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martes, 16 de junio de 2015

Gastronauta 39: ConSuelo



El catorce de febrero de 1998 me desarrollé. Tenía doce años. Mi madre llamó a todas y todos. Estaba orgullosa. Su única niña, hasta entonces, se había convertido en mujer. Le hacían bromas, porque había ocurrido un día de los enamorados.

Yo, había vuelto de la plaza, de donde había quedado en verme con Roberto, un muchacho de diecisiete que me aguardaba con una florcita. Nos gustábamos.
Era muy delgada y para rellenar el jean que llevaba puesto me había calzado un par de chores antes que el pantalón, para engrosarme.
Cuando vi a lo lejos a Robert (como le decíamos), sentí un pequeño bajón en el vientre. “Es normal”, pensé. “Estoy nerviosa”. Vecino a la plaza, quedaba el consultorio ginecológico en el que la mamá de las morochas, mis amigas de entonces, trabajaba como asistente del doctor Balza.
Antes de que mi enamorado me viera, se me ocurrió pasar por el baño, para evacuar la presión bajo el ombligo. Había sangrado. Primero me asusté. Después me preocupé. Se me hacía tarde para la flor. Estaba manchada.
La madre de Karelis y Karen me “socorrió” con una toallita, pero no había tela que tapara aquello. Yo, salí y cuando Roberto me vio bañada en sangre, retrocedió dos pasos, miró a su alrededor.
Ya ni me saludó nunca más.

martes, 26 de mayo de 2015

Gastronauta 36: Plantae


Algunos seres humanos somos más del reino vegetal.
En realidad, sin las plantas, la evolución no pudiera haberse ejecutado. Es algo así como que los árboles llevan en sus hombros buena parte de la responsabilidad de que podamos caminar, porque por y a través de ellos salimos del agua, su desintegración y solidificación logró los continentes y constituyen el escudo contra las espadas que nos hincan más allá de la atmósfera. Las plantas además nos alimentan incluso desde que éramos una célula flotando en la puritica agua que era la tierra. El mejor remedio, fuente para el cobijo al constituir materia prima para casas autosustentables, casas vivas, sus hojas nutren el histórico medio de comunicación: el papel.
Son también la principal fuente de energía, porque casi toda la necesaria para la vida en el planeta es producida mediante la fotosíntesis a partir de la luz del sol. Entonces pues ¿cómo es posible tanto descuido en contra del florecimiento y la conservación de los verdes, sin que se explique como un suicidio colectivo? Hay quienes hablan de que vivimos la sexta extinción masiva, producto del paso del homínido, un paso más feroz que el peor de los meteoritos.

