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miércoles, 24 de mayo de 2017

Crónicas guarimberas 3: Karina



Su nombre es Karina. Tiene 23 años. Está recién parida. Hace poco más de 20 días parió a Cibeles Amarú, una niña con enormes ojos azabache. Viven en Barinas. Esta madre hace parte de un proyecto de comuna y es militante de izquierda, activa y reconocida. Coordina la juventud del Partido Socialista Unido de Venezuela en la Unidad de Batalla Bolívar Chávez, en su comunidad.
A Karina le gusta sembrar, tanto como leer. Tiene en el cabello la enredadera de Venus y en los ojos la miel de Arica. La piel tostada y acanelada por el sol de los llanos. En enero se gradúa en Estudios Políticos en la Bolivariana. Hizo 6 semestres de Comunicación Social y 5 de Sociología en la Universidad Ezequiel Zamora (Unellez).
Escribía poesía. Después de ser promotora de lectura y trabajar en la Misión Cultura Corazón Adentro, cogió una escardilla y sembró mil matas de plátano junto a su esposo que, cada ocho meses, le garantizan un ingreso. Se fue a vivir a una parcelita.

Desde hace un mes, el lleva y trae le advierte de amenazas en su contra. Pero hace una semana los ataques recrudecieron. En Barinas, donde nació y creció Hugo Chávez, al menos 5 muchachos fueron muertos el lunes de esta semana, durante las manifestaciones contra el gobierno nacional. Una ola de saqueos y violencia mantiene en estado de sitio la ciudad, y el asedio no se ha hecho esperar.
A Karina incluso amenazaron con matarla.
Desde entonces no ha podido salir de casa. La niña tuvo (hasta ayer noche) 5 días con diarrea, y en la cuarta noche, convulsionó. Hasta entonces, Karina no la llevó hasta el hospital porque no podía atravesar la barricada incendiada en la entrada de su urbanismo, y estando bajo amenaza, teme por la vida de ambas. Estuvo secuestrada en su casa. Además, esta madre tiene un impedimento físico que hace que no pueda dar teta a su pequeña. Se quedó sin pañales. Y para más colmo dañaron el sistema de agua y ahora mismo no puede ni lavar los pañalitos de tela con los que cubre a Cibeles.
La policía de la Gobernación la sacó a la media noche de anoche y permaneció durante toda la madrugada en el hospital con la niña, que ya mostraba signos de deshidratación. Pero en el hospital no tenían lo necesario para hidratarla, tampoco neonatólogo, o gastroenterólogo.
En vista de que no tenía ni siquiera fórmula, una madre en el sitio amamantó a la niña.
¿Qué pasa cuando se logra sortear la violencia fascista, pero la otra violencia -la de un hospital sin recursos- también te recibe?

Un día antes de que Karina y Cibeles entraran en crisis, dos Centro de Diagnóstico Integral (CDI) en el Estado Miranda estuvieron bajo asedio y amenazas de incendio por grupos de choque, justo cuando la misma oposición política a Nicolás Maduro marchaba por la salud en Venezuela. No supe de ningún médico se pronunciara en contra del ataque, tampoco contra los linchamientos, ni a favor de la infancia por el uso de los niños durante los hechos de violencia.
Al comienzo de las protestas, hace casi dos meses ya, una señora de 86 años, de nombre Ricarda de Lourdes González, murió en su casa a causa un accidente cerebro vascular, por no poder salir a un centro médico asistencial, debido a las guarimbas ¿Esa vida importa menos que la de los niños muertos en las protestas? ¿Puede pensarse en reconciliación entre los propios vecinos cuando incluso hay muertes de por medio? ¿De qué se trata una “transición”? ¿En una “transición”, Karina debe ser eliminada y con ella su hija? ¿Cuántas madres nos hemos muerto con nuestros hijos?

