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martes, 15 de marzo de 2016

Gastronauta 76: Eucalipto


No llueve. No se cuántos meses lleva sin llover. Antes hubo un calor húmedo que subía por los pisos de cada apartamento y nublaba las ventanas. Por primera vez en casi tres años, dormimos desarropados. Después, cerramos las ventanas y a medianoche nos cubrimos con la sábana fina, porque en la tarde hacía calorcito, y ya la noche refrescaba. Seguía sin llover.
Desde hace dos semanas, los vientos anuncian la tempestad. Pero no se acercaba el aguacero.
En una de estas lunas, los ventanales de la casa se batían con la fuerza de algún coletazo huracanado, el techo del vecino del último piso voló hasta caer en las residencias conjuntas, y sentimos desde casa el quiebre de los huesos de la tierra.
Bajamos y nos fijamos desde la puerta, pero todos dormían, o eso parecía.
La albahaca del matero de nuestro cuarto resistió la embestida, gallarda y altanera como pocas.
Una mariposa cayó en el orégano. Nunca hubiera sabido que llegaba por las noches a dormir en su perfume. Y ésa noche miré el orégano de luto, que se tragó las alas y con ella un poco de agua.

martes, 23 de febrero de 2016

Gastronauta 73: Sequía




No quiero escribir. Pero sobre todo, no quiero leerme.
A mi hija de dos años le adormece este cuento de todos los lunes.

Se terminan los Expedientes. Ya sembré los bulbos de lirio y la cúrcuma, recorté el malojillo, calenté dos veces el masala chai. Volví. Y, nada. Hay luna llena. Corregí un poema de Ernesto. Dormí a la más pequeña. Leí un par de columnas. Me terminé el pesto del primer año de Manuela, junto al pan canilla que me costó ciento ochenta Bolívares.

Reviso las fotos de ayer: me pinté unas hojitas en la cara como Anaís Nin, porque el veintiuno cumplía ciento trece años, y me fui a llevar a las niñas al parque repleto de hombres y mujeres que me miraban con el reproche de “¿cómo a esta loca se le puede ocurrir salir así?”.
Al que me preguntara le regalaría un fragmento del Delta de Venus. Me lo escribí en las manos: