No llueve. No se cuántos meses lleva
sin llover. Antes hubo un calor húmedo que subía por los pisos de
cada apartamento y nublaba las ventanas. Por primera vez en casi tres
años, dormimos desarropados. Después, cerramos las ventanas y a
medianoche nos cubrimos con la sábana fina, porque en la tarde hacía
calorcito, y ya la noche refrescaba. Seguía sin llover.
Desde hace dos semanas, los vientos
anuncian la tempestad. Pero no se acercaba el aguacero.
En una de estas lunas, los ventanales
de la casa se batían con la fuerza de algún coletazo huracanado, el
techo del vecino del último piso voló hasta caer en las residencias
conjuntas, y sentimos desde casa el quiebre de los huesos de la
tierra.
Bajamos y nos fijamos desde la puerta,
pero todos dormían, o eso parecía.
La albahaca del matero de nuestro
cuarto resistió la embestida, gallarda y altanera como pocas.
Una mariposa cayó en el orégano.
Nunca hubiera sabido que llegaba por las noches a dormir en su
perfume. Y ésa noche miré el orégano de luto, que se tragó las
alas y con ella un poco de agua.