¿Quién puede sostener en su palabra la tierra que pisa, sin ser el dolor de alguien?
A Karina le gusta sembrar ¡que no se muera la flor!

domingo, 21 de mayo de 2017

Crónicas guarimberas 2: Valientes


Se nos hizo tarde para el almuerzo. Una tranca a propósito de las guarimbas nos impedía volver a casa a cocinar. Así pues nos detuvimos en una pollería en la mitad del camino, para que nuestras hijas compartieran una pieza de pollo. Al entrar, de uno en uno todos voltearon a verme. Me seguían con los ojos, cada paso. A los señores de la mesa de la esquina se les fruncía el entrecejo más y más. Uno tenía una camisa de los Marlins de Miami, el más fornido, también el más entrado en años. Tenía más canas que pelos en la cabeza. El acompañante portaba una chaqueta negra tan negra como su mirada. Las de al lado de la puerta, una abuela, su hija y dos nietas, que vestían como si volvían de la playa, se ponían todavía más rojas conforme cruzaba la estancia. Había otra familia de mujeres. Comían helado. Tan pronto como caminé entre las mesas, la matriarca dejó de lamer la barquilla de chocolate. En sus ojos, el encono. En una mesa en un rincón, un muchacho con retardo y en situación de calle, se comía las sobras de los comensales. Al llegar a la caja, E se llevó a M al baño a orinar. Delante de mí estaba un señor que terminaba su compra. Antes de irse, se volteó. Yo tenía a A en brazos. Miró a mi niña, le sonrió. Luego se dirigió a mí:
—Es usted valiente.
En eso llega E. Y no alcancé a preguntarle al hombre de la caja los por qué sería yo valiente.
El más canoso de todos, que ya caminaba para irse con su bandeja de huesos en mano, junto al de chaqueta, me pasó por el lado y me dijo entre dientes algo así como que “dale gracias a tus hijas”.
E, se me queda mirando, buscando alguna respuesta.
En ese momento, me tocaba llevar a mi otra nena al baño.
...
Cuando me miro al espejo, me descubro en el descuido. Se me ocurrió salir de casa (como casi siempre) sin reparar en mi indumentaria. Tenía puesta una camisa con una estrella roja: suficiente como para que se me mire con odio, para que se me pueda linchar, quemar, golpear, sacar de establecimientos varios. La suficiente como para declararme enemiga, la insuficiente como para que mis hijas me salven.
Cuando salgo del baño, el hombre de la caja, el de los “por qué” me esperaba en la puerta. Alcé la mirada por sobre su cabeza, pero no divisaba a E. Me dije, “ay coño”. Apreté fuerte a mi hija entre mis brazos y me desplacé al mismo lado que el hombre se movía. No me tocó más que enfrentarlo.
—¿Qué pasa pues? ¿Me vas a joder? Acas...
—Para nada, camarada. Sólo quería decirle que somos muchos. Y, no estamos solos.

...
¿Cuántos segundos transcurrieron para que apuñalearan y quemaran a un hombre al que acusaron de chavista, y no lo era (pero era negro), ayer en la guarimba mayor en Altamira? En el video en que se nos muestra la hoguera -como casi siempre- se formaba una rueda alrededor del quemado vivo, compuesta de hombres “puros” (de los que purifican con llamas) y “valientes”. Y a pesar del gentío, ese hombre negro (y por lo tanto ladrón, pobre y chavista) estaba solo.

...
Me pregunto si la estrella roja fue insuficiente, y si lo del hombre en la puerta del baño, una prueba.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Crónicas guarimberas 1: ¡Esa gente!


Por Indira Carpio Olivo

Yo he visto a personas escarbar en la basura para conseguir algo de comida. Bienaventurados los que no asisten a estas escenas. Bienaventurados los que se hacen la vista gorda. Bienaventurados los que la niegan, de ellos será el reino del desconsuelo.
Vivo en una zona en la que las bolsas amanecen desmenuzadas por los perros. Esta mañana me despertó una pesadilla: la imagen de un hombre peleándose con un perro un pedazo de cuero de pollo, con los dientes.

