Mostrando entradas con la etiqueta paternidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta paternidad. Mostrar todas las entradas

jueves, 3 de marzo de 2016

Mujerícola 39: Femicidio


A Mayerlin la violaron, la picaron en pedazos y la regaron en Mume.
Estaba implicado el hijo del Gobernador. Lo dejaron libre.
El pecado de Maye, como le decían, había sido ser electa reina de los carnavales del pueblo. Hermosota. Desde entonces, fue objetivo.

A la chica Coronado (le llamaban así por el apellido de su papá, el militar) la agarraron en la mañanita cuando salía a trabajar. Estaba sola, y eso era suficiente. Literalmente la entubaron. No hubo orificio donde no la penetraran con pedazos de metal, antes de matarla.
Cada vez que voy a casa de mi mamá, veo a su hijita, de la mano de sus tías. Nunca camina sola.

Luzbelis corrió con más “suerte”: la violaron entre varios, cuanto quisieron, y la dejaron viva con la condición de que callara. Y calló, nunca más ha hablado. Una la mira y es como estuviera en presencia de la ausencia, un cascarón hueco que repite y repite aquel día. Vive al borde de una autopista. Estoy segura de que algún día se arrojará, y sus cazadores estarán mirándola.

A Luzmila la violó su tío. Todos lo saben. No por ella. Él se jacta de su “proeza” cada vez que se echa unos palos, va la busca, se lo restriega, ella se traga a sí misma. Cada vez que la miro, está igual: larga con un silbido, flaca como si no comiera, triste como la que más.

martes, 19 de mayo de 2015

Gastronauta 35: Tetada



A mi amigo Franco que nos visita desde Argentina, siempre le chocó, le choca, encontrarse con esos maniquíes que tienen más tetas que ropa. Un pedazo de plástico, que en Venezuela imita a la realidad: la masificación de los implantes mamarios como consecuencia de una idea de belleza impuesta desde las redes del bisturí. Así la publicidad, aliada del sistema, inunda las calles con imágenes de la redondez “perfecta” ¿La culpa? Siempre es de la mujer, por no tener, por tener demasiado, por tapar, por exhibir. (1)
Lo que parece una verdad es que un par con silicón no agrede a nadie. En cambio, una madre que amamanta levanta las más insospechadas conductas.
----
Una vez, el chofer de camionetica ofreció dejar caer sobre mí su pañito de secarse el sudor, para que me tapara mientras amamantaba a Pola. “La teta del pueblo, pues”, llegó a proferir.
A Circe, una mujer la detuvo en el metro para preguntarle si le gustaba “que le chuparan las tetas en público”.

domingo, 12 de abril de 2015

Gastronauta 27: Corona

No le puse mucha atención a mi cuerpo hasta que parí.
Fue entonces cuando supe que mis caderas eran hermosas, se abrían para recibir la divinidad.
Que mis tetas crecían y decrecían según el llamado de la leche. Y así mis órganos se reacomodan de acuerdo al tamaño de mis semillas.
La primera rayó mi vientre y lo abultó hasta dejar en él la huella más visible de mi embarazo. En el postparto lo miré y re-miré frente al espejo, que es decir frente a mí misma. No me gustaba lo que veía, ni lo que leía. Que si las rayas de una leona, y un largo etcétera de lo que para mí eran autocompadecimientos. Súmele la depresión de la cuarentena, no poder comer esto, o aquello, el abc de las enfermedades de la teta, un periodo de hospitalización de mi cachorra y otros fantasmas a los que no les até las cadenas.
Ahora mismo, revivo el período en el que vuelvo a mi reflejo. Miro mi piel colgante y asumo mis nuevos pliegues con más entereza... hasta que me tocó masticar uno de mis dientes.
Perdí uno en el ya aporreado cuadrilátero del postparto.
En principio, quise llorar. Y lloré.
Cómo podía pasarme esto a mí.
Hasta que me exorcicé (es decir escribí esto) y entonces comprendí que ubicaba y ubico el espejo afuera, que quien me mira es la sociedad, es una revista Cosmo, una contraportada de diario de deportes, quien se detalla es la mujer que se ha extraviado en sus hormonas. Y me devuelvo enterita de la procesión de ser mujer en el país de la mises, me río y exagero la mueca por si no se mira el agujero en el que se asoma una pequeña monarca.
(Inciso: Le explico a la Pola que no me gustan los reyes, ni las princesas porque para que estos parásitos vivan, otros tienen que fregarse, joderse, desdentarse)
Siempre fui la reina de mi salón. Y alguna vez me gustó. En su momento me gustó. De vez en cuando una debe revolcarse en la mierda y comprender que este envoltorio (y su mierda) también sirve de abono.
Lo mismo que el rey de los judíos, sentimos el power hasta pedalear sobre las aguas, para después ser ahogados en la cruz, y formar parte del espectáculo romano.
Por su proximidad, es la corona de espinas propia la que revienta el pensamiento que somos. La que nos devuelve a la tierra y sus formas. Que nos acerca a uno de los finales. Nos recuerda que son los hijos nuestra propia reencarnación.
No supe si acostar mi diente bajo la almohada y rogar al ratoncito algún deseo.
Después de dos hijas, un trébol de desilusiones y una casa con vista a un templo, no puedo creer en cuentos, ni en sacrificios, menos en perfecciones.
Juego con mis sobrinos que ahora pierden sus dienticos de leche y se los pidos para armar una diadema.
En fin, correteo la sonrisa.