miércoles, 6 de mayo de 2015

La ciudad produce sus alimentos

Séptima Feria conuquera en el Parque


Los primeros sábados de mes, el Parque Los Caobos ha sido sede de siete ferias conuqueras, hasta entonces. El encuentro ha permitido el expendio de alimentos libres de procesos químicos, el rescate e intercambio de semillas y plantas medicinales, alternativas para la prevención y sanación de afecciones, pero sobre todo la articulación de colectivos que trabajan la tierra y la vuelta a la raíz, en la ciudad.
Entre las diversas organizaciones, e individualidades se La Campaña Venezuela Libra de Transgénicos, el Organopónico Bolívar 1, los colectivos Autana Tepuy, Colectivo Agropolítico Abya Yala, Montaráz, Ecologarte, La Minka, Diversidad, Territorio Caribe, Ateneo Popular, Senderos, Lombriz Roja Urbana, Hierbas ancestrales, Tierra hogar, la red de productores de La Vega, La Pastora y La Limonera (Baruta), Sabiduría lunar, Lactarte, y Centro madre, entre otros. Asimismo, participa la Escuela Venezolana de Alimentación y Nutrición (EVAN).
“Estamos en la construcción de un modelo autogestionado, con apoyos puntuales de instituciones del Estado, pero que apunta al empoderamiento popular”, explica Alfredo Miranda, voz de la Campaña Venezuela Libre de Transgénicos y del Organopónico Bolívar 1, ubicado en Bellas Artes.
Después de que el presidente Nicolás Maduro llamara a la siembra, las diversas organizaciones que se reúnen alrededor de esta actividad encuentran en sus iniciativas el interés del común para la distribución de sus alimentos y productos, derivados del esfuerzo por lograr el ecosocialismo.
En plena guerra económica se ha hecho evidente la necesidad de volver a la producción nacional, a eso que Hugo Chávez llamó economía comunal, un trato directo entre productores y consumidores, en el que la plusvalía no queda en manos del intermediario, dueños de abastos, supermercados, o transformadores de la materia prima. Lo que permite realmente el precio justo, “porque el objetivo de esta nueva forma de producción no es hacer dinero, sino alimentar saludablemente al pueblo”.
Roraima Ramos, miembro del colectivo Diversidad y productora de Esquina El Conuco, pequeño vivero de plantas ornamentales y alimenticias, ubicado en Maripérez, define a la Feria como una “respuesta al bloqueo y situaciones de dependencia que experimentamos en la ciudad”.
Además explica cuáles son las premisas en las que se sustenta esta iniciativa:
1- Promover y distribuir productos agroecológicos y orgánicos, libre(s) de transgénicos y agrotóxicos, que fomentan y construyen la soberanía alimentaria.
3- Llevar los productos directamente del productor al consumidor, para simplificar las cadenas de distribución, es decir, sin intermediarios, y en este sentido reducir los costos.
3- Transformar la figura de consumidor a prosumidores, y así, ser participantes en la producción de sus alimentos.
Para Miranda, “no se trata de traer el conuco a la ciudad, sino que sean los conucos de la propia ciudad los que produzcan sus alimentos. Y activar así la agricultura urbana para lograr la soberanía alimentaria y derrotar la guerra económica”.
“La idea es multiplicar la experiencia”, concluye Ramos. La próxima Feria conuquera será el sábado 6 de junio ¡Llégate, apoya y se parte de la verdadera revolución!
DsdLaPlaza / Indira Carpio Olivo

martes, 21 de abril de 2015

¿Por qué todavía no me compré un DVD?

Por Eduardo Galeano



Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco.
No hace tanto, con mi mujer, lavábamos los pañales de los críos, los colgábamos en la cuerda junto a otra ropita, los planchábamos, los doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar. Y ellos, nuestros nenes, apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos se encargaron de tirar todo por la borda, incluyendo los pañales. ¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables! Si, ya lo sé. A nuestra generación siempre le costó botar. ¡Ni los desechos nos resultaron muy desechables! Y así anduvimos por las calles guardando los mocos en el pañuelo de tela del bolsillo. ¡¡¡Nooo!!! Yo no digo que eso era mejor. Lo que digo es que en algún momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra. Lo más probable es que lo de ahora esté bien, eso no lo discuto. Lo que pasa es que no consigo cambiar el equipo de música una vez por año, el celular cada tres meses o el monitor de la computadora todas las navidades.

¡Guardo los vasos desechables!
¡Lavo los guantes de látex que eran para usar una sola vez!
¡Los cubiertos de plástico conviven con los de acero inoxidable en el cajón de los cubiertos!
Es que vengo de un tiempo en el que las cosas se compraban para toda la vida!

¡Es más! ¡Se compraban para la vida de los que venían después!
La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, vajillas y hasta palanganas de loza.
Y resulta que en nuestro no tan largo matrimonio, hemos tenido más cocinas que las que había en todo el barrio en mi infancia y hemos cambiado de refrigerador tres veces. ¡¡Nos están fastidiando! ! ¡¡Yo los descubrí!! ¡¡Lo hacen adrede!! Todo se rompe, se gasta, se oxida, se quiebra o se consume al poco tiempo para que tengamos que cambiarlo. Nada se repara. Lo obsoleto es de fábrica. ¿Dónde están los zapateros arreglando las media-suelas de los tenis Nike? ¿Alguien ha visto a algún colchonero escardando colchones casa por casa? ¿Quién arregla los cuchillos eléctricos? ¿El afilador o el electricista? ¿Habrá teflón para los hojalateros o asientos de aviones para los talabarteros?
Todo se tira, todo se desecha y, mientras tanto, producimos más y más y más basura.
El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que en toda la historia de la humanidad.
El que tenga menos de 30 años no va a creer esto: ¡¡Cuando yo era niño por mi casa no pasaba el que recogía la basura!! ¡¡Lo juro!! ¡Y tengo menos de... años! Todos los desechos eran orgánicos e iban a parar al gallinero, a los patos o a los conejos (y no estoy hablando del Siglo XVII).
No existía el plástico ni el nylon. La goma sólo la veíamos en las ruedas de los autos y las que no estaban rodando las quemábamos en la Fiesta de San Juan.
Los pocos desechos que no se comían los animales, servían de abono o se quemaban. De 'por ahí' vengo yo. Y no es que haya sido mejor.. Es que no es fácil para un pobre tipo al que lo educaron con el 'guarde y guarde que alguna vez puede servir para algo', pasarse al 'compre y bote que ya se viene el modelo nuevo'. Hay que cambiar el auto cada 3
años como máximo, porque si no, eres un arruinado. Así el coche que tenés esté en buen estado. Y hay que vivir endeudado eternamente para pagar el nuevo!!!!

Pero por Dios. Mi cabeza no resiste tanto. Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que, además, cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real. Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre (y vaya si era un nombre como para cambiarlo) Me educaron para guardar todo. ¡¡¡Toooodo!!! Lo que servía y lo que no. Porque algún día las cosas podían volver a servir. Le dábamos crédito a todo. Si, ya lo sé, tuvimos un gran problema: nunca nos explicaron qué cosas nos podían servir y qué cosas no. Y en el afán de guardar (porque éramos de hacer caso) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo, el diente del segundo, las carpetas del jardín de infantes y no sé cómo no guardamos la primera caquita. ¿Cómo quieren que entienda a esa gente que se desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo? ¿Será que cuando las cosas se consiguen fácilmente, no se valoran y se vuelven desechables con la misma facilidad con la que se consiguieron? En casa teníamos un mueble con cuatro cajones. El primer cajón era para los manteles y los repasadores, el segundo para los cubiertos y el tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto. Y guardábamos.. . ¡¡Cómo guardábamos!! ¡¡Tooooodo lo guardábamos!! ¡¡Guardábamos las tapas de los refrescos!! ¡¿Cómo para qué?! Hacíamos limpia-calzados para poner delante de la puerta para quitarnos el barro. Dobladas y enganchadas a una piola se convertían en cortinas para los bares. Al terminar las clases le sacábamos el corcho, las martillábamos y las clavábamos en una tablita para hacer los instrumentos para la fiesta de fin de año de la escuela. ¡Tooodo guardábamos! Cuando el mundo se exprimía el cerebro para inventar encendedores que se tiraban al terminar su ciclo, inventábamos la recarga de los encendedores descartables. Y las Gillette -hasta partidas a la mitad- se convertían en sacapuntas por todo el ciclo escolar. Y nuestros cajones guardaban las llavecitas de las latas de sardinas o del corned-beef, por las dudas que alguna lata viniera sin su llave. ¡Y las pilas! Las pilas de las primeras Spica pasaban del congelador al techo de la casa. Porque no sabíamos bien si había que darles calor o frío para que vivieran un poco más. No nos resignábamos a que se terminara su vida útil, no podíamos creer que algo viviera menos que un jazmín. Las cosas no eran desechables. Eran guardables. ¡¡¡Los diarios!!! Servían para todo: para hacer plantillas para las botas de goma, para poner en el piso los días de lluvia y por sobre todas las cosas para envolver. ¡¡¡Las veces que nos enterábamos de algún resultado leyendo el diario pegado al trozo de carne!!! Y guardábamos el papel de los chocolates y de los cigarros para hacer guías de pinitos de navidad y las páginas del almanaque para hacer cuadros y los goteros de las medicinas por si algún medicamento no traía el cuentagotas y los fósforos usados porque podíamos prender una hornalla de la Volcán desde la otra que estaba prendida y las cajas de zapatos que se convirtieron en los primeros álbumes de fotos y los mazos de naipes se reutilizaban aunque faltara alguna, con la inscripción a mano en una sota de espada que decía 'éste es un 4 de bastos'. Los cajones guardaban pedazos izquierdos de pinzas de ropa y el ganchito de metal. Al tiempo albergaban sólo pedazos derechos que esperaban a su otra mitad para convertirse otra vez en una pinza completa. Yo sé lo que nos pasaba: nos costaba mucho declarar la muerte de nuestros objetos. Así como hoy las nuevas generaciones deciden 'matarlos' apenas aparentan dejar de servir, aquellos tiempos eran de no declarar muerto a nada: ¡¡¡ni a Walt Disney!!! Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en base y nos dijeron: 'Cómase el helado y después tire la copita',
nosotros dijimos que sí, pero, ¡¡¡minga que la íbamos a tirar!!! Las pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas. Las latas de arvejas y de duraznos se volvieron macetas y hasta teléfonos. Las primeras botellas de plástico se transformaron en adornos de dudosa belleza. Las hueveras se convirtieron en depósitos de acuarelas, las tapas de botellones en ceniceros, las primeras latas de cerveza en portalápices y los corchos esperaron encontrarse con una botella. Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y los que reservábamos. ¡¡¡Ah!!! ¡¡¡No lo voy a hacer!!! Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables; que también el matrimonio y hasta la amistad son descartables. Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas. Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va tirando, del pasado efímero. No lo voy a hacer. No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne. No voy a decir que a los ancianos se les declara la muerte apenas empiezan a fallar en sus funciones, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos, que a las personas que les falta alguna función se les discrimina o que valoran más a los lindos, con brillo,pegatina en el cabello y glamour. Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares. De lo contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente entregar a la 'bruja' como parte de pago de una señora con menos kilómetros y alguna función nueva. Pero yo soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro el riesgo de que la 'bruja' me gane de mano y sea yo el entregado.

