres son
terremotos catástrofes sociales
Una mujer sola reconoce a otra mujer sola de forma inmediata
llevan el mismo cuello airado
lo cual no quiere decir que no quieran a nadie más que a sí mismas
esto es completamente falso
Lo cierto es que la casa de una mujer sola
está abierta a su antojo
Una mujer sola
no puede curar su soledad
porque nada está enfermo
se remedia lo curable
una gripe o un dolor de estómago
La mujer que piense que su soledad es curable
no es una mujer sola
es un estado transitivo entre dos soledades
infinitamente más peligrosas
Una mujer sola es una mujer acompañada
aunque de este hecho no se percate más que el zapato
al que mira con detenimiento
o el botón
que parece representar algo verdaderamente importante
como de hecho lo es
como los árboles o el cielo
sólo que el privilegio que deriva de semejante atención
es más bien propio de las almas temperadas al siguiente fuego:
id contigo
para estar con vosotros.

jueves, 12 de mayo de 2016

Mujerícola 50: Caneo


¿A qué animal pertenezco?”
Su nombre germinó en el vientre de su abuela.
“Can, Caneito, Can”, le cantaban a su madre Clara cuando aprendía a caminar. Y supo poner un paso después de otro hasta llegar a ella, la más pequeña de sus dolores.
Su vieja Emma y su tía Nidia habían abandonado Caracas, rumbo a Píritu, porque a la niña de Caneito no le tocaba nacer entoavía.

El privilegio de venir cuando gusten, también de irse, propio de los bichos, le dibujó las alas, donde la sal había momificado escamas: Caneo no pudo llegar sino en abril. El sol de un viernes santo la atravesó, la piel en cruz, la concha rota. Eran las once de la mañana, día diecisiete, año mil novecientos ochenta y siete. Caneo se transformó, sintió curiosidad del mundo y se gestó en la repetición de la llama:

Acercó labio,
nariz
y su aliento proyectó el sueño de Clara.

El sopor tiñó la habitación de un recuerdo pesado,
su vientre gestaba un pequeño molusco.

Oía soplar en su lóbulo la extrañeza de su feto,
ella enmarcaba la espiral, era casa y
refugio de su centro.

Soñó Clara su diminuta bestia,
rasguñaba su panza—
parió entre labios el eco de su nombre”.

---
Tenía tres años cuando se perdió por primera vez en la montaña. Persiguió una hilera de obreras y cayó por el volcán de terrones, donde las hormigas acumulan las migajas de la humanidad.
Se dice que adentro, adentro se comió a la reina, y fue expulsada sobre la espalda del más grande de los himenópteros. La madre la llamó sin respuesta, buscó en cada madriguera, hasta que la halló sentada en la página de un libro, masticando la corona.

A los diez años, su tía materna la única hermana de Caneito le regaló a Aquiles. Le preocupaba que a la niña las voces de Apollinaire y Kafka le pesarán tanto en el pecho, que no lo abriera para que el caballo que era bien bonito pastara. Caneo la miró, le sonrió como había aprendido, le dio las gracias y se volvió sobre sí, silenciosa, al arrullo de la medianoche, a la palidez de la palabra, a la transparencia, instrumento para la fuga, para el fuego.

martes, 10 de mayo de 2016

Gastronauta 84: Naturaleza muerta


El padre se enamoró de una prostituta, a la que convertiría en la madre.
Se la llevó de ése pueblo al suyo.
La preñó, y lo mismo que empezó a crecer la barriga, el hombre se tiró a un charco de alcohol y coca.
El segundo de los hijos llegaría por violación, también la tercera.
Justo después de la niña, la madre se largó.
Dejó los tres hijos y un viejo catre.
La abuela se encargaría de aquello, como pudiera.