domingo, 19 de febrero de 2017

Música: Zulima Unfalia Nahuali Mujica parió a La Gente



Cuando Manuela coronó, le subió el volumen a la música. Cantaba Gil Fernández de la banda La Gente. “Es tan poderosa, que su mano es de todos”.
Yo no quisiera saber cómo el cáncer se llevó a su Madre, si es que se la llevó, pero con su música yo me hice una. Febrero terminaría por desenterrar del vientre los hombros de la vida.
En el segundo mes del año floreció La Gente y mi hija, la de nombre libertador.
Podría decirse que la banda La Gente nace en la voz de Zulima Unfalia Nahuali Mujica, la madre de Gil y de Carlos “Pescao” Fernández, voz y batería (también pianista) del entonces cuarteto guaro-yaracuyano.
No se sabe a ciencia cierta cuándo los hermanos eran más felices, si cuando la mamá cantaba, o cuando cocinaba, porque su palabra perfumaba las esquinas lo mismo que el culantro en un plato de caraotas. De Zulima la redondez de las arepas, la palabra la última palabra la palabra que se cumple para un trébol de machos.
Los calamares en su tinta silenciaban a los hijos, al señor Gil Fernández su esposo, una buena hallaca con diademas de huevo duro. Zulima: orilla y continente en la casa Fernández Mujica.

Madre, madre, madre, como las montañas. Madre, madre, madre, más fuerte que la rabia”.

De la boca de la madre Ali Primera, de la boca de sus hijos Ali Primera. Zulima caminó a la izquierda antes que la izquierda se autoproclamara “izquierda en el poder”.
La idea, la voz, la música y la sazón les heredó a los fundadores de La Gente.
En su casa, una veintena de muchachas y muchachos crecieron y se multiplicaron. El día en que se casó fue el más feliz, también cuando nació su nieta Victoria Abril, el veinticinco de noviembre de 2006, justo la fecha en que celebraba su cumpleaños número 61.
Dos años después, La Gente daba su primer grito.

¿A dónde iré? ¿a dónde irás? El camino seguro es el más corto hacia a la eternidad”.

El primer disco de la banda lo grabaron y editaron en un cuarto de la casa de Zulima: Billetes y risas (2009). De él, el coro de “Aaabiaaayala” en la canción Alerta que camina la espada de Bolívar por América Latina, una canción que animaría Manuel Loayza para el canal Ávila TV.

La segunda placa la producen en el Estudio Francia en Yaracuy y fue mezclada en Escocia.
Se llamaría Madre (2013), en homenaje a Zulima y a la naturaleza, la madre de las madres.
Lo que había comenzado como un septeto se establecería como cuarteto y en la actualidad como trío. Además de los hermanos Fernández persiste en hacerse Gente el guitarrista Alex Guevara.

Este es un sueño perdido que va teniendo sentido”.

***

Cuando mi hermano mayor me encuentra, me palmea las nalgas. Entonces, el Calbuco chileno bulle. Me saluda una arrecherón que sólo puede compararse con el de Zulima, porque no había cosa que la molestase más que la nalguearan. Y la vida, como un volcán, la manoteó desde el centro mismo de su cuerpo hacia afuera, por la boca, en la boca.

Zulima se iría el treinta de septiembre de 2010 ¿qué pájaro no se muere cuando no puede cantar? Un año antes alzó las alas y en el casorio del Pez con Janis no le dolía el dolor, sino que la animaba el amor a subir la voz sobre sus pies para volver a ser ella, en un hermoso vestido rosado, a orillas del rumor caribeño.

Tres años y más de 600 presentaciones después sus hijos se escucharían en siete países, simultáneamente. La Gente, reciénparidos, cautivaron como cuando los recibían en los Anfiteatros, como cuando salieron del cuarto de Zulima y rayaron de estrías sus caderas.

Cuando los hijos aprenden a caminar una intuye que el camino no terminará nunca, y hay algo en el pecho que nos recuerda que nuestra voz les servirá de vereda.

Cuánto tiempo ha pasado y no sabía qué hacer, me encontré con mi interior, y volví a renacer. Pasando por tantas cosas, mi vida volvió a cambiar, he vuelto a empezar otra vez. Y vamos caminando, o vamos ya volando ... Con tantas tristezas también hay muchas alegrías”.

***

Alex trabaja en una institución de distribución de alimentos, Carlos conforma un equipo de fútbol en su barrio y Gil enseña a jugar béisbol. Todos los días rehacen el rock en plazas, autobuses, en los barrios, en la calle, porque su vida consiste en transformarse en música.
Ahora mismo, La Gente vive en el útero: están en el más intenso proceso creativo, para volver a ser niños. La mía, mi niña Manuelita, aprende a hablar con sus canciones para hecerse grande.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Crónicas en dos ruedas


I
En esta plaza existen dos tipos de motorizados.
Uno. Los que montan una Harley y que en caravana constituyen un espectáculo para la media clase.
Y dos. Los que montan una Empire y que en caravana constituyen una amenaza, los círculos del terror.
Porque catire más motor gringo: es cultura, y moreno más Jaguar: es chavismo.
Simple ecuación.
Un muchacho del barrio se atrevió a cruzar al Este de Caracas y llevarse un retrovisor ajeno le costó la vida. Su parrillero habría quedado herido de muerte también. (1)
Luto selectivo.
Para la comunidad virtual (el microcosmos de mucho sinoficio) este fue un acto de heroísmo. Si el muerto hubiese sido de los “meiríademasiado” la noticia se hiciera viral, se tradujera en todos los idiomas en los que nos habla la opinión pública y algunas descargas de arrechera hubiesen nublado Chacao, habitada por las guayas degolladoras. Pero como fue del barrio, el asesinato fue cargado en hombros.

II
Cuando mi amigo argentino Franco visitó Venezuela por primera vez, se quedó en casa. Vivíamos en Sabana Grande. Subió al Ávila, bailó en El Maní (bueno, trató), nos montamos en el teleférico hasta San Agustín adentro para amanecer los tambores, madrugamos una Ruta nocturna, bajamos a La Güaira. Y por supuesto, vio su vida pasarle por el frente en un segundo, al acudir a un mototaxi.
“No, Che. Más nunca”.
Jamás lo robaron, tampoco fue víctima de secuestro, violación, o robo de órganos, como le prometió una encopetada en el avión; no. Pero sí se hizo parrillero de un mototaxista ¡Extremo!
Muchos se atragantan, no se comen no, se atragantan las luces de los semáforos. Suben aceras, no llevan cascos, ni demás periquitos para su protección y la de los pasajeros y podrían ser campeones en competencias de piruetas. Circulan por el canal rápido, porque sí, es que son imprudentemente raudos.
Alguna vez casi me raspo la rodilla derecha, al tomar una curva. Pero no pasó, porque andaba con la reencarnación de Johnny Cecotto. “Agárrate fuerte”, me dijo un segundo antes de alzarnos en caballito. “Báaaaaaaaajame”, alcancé a sollozar.
A mi amigo Pedro, uno le ofreció servicios varios entre los que incluía “el sicariato”. Mientras que con mi compañero, uno fue capaz de arrancarle el reloj a un señor que reposaba su brazo en la ventana de su carro, en tremenda cola “porque no es que yo sea choro, sino que el tipo es burda e' boleta”.
Pero también está el que sacó a mi amiga embarazada, junto a sus dos bebés de en medio de una guarimba. O el que me iba a buscar a casa a las cuatro de la madrugada para alcanzarme hasta universidad.
Hace poco, fue noticia (en el absurdo en el que se ha convertido la noticia hoy día) la piñata con formas de un mototaxista, para que usted le caiga a palos.
Antes fueron una alternativa (por el tráfico impenetrable de Caracas y por el costo, en comparación al taxi, siempre más económico). Ya no lo son tanto. En estos días, pregunté a uno que en cuánto me llevaba de Plaza Venezuela a la Plaza Bolívar, unos seis kilómetros más o menos, y me salió con que “en 400”. Me reí en su cara cuando explicó que “el dólar subió” y cogí metro.
Hay de todo en la villa del motor.

III
Subiendo de Caracas por la Panamericana, en una moto se desplaza una familia, papá al manubrio, mamá de parrillera y al medio una bebé un poco más pequeña que mi hija mayor. En los brazos de la mujer la otra nena, como de la edad de Manuela, mi bebé más pequeña, de pocos meses de nacida.
Al verlos, hago como mi madre cuando salgo de casa. Ella me bendice y me echa al saco un montón de santos que me cuidan por el camino. Yo, arrugado el corazón, le pido a mis ancestros, a la naturaleza, a la vida misma, más vida para los cuatro, porque no creo que una madre quiera exponer a sus hijas, porque sé que se mueven de esa manera por necesidad.
Al contrario de la mayoría, no la juzgo, sino que la acompaño; no porque yo sea mejor que el resto o la Sor Juana Inés, no, sino y porque sé lo que significa ser señalada, como si en mis manos descansara la culpa de habitar la pobreza.
A la mitad del camino, del otro lado de la vía, dos motorizados rodaron. Sentí como la señora apretaba los ojos, y con ello a su par de muchachitas.
Quise que me mirara, y reposara en mí, pero no la alcancé. Éste estacionamiento en plena autopista que es la clase media baja nos separa, a pesar de que transitamos el mismo viaje.
Qué fácil es sentenciarla desde el asiento del autito.

IV
Nos persigue una sirena, abre paso de lado y lado. Una especie de robocop de gomaespuma, forrado de poliéster negro, me nubla la ventana por un instante. Detiene el tráfico, justo frente nuestro y hace más seña que Marcel Marceau. En la cintura, un arma. Al descubrir los lentes se deja ver una carae'perro que sólo mediosonríe cuando su objetivo logra abrirse camino: “25, raya, uno” le susurra a su radiotransmisor.
Éste espécimen abunda en la Caracas de los poderes públicos. Escoltas, le llaman. Acompañan al teléfono corporativo, y al “camionetismo” de los funcionarios de hoy. Porque el que menos puja, puja una Vestrom.
Al creer que serán víctimas de algún atentando, atentan primero ellos.
Como a los uniformados (policías y GNB) es fácil encontrarlos en medio de los bulevares, incumpliendo la norma esa que dice que está prohibido el tránsito de motos en esos lugares. Lo mismo que es común observar como joden el paso en las ciclovías. Y no, no pasa nada, porque ellos (si, en masculino: ellos) son la autoridad.

V
Fui motorizada. Ocurrió que me lancé a la Libertador a conducir por primera vez, y me encontré justo a un conductor que iniciaba también el manejo de su camioneta.
Sin fijarse, me bombeó de un sólo golpe sobre el capó de un carro estacionado junto a nosotros.
De inmediato una tribu de motorizados me rodearon a mí y al novato. Me alzaron, me observaron, me dijeron que debía decir si se acercaba un fiscal de tránsito y hasta me trajeron agua.
Al muchacho del auto que me chocó lo hicieron bajar, lo pegaron contra la puerta, lo amenazaron, lo asustaron. No querían irse y dejarme tirada, no. Tampoco llegó autoridad alguna. Y gracias a la Santa Virgen de la carretera (con pinta de travesti) no ocurrió más nada.
Es bien conocido en la calle que la comunidad de las dos ruedas es como la uña y la mugre.

Una semana después, fui arrollada tres veces por diferentes motorizados. La última, quedé inconciente, porque justo padecía de un cólico nefrítico (dolor agudo producto de cálculos en los riñones) y el golpe fue en la zona lumbar. Cuando recuperé el aliento, otro motorizado me había llevado al Clínico Universitario.
“Te dejo acá, mamita, porque no quiero güiro”, me dijo al bajarme. Yo me incorporé y me fui a donde debía, al trabajo. Tomé un mototaxi para la diligencia.

Para DesdeLaPlaza / Indira Carpio Olivo

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miércoles, 30 de abril de 2014

Un hombre vuelto escombros

Las últimas horas de Hitler






Por: Ernesto J. Navarro



El poderoso ejército de la Unión Soviética pisaba Berlín y Hitler bajo tierra escuchaba el sonido de las bombas y la caída de su imperio. Una boda triste, órdenes que no se cumplieron y la última decisión.