domingo, 12 de octubre de 2014

Gastronauta 11: De vuelta a la semilla


Homeaje a Carpentier.

El paseo de la mañana lo llevó -en una silla de metal con ruedas- contra la pared de la cochera. No detuvo el choque. Hace rato sus movimientos eran independientes a sus deseos. Y no le importaba. Muy probablemente él había provocado el estallido. Cómo. No lo sabemos aun.
El camino al muro de cemento, comido por la parchita, le recordó su paso antiguo por el desierto, cuando detrás de la enredadera de la auyama se encontró con las arrugas de su abuela. Aquella semilla la plantó junto a ella, antes de pisar la pubertad.
Antes de estallar sus lentes, apretó los ojos y el amaranto que crecía en la vieja chimenea hizo lo propio con sus tablones, empuñó.
Supo cuando las ventanas explotaron porque el vidrio de sus lentes penetró hasta la lágrima.
Permanecería allí y la parchita empezaba a gustar de sus pieles.

Hace un largo tiempo había sido abandonado por la vida.
Iniciaba así su vuelta a la semilla.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Gastronauta 9: Bombas de semilla



Esta mañana, Noah llegó a mí y me mostró unas semillas de vainita. “Mira tía, voy a sembrarlas”.
La noche anterior armamos unas bolas de tierra negra y arcilla con pepitas de quinchoncho, frijol, albahaca, brusca, pimentón y pira: Bombas de semilla para combatir el cemento. Cada que sembramos, los niños nos hacen círculo y participan en la jornada. Al final lo hacemos para ellos, nuestros frutos, nuestra Guerrilla verde.
Hacía luna llena y en el patio de la casa, Vivian, la mayor de las sobrinas emprendía las tareas que la escuela le encomendó para el día siguiente. A su lado Apolonia, Noah y Amelia se embarraban las manos. A Habibi, como le llama la Pola, le brillaban las pupilas y picaban las manos por participar. Con su mami concertamos una pausa y pudo la niña cambiar de mundo por un instante.
Le pregunté mientras tanto a Maruja, que cuál creía ella que era mejor método de enseñanza. Sin dudarlo convinimos en la siembra. Pero cómo escapamos de la formalidad que supone la opresión de la educación disfrazada.
He leído algo en lo que coincido plenamente. No ha habido mejor método de sumisión de tanta gente, durante tanto, que la invención de la Escuela. Nos hicieron creer que sin ella somos nadie, y bajo sus reglas sometemos sin dudar a la mayoría de los seres que habitamos el tiempo. La tecnificación de las labores ha alejado al hombre y a la mujer de sí, creyendo que la naturaleza y sus cuerpos son dos cosas separadas, y asumiéndose inferiores y necesitados de superar al otro, para ser alguien, para ser amos.