Cuando el más grande creció, abandonó la escuela y se dedicó a vender las empanadas a las que daba forma la vieja. Lo mismo hizo el nieto del medio, y después de un tiempo de estudios, la niña prefirió ir descalza de puerta en puerta, para ofrecer las medialunas de maíz.

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Su piel era del color del trigo, lo mismo que los rollitos del cabello. La camisa le descubría el ombligo, la panza era la pieza preferida de los parásitos, lo que le valió el mote de “el gordo”, aunque era más bien un mecatillo con un nudo en medio; un pantalón caqui, sobre los tobillos “brincapozos”, y un par de chancletas petroleras, a las que se les partía la lengua delantera.
Era el que corría más rápido, el que se lanzaba primero a las lagunas en las que se habían perdido varios en el barrio. Y a su vez era el más silencioso, una vez reposaba su mirada sobre algo, ése algo caía, ronco, herido, marcado.

jueves, 5 de mayo de 2016

Mujerícola 49: Mayo

Quinto mes
A casa llegaron las lluvias de mayo. A la más pequeña se le salen por todas las bocas, especialmente cuando nos cubre la noche.

Tercer trasnocho
No tuve cabeza para vomitar palabras, y me acosté atestada, sin sacármelas antes de entrar a la cama.
Tres de la madrugada
El grito agudo de mi hija nos salvó del charco en el que me ahogaba. Ambas sentimos una descarga eléctrica. El golpe fue de un instante, pero me robó el resto de la noche.

martes, 3 de mayo de 2016

Gastronauta 83: Tala



No se qué talla me he vuelto.

Hubo un día que la supe
era del tamaño equivocado.
Demasiado grande para entrar en aquellas telas
demasiado pequeña para ser algo, alguien.

Yo era una mujer en el mundo y no cabía en el espejo.
Desterrada la redondez
decidí buscarme, caminarme.
Llegué hasta la punta misma de mis cabellos y no estuve.

Entonces me desnudé.
Y encontré entre aquellos trapos a una niña que lloraba a una niña.
La sequé con mis despojos y regué en su piel mi olor a cereal recién segado.
Anduve con las carnes al aire y si se fijaban bien podían ver cómo iba y venía mi corazón.

Dormía sobre mí. Me vestían los ojos ajenos.
Era una flor haciendo equilibrio en la caída.
No tuve límites, y crecí, y le hice sombra al miedo.
Fui paredes y techo y tuve en mis manos la muerte.

Era cuerpo.

jueves, 28 de abril de 2016

Mujerícola 48: Mujer medicina



Es de frío la noche.
Una vecina toca a la puerta. Trae en brazos a su hija, Victoria. Tiene los ojitos rojos, llora mucho. Está caliente de puritica fiebre.
Me limpio las manos con el paño de la cocina. Dejo la avena coger el punto, a fuego bajísimo, el sabor de la breve espiral de la concha de un limón.

Me siento con ellas:
“Vengo a que me le des tus masajes y me le reces”.

Por un momento muy pequeño, me paralizo. “Yo no ensalmo”, me digo. No me atrevo a contrariar a una madre que confía que eso la ayudará.
De inmediato lo creo, y me dispongo a repetir con Victoria lo que hago con mis hijas.
Cuando se enferman las tomo y las limpio con aceites, y me arrodillo a mis ancestros, a la naturaleza y la misma necesidad de estar bien, para que sanen.
Entonces, cargo a Victoria. La miro y ella a mí. Llora. La llevo al cuarto y le hablo bajito mientras la acaricio con aceite de coco.
Se la encomiendo al corazón de las madres del mundo.
La aprieto un poco contra mi pecho y el olor a vida la mantiene tranquila mientras le canto con María Sabina:

Soy la matriz: de todos los bosques,
soy la fogata: de todas las colinas,
soy la reina: de todas las colmenas,
soy el escudo: de todas las cabezas,
soy la tumba: de todas las esperanzas”.