-Acepta usted por esposa…

Luego que ambos aceptaron estar juntos hasta que la muerte los separe, hubo un silencio crudo, hondo. Los dos testigos y la secretaria que miraba desde el fondo intentaron un aplauso que se ahogó entre las miradas. Era la media noche del 29 de abril de 1945 y el hasta entonces hombre fuerte de la Alemania Nazi, Adolf Hitler, firmaba su acta de matrimonio con Eva Braun (en sus últimas horas: Eva Anna Paula Hitler).

miércoles, 12 de marzo de 2014

Venezuela en minúsculas


I
Entré a una marisquería en Sabana Grande a cambiarle el pañal de Pola.
En el baño estaban la señora que asea, y dos mujeres más: las tres de más de 60 años.

Como es costumbre, hablaban de la “situación del país”. Las sexagenarias discutían sobre la violencia, pero sólo las dos comensales se asumían orgullosamente opositoras al gobierno.
En la refriega, rápidamente se alzaron la voz, hasta gritarse y ofrecerse golpes porque “la violencia opositora es infiltrada”, decía una, y la otra reconocía que de su lado también se cometían excesos.

En medio de los rugidos, Pola pasó de la intranquilidad habitual, al miedo y al llanto. Les pedí -con respeto- que bajaran la voz, porque la niña estaba atemorizada. Me vieron con odio. Una, muy a su pesar enmudeció. La otra me enfrentó:

-¿Por qué me voy a callar, chica? Yo digo lo que me de la gana... Me sabe a mierda que tengas un bebé ¿Acaso yo no lucho por tu hijo también? ¡Malditas chavistas!..
Y continuó su parafernalia de insultos, mientras marchaba a la puerta.

La señora del aseo y yo continuamos limpiando la mierda. “Esa gente en sí misma es una guarimba. Se autosecuestran, se escupen y se matan solitas”, me dijo la abuela.


