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jueves, 19 de noviembre de 2015

Mujerícola 27: Concha



Anoche soñé que me llamaba Concha.
Son muchas las veces que la sueño. Y son largas las pláticas como cuando iba a su apartamento del piso catorce, o ella me llamaba para llegar hasta el piso nueve en Sabana Grande, y en la conversa se nos iba la tarde, la noche.
Hubo una vez que me llamó sólo para preguntarme si había visto la luna.

Ahora, teléfono no tengo. A Concha, tampoco.
Me queda la memoria y la blancura de esta hoja.

Una mañana se fue sola hasta el cardiólogo. Y desde allá me dijo que “estaba a punto de un infarto”. Tenía noventa y seis años. Sólo eso tenía, y una escalera de papeles y papelitos, y la humedad ésa con que la soledad hace familia, un dolor en el pecho, un gato transparente, y lupas regadas en cada rincón de la casa.
Vivía de una pensión que le llegaba desde España, y de los pocos bolívares del alquiler de un apartamento suyo a una mujer en Macaracuay, “barato, porque es madre soltera”.
Su hija Monchina la visitaba poco, para cerciorarse de que no la llamara aquel que un día la estafó y que la descolocaría entre las paredes de su mente.
Con ella, se detuvo la corriente del río que fue su madre.
O, no.
Cuando me embaracé, a Concha se le dio un día por negarlo, y al otro simplemente por declararse abuela. Pensaba que en eso de ser mamá, lo que le ocurría a la tierra era un buen ejemplo: los hijos te devoran.

viernes, 2 de mayo de 2014

Muere Concha Liaño Gil

Anarquista y combatiente de la Guerra civil española
Conocí a Concha en una conferencia en la UCV. Desde entonces, me enamoró el ímpetu de una mujer que, con 95 años, vivía sola con todo lo que eso implica, se hacía cargo de su hija con problemas clínicos importantes, y contagiaba de vida, aunque según ella estuviese casi ciega, sorda y sola.
De eso, hace casi ya dos años y medio. Ese mismo día la llevamos a su casa y conversamos tendido, en el primero de nuestros encuentros.
Me fascinaba tener cerca, tan cerca la esperanza, la experiencia del verdadero comunismo.
Después de compartir escritos y fotos y días, Concha me apretaba fuerte el antebrazo, me arrimaba hacia ella y me decía, con la convicción de una combatiente en guerra, que yo me le parecía a ella.
A mí me sonrojó su invitación a soñarme: Su cara la tejían las arrugas, sus ojos las cataratas, le fallaba el reloj, pero reía como una niña con chupeta.
De inmediato la quise.
En poco, mi abuela materna murió, y asumí a Concha. Fuimos juntas a sus diligencias, nos contábamos los chismes, las tragedias y aventuras que nos quedaban en la cesta, entre ellas una ansiada exposición sobre el anarquismo que quería traer a Venezuela, cosa que para ella representaba la misión por la que todavía vivía.
Alrededor de Concha orbitábamos algunos muchachos, algunas muchachas, que la quisimos, que nos turnamos a la libre para acompañarla en sus ganas de irse.

Confirmado 
Concepción Liaño Gil murió de un infarto el 19 de abril de 2014.
Su hija, a quien ella llamaba Monchina, la enterró el día siguiente.
No dijo nada, hasta ayer primero de mayo.
Descansa en un nicho de la Parcela 24 norte, del anárquico Cementerio General del sur, en Las Acacias, Caracas.

Liaño, fue fundadora del movimiento anarquista, humanista integral Mujeres libres, referencia internacional de la lucha revolucionaria feminista, vieja combatiente de la Guerra civil española.

Mucho corazón no le cupo a Concha en el pecho.

lunes, 23 de enero de 2012

Concha Liaño: “Soy anarquista y también creo que Chávez es un enviado de Dios”

Entrevista/ Concha Liaño
Por Indira Carpio Olivo y Ernesto J. Navarro (*)

-Concha, como feminista ¿qué piensas sobre la candidatura de María Corina Machado a la presidencia? ¿Conoces sobre ella?
Suspira, se echa para atrás, se reacomoda y lo suelta...
CL: A esa María Corina, yo le daría una patada en el culo con un gusto.
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1917. En el seno de una familia acomodada, en la Catalunya del Reino de España, nace Concepción Liaño. El mismo año en que se había organizado el soviet ruso, expulsando a los Zares del poder, ese mismo año que explotó la revolución que tanto tendría que ver 19 años después con la protagonista de esta historia. Ese mismo año empezó la primera guerra mundial y se instaló, en la desconocida población de San Lorenzo (Edo. Zulia) la primera refinería de petróleo en Venezuela.
“Concha”, como la llaman todos, cuando alcanza sus 15 años de edad entiende que el destino pre-fabricado para las mujeres de su época (servir a los hombres, el imposible acceso a la educación, el matrato y el esclavismo) no calza con su forma de ver al mundo. Mientras algunas “debutan en sociedad”, ella se hace amiga de los chicos de las Juventudes libertarias. Para acompañarlos debe escaparse de su casa, militancia ésta que es combatida a diario por los alpargatazos de su madre.
Su hermano, quien sabía para qué se escapaba, la amenazaba con decir a su padre que ella era anarquista... Hasta que lo dijo. Lejos de la tunda “prometida” por su afiliación clandestina, esa delación sólo logró liberarla de su secreto.
El padre le pidió a la madre que dejara de pegarle por sus escapadas. “Dale toda la libertad que quiere” dijo, “ella es más inteligente que los dos”.
Pero a su corta edad, Concha Liaño ya era muy ella. Por eso rechazó el carnet de las Juventudes libertarias y 80 años después lo explica: “Yo era más papista que el papa. Yo los acompaño, les dije. Pero si en una asamblea deciden algo con lo que yo no esté de acuerdo, no los sigo y punto”.
Siempre ha sido muy ella y hoy no infringe su norma: “Yo soy anarquista, pero creo en Dios (1) y creo que Chávez es un enviado de Dios”.

Concha Liaño e Indira Carpio/ Foto de Ernesto Navarro