Anoche soñé que me llamaba Concha.
Son muchas las veces que la sueño. Y
son largas las pláticas como cuando iba a su apartamento del piso
catorce, o ella me llamaba para llegar hasta el piso nueve en Sabana
Grande, y en la conversa se nos iba la tarde, la noche.
Hubo una vez que me llamó sólo para
preguntarme si había visto la luna.
Ahora, teléfono no tengo. A Concha,
tampoco.
Me queda la memoria y la blancura de
esta hoja.
Una mañana se fue sola hasta el
cardiólogo. Y desde allá me dijo que “estaba a punto de un
infarto”. Tenía noventa y seis años. Sólo eso tenía, y una
escalera de papeles y papelitos, y la humedad ésa con que la soledad
hace familia, un dolor en el pecho, un gato transparente, y lupas
regadas en cada rincón de la casa.
Vivía de una pensión que le llegaba
desde España, y de los pocos bolívares del alquiler de un
apartamento suyo a una mujer en Macaracuay, “barato, porque es
madre soltera”.
Su hija Monchina la visitaba poco, para
cerciorarse de que no la llamara aquel que un día la estafó y que
la descolocaría entre las paredes de su mente.
Con ella, se detuvo la corriente del
río que fue su madre.
O, no.
Cuando me embaracé, a Concha se le dio
un día por negarlo, y al otro simplemente por declararse abuela.
Pensaba que en eso de ser mamá, lo que le ocurría a la tierra era
un buen ejemplo: los hijos te devoran.