miércoles, 27 de julio de 2011

La infeliz Caracas

Por Gabriel García Márquez.- La primera vez que la oí nombrar fue en una frase de Simón Bolívar: La infeliz Caracas. Desde entonces, pocas veces la he vuelto a oír nombrada sin que vaya precedida de ese antiguo prestigio de infelicidad. Al parecer, su destino es igual al de muchos seres humanos de gran estirpe, que no pueden ser amados sino por quienes sean capaces de padecerlos.
Desde aquella remota frase de la escuela primaria, Caracas ha sido siempre para mí algo muy parecido a una obsesión. En el pueblo donde nací, que también tenía algo de infernal y no sólo por su calor de infierno, uno se encontraba a Caracas en el agua y la sal. Era un refugio de expatriados y apátridas del mundo entero, pero existía una categoría aparte, mucho más nuestra que las otras, que eran los fugitivos del infierno de Juan Vicente Gómez. Ellos me dejaron a Caracas sembrada para siempre en el corazón, a veces por los horrores de sus cárceles, y a veces por la idealización de la nostalgia. Era difícil ser feliz pensando en Caracas, pero era imposible no pensar en ella.
Nadie me enseñó tanto sobre esa ciudad irreal, como la gran mujer que pobló de fantasmas los años más dichosos de mi niñez. Se llamaba Juana de Freites, y era inteligente y hermosa, y el ser humano más humano y con más sentido de la fabulación que conocí jamás. Todas las tardes, cuando bajaba el calor, se sentaba en la puerta de su casa en un mecedor de bejuco, con su cabeza nevada y su bata de nazarena, y nos contaba sin cansancio los grandes cuentos de la literatura infantil. Los mismos de siempre, desde Blanca Nieves hasta Gulliver, pero con una variación original: todos ocurrían en Caracas.
Fue así como crecí con la certidumbre mágica de que Genoveva de Bravante y su hijo Desdichado se refugiaron en una cueva de Bello Monte, que Cenicienta había perdido la zapatilla de cristal en una fiesta de gala de El Paraíso, que la Bella Durmiente esperaba a su príncipe despertador a la sombra de Los Caobos, y que Caperucita Roja había sido devorada por un lobo llamado Juan Vicente el Feroz. Caracas fue desde entonces para mí la ciudad fugitiva de la imaginación, con castillos de gigantes, con genios escondidos en las botellas, con árboles que cantaban y fuentes que convertían en sapos el corazón, y muchachas de prodigio que vivían en el mundo al revés dentro de los espejos. Por desgracia, nada es más atroz ni suscita tantas desdichas juntas como la maravilla de los cuentos de hadas, de modo que mi recuerdo anticipado de Caracas siguió siendo el de siempre: la infeliz Caracas.
Todo esto lo pensaba el 28 de diciembre de 1957 – día de los Santos Inocentes, además – mientras volaba desde París hacia Caracas en los aviones de cuerda de aquella época, que tanto tiempo daban para pensar.
A pesar del calor, del fragor del tránsito en las autopistas de vértigo, de las distancias cortas más largas del mundo, yo iba reconociendo a cada vuelta de rueda los sitios familiares de mi infancia desde que atravesé la ciudad por primera vez. Identificaba en las laderas escarpadas las cabañas de colores de los enanos, los dragones de candela, la torre del rey, y una edificación luciferina que sólo por su nombre sobrepasaba de muy lejos a todos los horrores del mundo infantil: El Helicoide de la Roca Tarpeya. Recuerdo que al verla por vez primera, asomada a su precipicio mortal, volví a recordar: La infeliz Caracas.
Mi primer domingo en la ciudad desperté con la rara sensación de que algo extraño nos iba a suceder, y la atribuí al estado de ánimo que me había inspirado con sus fábulas doña Juana de Freites. Pocas horas más tarde, cuando nos preparábamos para un domingo feliz en la playa, Soledad Mendoza subió de dos zancadas las escaleras de la casa con sus botas de Siete Leguas.
-¡Se alzó la aviación! – gritó. En efecto, quince minutos después, la ciudad de abrió por completo en su estado natural de literatura fantástica. Los caraqueños habían salido a las azoteas, saludando con pañuelos de júbilo a los aviones de guerra y aplaudiendo de gozo cuando veían caer las bombas sobre el Palacio de Miraflores, que para mí seguía siendo el Castillo del Rey que Rabió. Tres meses después, Venezuela fue por poco tiempo, pero de un modo inolvidable en mi vida, el país más libre del mundo. Y yo fui un hombre feliz, tal vez porque nunca más desde entonces me volvieron a ocurrir tantas cosas definitivas por primera vez en un solo año: me casé para siempre, viví una revolución de carne y hueso, tuve una dirección fija, me quedé tres horas encerrado en un ascensor con una mujer bella, escribí mi mejor cuento para un concurso que no gané, definí para siempre mi concepción de la literatura y sus relaciones secretas con el periodismo, manejé el primer automóvil y sufrí un accidente dos minutos después, y adquirí una claridad política que habría de llevarme doce años más tarde a ingresar en un partido de Venezuela.
Tal vez por eso, una de las hermosas frustraciones de mi vida es no haberme quedado a vivir para siempre en esa ciudad infernal. Me gusta su gente, a la cual me siento muy parecido, me gustan sus mujeres tiernas y bravas, y me gusta su locura sin límites y su sentido experimental de la vida. Pocas cosas me gustan tanto en este mundo como el color del Avila al atardecer. Pero el prodigio mayor de Caracas es que en medio del hierro y el asfalto y los embotellamientos de tránsito que siguen siendo uno solo y siempre el mismo desde hace 20 años, la ciudad conserva todavía en su corazón la nostalgia del campo. Hay unas tardes de sol primaveral en que se oyen más las chicharras que los carros, y uno duerme en el piso número quince de un rascacielos de vidrio soñando con el canto de las ranas y el pistón de los grillos, y se despierta en unas albas atronadoras, pero todavía purificadas por los cobres de un gallo. Es el revés de los cuentos dehadas: la feliz Caracas.