viernes, 27 de febrero de 2015

Gastronauta 25: Papá, mi alimento


Ocho metros, tres toneladas, tres mil dientes se abrían para masticarme en la que sería mi primera vez en el cine. Tenía siete cuando mi papá me llevó, junto a mi hermano, a ver Tiburón, en una sala chiquita, empolvada y de terciopelo rojo. El que fue el Cine de mi pueblo, El Renacimiento.
Para mi hermano, los tiburones se convirtieron en su objeto de estudio. Para mí, mi papá terminó por transfigurarse en mi salvavidas. Podía escuchar cada vez que me sentía en peligro los vientos y las cuerdas que John Williams compuso para Spielberg, y salía papá con un arpón a acabar con cualquier escualo que quisiera robarme la cadencia de mis mareas.
Recuerdo que veníamos de visitar al bioanalista. Yo estaba enferma, y papá se encargaba de la difícil tarea de las agujas. Alguna vez se desmayó mientras me cosían una herida en la mano. Me llevó cargada al dispensario viejo, y mientras me hilaban, papá descorazonaba enfrente.
Cada que salíamos del laboratorio, nos llevaba a tomarnos sí o sí un batido de tres en uno donde “Fariña”. Luego de la mancha correspondiente, caminábamos a la casa, o íbamos a la plaza, o al cine. Era una forma de aliviar a la mujer araña (así quedé bautizada entre las enfermeras de aquellos tiempos, porque rasguñaba las paredes para que no me tocaran).

Modo
Para esta potente mezcla, licua dos vasos de jugo de naranja, una remolacha en cuadritos y una zanahoria, con papelón al gusto, y listo.
Si es su gusto colarlo, puede usar el resto de las hortalizas para enriquecer la masa de sus arepas. El uso del papelón, de miel o estevia queda a su gusto, pero recuerde que la zanahoria y la remolacha son suficientemente dulces.
----

Hace poco mire el trailer de la misma película, y casi pude ver los tubos que componen el tiburón mecánico que se usó para recrear aquellas escenas de terror. Ya no sentí miedo, sino que recordé la mirada de la niña que fui y me maravillé de haber resistido fotograma por fotograma.
La hemoglobina en mi cuerpo iba y venía entre zumos y fotos de la pantalla grande. No hubo mejor alimento, mejor remedio.
Mi padre fue marinero. Así que el asunto de la playa y los tiburones no se quedó en el vallecito en el que vivíamos, sino que nadó los caminos de los casi sesenta kilómetros que nos separaban de la Guaira. En la bahía, nos dejaba de nuestra cuenta, o él mismo nos arrojaba contra las olas, porque así aprenderíamos a volver de donde siempre fuimos, al agua.
De vez en cuando, se montaba su aleta imaginaria y como un buen tiburón blanco nos mordía los tobillos, y así pasábamos el día, huyendo de sus dientes, y buscándolos cuando paraba para descansar.
Tengo treinta años. Hace poco, toda la familia -crecida- visitó las olas, y volví a escuchar aquellas dos notas musicales, sinónimos del suspence. Cualquiera pensaría que estoy loca, pero en palabras de René Char, “la lucidez es la herida más cercana al sol”.
Papá agarraba del pie a sus nietos, entre gritos, risas y “déjame, abuelo”, para el ritual de iniciación en el agua salada. Luego, se hacía de las paletas para raquetear unas pelotas, después enterrábamos a uno por uno, luchamos contra el viento para barajar una partida, o acostamos unas cochinas del dominó. No paramos.
Los días de playa en familia son una película, en la que el burbujeante sol recupera cada una de sus hijas exprimidas para subir las defensas de nuestros cuerpos. Le devolvemos gota a gota. Literalmente aGOTAdor. Menos para mi papá, con él no hay tregua, es como si supiera de algo que nosotros nos perdemos.

