Al Lewis Carrol venezolano se le
volaron los tapones (en su lugar, colocaron unos cartones).
Lanzó por la madriguera a un conejillo
con autismo y a su madre detrás del posible salvamento.
Todavía no vuelven.
Se dice que el té del sombrerero es
más adictivo que el excremento del diablo y que han de estar
enredados en el charco de lágrimas, del que no se vuelve cuerdo.
No hay foto de la Alicia, ni del hijo
“¿Y de qué sirve un libro sin dibujos, ni diálogos?”.
Las paredes de la “boca de visita”
no tenían vadémecum, opúsculo, tampoco frascos de mermeladas, pero
el hoyo, parece sin fin.
Mientras caía, la madre imaginaba que
cruzaba hacia la maravilla, tomada de la mano de su hijo. En el
trayecto le apretaba, y él hablaba más y con mayor claridad, de vez
en cuando sacaba de su chaleco el reloj... ya no tenían apuros en el
aquí y en el ahora, seguía siendo su hijo y ella su madre.