jueves, 21 de abril de 2016

Mujerícola 47 Dilma



Baja la cara de una bofetada y sus ojos, a punto de salirse de órbita, contemplan los hilos de sangre que pueblan, de a poco, las líneas de los azulejos blancos en los baños de la cárcel Tiradentes en San Pablo.
Era sangre sobre sangre, una piel que olía a kilómetros, la costra que en Brasil no termina de amanecer.
Siempre fue de noche. Durante aquella luna, pegó su boca con tal fuerza contra el tronco en el que la amarraban para electrocutarla, que uno de sus dientes se amorató. Más tarde se lo volaría de un puñetazo el capitán Benoni de Arruda Albernaz (1), jefe de interrogatorios.
Lo vomitaría con el poco pan y la poca agua que tenía en el estómago, también la sangre.
La mandíbula se le desencajó, el corazón se le fue a otra parte.
“Vas a estar deformada y nadie te querrá. Nadie sabe que estás aquí. Te convertirás en un 'jamón' y nadie lo sabrá”, le susurraba uno de sus torturadores.

jueves, 14 de abril de 2016

Mujerícola 46: Miyó



El calor es el pronóstico del fuego. Conozco a la gente que se alimenta de las cenizas y las vomita sobre el papel... Creo reconocerlos... Más bien, nada.
Pero muchos de los que se consumen malvivieron a Maracaibo, “lambiando” las aceras, tendidos sobre los techos, secos, son personas con ojos extranjeros, habitantes de otra parte, pero muy de la cera alta, rotos: odian a su madre tanto como a las metáforas, y les gusta caminar por la calle, orando para que un carro se los lleve por delante y en la plegaria un poema-un grito, hablan solos, mirándose o no al espejo, y se sumergen en la tina hasta que el aire mismo de los pulmones los impulsa hacia el cielo del baño; son ellos, los que se inclinan por la noche y tienen como profesión fumar hasta que la atmósfera se vuelva del color de sus apocalipsis.

No los conozco, pero los sueño: yo me encuentro con ella en el Monte sacro, una colina más bien pequeña, a la que van a cagar los señores de la calle, y que hiede a miaos rancio. Me encuentro a gusto con Marie José, que prefiere llamarse Miyó, y nos vemos-nunca hablamos, porque yo dibujo en el aire su boca, un par de picos mínimos que suben sobre su labio superior. Ella me adivina, y no puede evitar la sonrisa (le gusta sonreír en confianza como si mirara a un perro voltearse para que le rascara la panza). Sabe que soy tonta, y me lo perdona. No habla porque yo sostengo su boca, y en el dibujo de sus labios me robo sus palabras.
Sus antepasados no la quieren. En el baúl de los muertos sólo su abuelo la cobija, con madera fresca todas las noches, a los cuatro años, cuando se escapa de su casa.

jueves, 31 de marzo de 2016

Mujerícola 44: Angélique



Volvieron como cascos de caballo sobre el lomo de la sabana.
Ella, despertó y se miró las manos que permanecían en su lugar. Siempre soñaba que se las cortaban porque se negaba a masturbar a un ejército de hienas.
Hacía tres días que dormía, trataba así de esconderse del hambre.
El tropel del Ejército de Resistencia del Señor la miró y asumió que estaba muerta.
Se llevaron a la mujer a su lado, también al hijo.
La compañera les serviría de cama, el niño ya podía sostener el fusil.
Aprendió a orar a Dios en el desespero, a cantar para invisibilizarse de frente a la maldad.
Corrió sin mirar hacia atrás, y se le olvidó el camino a casa.

Angélique sabe qué le harán a aquella mujer y a su cría, sabe cómo acabarán, porque en el Congo queda el infierno, un hoyo en la tierra, con paredes de diamantes que alumbran el camino por el que asciende el aliento del diablo, un vaho mortecino que atraviesa el corazón del hombre primario.

Y, entonces, ¿de dónde saca la sonrisa Angélique?