Mirar al sol
Una práctica milenaria del yoga enseña que mirar el sol cuando nace y cuando muere, todos los día y con conciencia, puede ayudarte a vivir más con menos, y mejor. Incluso, hay quien ha pasado más de un año sin más alimento que el sol y el agua, en un intento por demostrar la divinidad del astro rey y su capacidad de nutrir nuestros cuerpos.
El contacto con la tierra, descalzos, sin ninguna mediación, sin roce con yerbas (porque absorben la energía solar), nos permite ordenar nuestro cuerpo, nuestra conciencia, nuestra alma y ascender y girar, como la tierra que somos, a su alrededor.
El mandala del girasol he perfeccionado su ingeniería para moverse según los rayos. No es raro que al nacer, debamos presentarnos cada mañana, desnudos, al padre Inti, y que el agua de la teta y los rayos solares sean suficientes para reverenciar la vida. A final de cuentas, comenzamos así una de las vueltas que componen el tronco que somos.

Papá es medio cegato. No se si porque mira al sol de frente. O es una la que se planta delante de su grandeza. Yo he adoptado saludarlo y despedirlo como ritual con mi chiquita, porque honrar la más grande estrella no debe restarnos luz.
Cuando se apaga, ofrezco los latidos de mi tiburón como tributo, aquella dos notas memorables del celuloide, para que continúe su música y siga alimentando la propia vida.



lunes, 24 de noviembre de 2014

Retorno

Esta mañana les hice el atolito de la abuela.
Lo sirvo y me siento con las tres en la mesa.

No tarda en probarlo, cuando la más grande me dice que la transporté al maternal, cuando comía junto a Tito y Mariana el mismo alimento calientito, que preferían al puré de plátanos.

-Éste plato me hace recordar a Mariana, me dice mientras traga.
Hace una pausa, respira hondo, me mira y continúa.

La amiguita murió recientemente, y cada vez que Cami habla de ella se le siente el nudo que desata de a poco.

Un olor, una imagen, una lengua, para traer de vuelta a la abuela, a la hermana.
Todos venimos de la infancia, de cuando los árboles eran altos, y las piernas de nuestro padre una mecedora. De cuando un beso de mamá aliviaba cualquier derrumbe, y el atolito era una sonrisa repartida.

Les comparto este video, hecho en 2013 por Natalia Chernysheva.
Con él, lo mucho que extraño a mi abuela.


martes, 28 de octubre de 2014

Precipicios


I. A la Pola una le pregunta qué es lo que más le gusta de mami, y ella señala y responde "lo ojo". Así, sin eses, singular como es ella.
Mis ojos, militantes de su maravilla.
Anoche, por primera vez durmió en su camita, al lado de la nuestra, fuera del cobijo de año y medio bajo mi pecho. Lo hizo durante toda la luna.
La que no parpadeó fui yo. Pasada las dos de la madrugada, decidí meditar después de contemplarla frondosa.
Hacía mucho no me encontraba. Casi lo olvidaba.
Empecé por enderezarme, y contar de 100 a 0, a abanicarme con los pensamientos. Luego, llegaron a mí postales de sus -hasta ahora- "primeras veces".

domingo, 12 de octubre de 2014

Gastronauta 11: De vuelta a la semilla


Homeaje a Carpentier.

El paseo de la mañana lo llevó -en una silla de metal con ruedas- contra la pared de la cochera. No detuvo el choque. Hace rato sus movimientos eran independientes a sus deseos. Y no le importaba. Muy probablemente él había provocado el estallido. Cómo. No lo sabemos aun.
El camino al muro de cemento, comido por la parchita, le recordó su paso antiguo por el desierto, cuando detrás de la enredadera de la auyama se encontró con las arrugas de su abuela. Aquella semilla la plantó junto a ella, antes de pisar la pubertad.
Antes de estallar sus lentes, apretó los ojos y el amaranto que crecía en la vieja chimenea hizo lo propio con sus tablones, empuñó.
Supo cuando las ventanas explotaron porque el vidrio de sus lentes penetró hasta la lágrima.
Permanecería allí y la parchita empezaba a gustar de sus pieles.

