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jueves, 28 de abril de 2016

Mujerícola 48: Mujer medicina



Es de frío la noche.
Una vecina toca a la puerta. Trae en brazos a su hija, Victoria. Tiene los ojitos rojos, llora mucho. Está caliente de puritica fiebre.
Me limpio las manos con el paño de la cocina. Dejo la avena coger el punto, a fuego bajísimo, el sabor de la breve espiral de la concha de un limón.

Me siento con ellas:
“Vengo a que me le des tus masajes y me le reces”.

Por un momento muy pequeño, me paralizo. “Yo no ensalmo”, me digo. No me atrevo a contrariar a una madre que confía que eso la ayudará.
De inmediato lo creo, y me dispongo a repetir con Victoria lo que hago con mis hijas.
Cuando se enferman las tomo y las limpio con aceites, y me arrodillo a mis ancestros, a la naturaleza y la misma necesidad de estar bien, para que sanen.
Entonces, cargo a Victoria. La miro y ella a mí. Llora. La llevo al cuarto y le hablo bajito mientras la acaricio con aceite de coco.
Se la encomiendo al corazón de las madres del mundo.
La aprieto un poco contra mi pecho y el olor a vida la mantiene tranquila mientras le canto con María Sabina:

“Soy la matriz: de todos los bosques,
soy la fogata: de todas las colinas,
soy la reina: de todas las colmenas,
soy el escudo: de todas las cabezas,
soy la tumba: de todas las esperanzas”.