Dice John Taylor Gatto, en El Salón de los espejos:

La colonización por parte de extraños de la vida privada de los niños mediante una escolarización forzada es una tarea tan intrínsecamente pornográfica que ninguna nación había conseguido en el pasado doblegar a la población bajo semejante yugo; es decir, no antes de que, durante las dos primeras décadas del siglo XIX, lo lograra Prusia en Alemania, alegando la necesidad militar nacional y valiéndose del ejército y de la policía para hacer redadas entre los disidentes. Pero el verdadero catalizador que accionó la trampa de la escuela fue la valoración terriblemente negativa acerca del pueblo llano que hizo el filósofo prusiano más destacado, John Fichte –quien, a su vez, sólo se estaba haciendo eco de juicios negativos similares emitidos por Spinoza en Holanda, Calvino en Ginebra, Platón en Atenas y otros muchos.
A mediados del siglo XIX, el mundo de la ciencia lo aceptó. El origen de las especies de Darwin (1859) coincidía totalmente con esta funesta opinión acerca de la humanidad común y corriente, cuando hablaba de estirpes “favorecidas” y “desfavorecidas”. En su obra La descendencia del hombre, Darwin arrojó el guante de lo que más adelante se llamaría “determinismo genético” –dictaminando que la gran mayoría de la raza humana era biológicamente inferior--. Su primo segundo, el famoso “hombre renacentista” Francis Galton, exigía barreras de protección para proteger la estirpe de buena crianza. La educación institucionalizada tenía que hacer el trabajo de pico y pala preliminar, separando las estirpes y condicionando a las inferiores a aceptar órdenes.

martes, 9 de septiembre de 2014

LA CASA, Por Gino González

Hace un par de días un amigo me envío, con especial dedicatoria este escrito de Gino.
Esta mañana lo leí. Me sonrió y yo le devolví el gesto de inmediato.
Me cuenta Gino, como el sabe hacerlo, cómo es mi casa materna y la de tantos.
El hogar puede ser incluso esa sonrisa, un suspiro, también el ingenio puede serlo.

Abajo el arriba:

De paredes rayadas con garabatos infantiles y objetos susceptibles a ser rotos por esa curiosidad.

Con una tinaja repleta de brisa para el sediento. Donde se prefiera los utensilios de arcilla, de madera o de tapara y un mueble, además de la establecida, cumpla la función que tú le des. Una sala o un corredor de helechos colgantes junto a un chinchorro amistoso. De árboles colectivos para el sancocho, la partida de truco o dominó y con los brazos abiertos al caminante. De ser posible un roble, un guayacán o un cotoperí o cualquiera junto al conejo y el cachicamo porque para construir esa casa no hizo falta agredir indiscriminadamente al monte.

Bendita por el frijol, la auyama y la ensalada. Sin jaulas ni peceras, pero con gallinas y sartenes dispuestos. Con mariposas y tucusitos en las flores y pájaros entrando y saliendo de ella con naturalidad y que pasen también las hojas secas riendo con el viento desde el patio hasta el horizonte. Con madrugadas de gallos, de sapos y de grillos y desvelos sin tormentos. Con matas de sábila, ajises, culantro y albajaca. Donde en el día las ventanas retraten al cielo azul con su sombrero de nubes y al sol de los limones, y en la noche, se apaguen las lámparas para recibir las tinieblas, los luceros o la luna. Tibia en el invierno y fresca en el verano. Calle de muchachada bañándose bajo la lluvia y jugando metras o saltando la cuerda en el solazo.

Optimista en la partida y estimulante en el regreso para partir de nuevo. Liviana, que no encorve, no arrodille ni pese en el camino. Destruible cuando sea insoportable. Ligera, para que en la ausencia definitiva o en el asalto final, otros puedan habitarla, derribarla o reconstruirla a su antojo hasta sin tomar en cuenta sus bases. Simple como el rocío y la alpargata, la cueva de las hormigas o el nido del alcaraván. Con una cesta de frutas tomadas del solar.

Con fantasmas ingenuos y duendes de alegría. Con un espacio para la conversa, el canto, el palpitar de la guitarra y el silencio oportuno. Elemental, sin el confort esclavizante. Libre de ídolos eléctricos y altares de acero. Que viva en mí y viva en ella y no me desviva. Sin barricadas ni trincheras ni muros arrogantes. Sin puentes levadizos ni columnas de hierro. Donde el barro y el cemento no sean enemigos. Capaz de marcharse con el ventarrón un día.

Es tan fácil como sembrar una semilla y tan maravilloso como el nacimiento de una mata.