Hace un largo tiempo había sido abandonado por la vida.
Iniciaba así su vuelta a la semilla.

jueves, 9 de octubre de 2014

Gastronauta 10: Vesubio (la teta)




Mi bisabuela fue muerta en la Primera Guerra Mundial. Según contó mi abuelo, fue hallado sobre el cuerpo descocido de su madre, pegado a su teta.
Un siglo se ha deshilado desde que el abuelo mAMÓ hasta que mi hija hizo callo mis pezones. A mí me parecieron cien años los seis meses en carne viva, pero lo hice. La fuerza  ancestral para lograrlo me trascendía.
Antes y ahora, de un suspiro se acabó el dolor y solo quedó el placer de la comunión en nuestras historias. La trenza del vientre de la nona al de Apolonia es un puente de savia que resiste la muerte.
Mi Vesubio ha sepultado ciudades y me devuelve en cada emanación a la tierra, tendida, acariciando hasta el último soplo la cabeza de mi abuelo.
Sólo tengo que cerrar los ojos y desconectar el intelecto para viajar a la vieja bota, entre detonaciones y una canción de cuna en italiano. Producir el alimento con el que nutres cuerpo y alma de un pedazo de ti es comparable a la meditación. Dice Laura Gutman:

La lactancia es manifestación pura de nuestros aspectos más terrenales y salvajes que responden a la memoria filogenética de nuestra especie. Para dar de mamar sólo necesitamos pasar casi todo el tiempo desnudas, sin largar a nuestra cría, inmersas en un tiempo fuera del tiempo, sin intelecto ni elaboración de pensamientos, sin necesidad de defenderse de nada ni de nadie, sino solamente sumergidas en un espacio imaginario e invisible para los demás.


Eso es dar de mamar. Es dejar aflorar nuestros rincones ancestralemente olvidados o negados, nuestros instintos animales que surgen sin imaginar que anidaban en nuestro interior. Es dejarse llevar por la sorpresa de vernos lamer a nuestros bebés, de oler la frescura de su sangre, de chorrear entre un cuerpo y otro, de convertirse en cuerpo y fluidos danzantes.

viernes, 19 de septiembre de 2014

Gastronauta 8: Hansel y Gretel


¿Envenenaría usted su propia semilla?

Papá y mamá no pueden custodiarlos. Los guardan en un rectángulo de ladrillos, amarrados -de una cadena- al cuello de una extraña. Ambos trabajan para pagar las deudas y comprar veneno.

Los niños han marcado la senda que les devuelve a casa. Pero es domingo y papá y mamá están cansados de la jornada diaria. Los dejan en el corazón mismo del bosque de cemento: Una Eme crecida como rascacielos. (Nota de los procreadores: Si usted voltea una eme, podrá amamantar a su cría).
Tras comerse los restos de los padres en el camino, un pájaro blanco los lleva a la casa de los anuncios de neón y muñequitos de sonrisa obligada.
Grandes tubos rojiamarillos, una piscina de pelotas bailan en el cuerpo de los hijos. Allí: panes, helados en polvo, bebidas burbujeantes de colores fluorescentes, azúcar, mucha sal, poca agua.
Nuestro Hansel y nuestra Gretel abandonados en el hambre de la piel, engullen los manjares del plástico. Pronto su cuerpo crecerá, tanto como el número de Emes amarillas en el mundo.

Los hijos no han podido tirar a la vieja Eme al horno, porque “los niños buenos no hacen eso”. La tarea de engordarlos para su muerte ya no corre por cuenta de brujas ajenas. Las propias pagan por su educación, alimentación, los llevan con los doctores, y “si se portan bien, entonces los llevan a la Eme”.

Por la boca vive el pez, y también se le doma. O como dijera el poeta de esos locos bajitos “a los que, por su bien, hay que domesticar”.

No murieron por canibalismo, alguna de las enfermedades producto del exceso de plástico promete llevárselos sin tanto color, ni caramelo.