Casa de mi amigo José Roberto, un sueño compartido

lunes, 31 de marzo de 2014

Gastronauta 4: Compost para el olvido



Hablaré sobre el olvido antes que me olvide.

La humanidad ha arrinconado la memoria, ha desinstalado el artefacto con el que almacenaba la vida, nada menos.

Entre tanto desperdicio, no recordamos a qué sabe la arepa. Porque hoy, el maíz no tiene gusto a maíz: sabor artificial parecido al original, rezan las etiquetas. El glutamato monosódico es capaz de tapar los baches en la historia del paladar.

Dos o tres frutas sustituyeron la amplia gama de árboles que daban sombra a nuestros hogares ¿Quién recuerda el olor de la pomarrosa, el dulzor del semeruco, los huesitos del ponsigué, el zapote, el cotoperís, el icaco, los mamones?

... “Cerecita de mi monte frutica sabrosa y pura.
Acidito de mi cielo y de la tierra dulzura (...)
A pesar de que eres buena y de sabor exquisito,
nadie siembra tu semilla, nadie riega tu arbolito”.

En las ciudades, muchos niños piensan que los mangos crecen en un tobo del súpermercado y que el maíz viene de a tres, en una vianda de anime, envuelto en plástico transparente, limpito para no ensuciarse.
A todo señalamos para invocarlo, incluso estiramos los labios, los juntamos y decimos: “eeeeso, de allí”, con la boca como culo e' gallina: “eso, esa vaina, ese bicho... ¿Eso qué es?”.
-Se llama Chirimoya.
-¿Chiri, qué?

Darcy Ribeiro explica que ésa es “nuestra actitud de pueblo que llegó aquí ayer, y no conoce la tierra donde habita. Mientras que un indio sabe el nombre, el uso y el misterio de cada animal, planta, piedra, tierra y nube, para nosotros los latinoamericanos todo es un bicho, palo o cosa. Somos culturalmente un pueblo tabla rasa, desculturizados de aquellos saberes y de aquellas artes tan elaboradas por nuestras matrices indígenas, africanas y europeas”.

El petróleo modificó nuestras papilas gustativas y esposó nuestras manos para la siembra. Pregúntese ¿Por qué el mundo bota más de la mitad de la comida, siendo que hay millones de personas muriendo por falta de alimento? El desprecio por lo que ingerimos es proporcional al desconocimiento de los mecanismos que se activan para que una semilla se convierta en un fruto.

Descubrí a una madre prefiriendo que su niño -de más o menos un año- jugara con un envase de plástico, que con las hojas caídas y la tierra. “Se va a ensuciar”, sentenció.
¡Y claro, he allí la fiesta! ¿Acaso no es la tierra el cobijo de lo que comemos?
Mediante un simple silogismo, podemos descubrir por qué desechamos, despreciamos la existencia.

El día que nuestro sudor riegue una planta, será propicio para entender que, o volvemos a nuestra agotada tierra, o deshojamos.

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Pero deberíamos volver de verdad, porque actualmente una puede incluso optar por hacerlo de mentirita. Parece estar de moda la permacultura: El desarrollo sustentable, que le llaman. Tanto que un curso para -literalmente- embarrarte puede costar hasta nueve mil bolívares. Nuevamente, juegan con la desmemoria colectiva y hay quien quiere convertir en una excentricidad el bahareque.

Pero, de qué vale aprender a cagar en un baño seco, si nos cagamos en el alma del prójimo. De qué vale sembrar un tomate, sí plantamos con nosotros nuestras miserias. Nuestros paradigmas no cambian con una pared de barro, sino que se erigen como muro cuando el propósito está difuso.

Hay que, como dice el Pelón, hacer el compost unos meses antes y no dejar que se aguachine ¿Pudiste resucitar tu piso? Ahora siémbrate, y confía en que la tierra te dé lo que siempre: vida.
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Agradezco al Colectivo El Garrote por abrirnos las ventanas del sol a este vuelo.
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Abajo, unas fotos de la casa construída con la técnica de súperadobe, de Franco en Palo solo, Nirgüa: zona franca.
En año y medio ha conseguido modelar su hogar y junto a las paredes ha levantado a su familia. Como todo organismo vivo, "la casa se ha construído sola, por eso tiene forma de tetas", nos cuenta ¡Es hora de volver a la tierra!