domingo, 8 de noviembre de 2015

Poesía o nada 4


Sección de literatura en la Revista Épale Caracas, publicada dominicalmente.
 
Poema:

Por Cristina Gálvez (Venezuela), Gruta
Estoy aquí sentada con los ojos abiertos hacia la oscuridad.
Antonia Palacios.

La indignidad se lava
con desencanto y paciencia
la tristeza abre una gruta
de múltiples pasajes,
mientras espero su formación mineral
vendrán luciérnagas

esa cabra en la luna
esquiva los ojos
su dura cornamenta
quiebra frágiles superficies
hunde el interior maleable
está en sí misma
y se va volando
alto

refugiada en la cama de mi madre
regreso a mi era
finita y contenida
me enrosco como una serpiente
miro la oscuridad.

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jueves, 5 de noviembre de 2015

Mujerícola 25: María Lionza



Yara fue un huevo que anidó en el enjambre de parchita de la montaña caquetía.
Sus alas fueron la pulpa, sus ojos de agua ácida. Una mariposa: una flor que vuela.

Cuando cayó de la rama atravesó el macizo de Nirgua y dibujó el río que serpentea su cuerpo.
De la orilla emergió sobre una danta.
La vieron desnuda, reverdeciendo la piel de la tierra.
Nada pudo tocarla, pero todo cuanto tocó floreció.
Sus manos son dos orquídeas abiertas a la lengua.
Su cabello, una cascada de donde la noche se colorea.
Dicen que la maldición está en su mirada, verde como agua empozada, por eso algunos prefieren mirar los ojos de sus tetas.
Se alimenta de los espíritus que se entregan a sus favores.
De sus pies las raíces, la venas del sol que reverbera en el centro de la areola.

El blanco la llamó María, antes de que entrara a sus aposentos montada en una onza, desnuda.
El conquistador quería atraparla.
Ella le pisó la cabeza.
Y Ponce de León movía la cola, lo mismo que maniataba a Yaracuy a punta de arcabuces.
La persiguieron, pero la buena Sorte la ocultó y se desbordó hasta ahogarlo, al invasor.
Ella habló con un mango y fue hoja que se tragó el río.
Y cabalgó sobre la muerte de sus enemigos hasta volver a la crisálida.

Y fue cuando la vieron, sosteniendo los huesos de su pelvis al cielo, porque de su vientre una legión de gotas se alzarán contra la espada yerma.
La penetró una cascada y parió una liana, de donde se cuelgan los guerreros.
Su hija la cueva se ha roto porque la pretende una hebra de luz.
La laguna se queda sin agua, porque la escupe contra el turista.

De vez en cuando nos sueña y se despierta y tirita.
Se descubre enyesada, en medio de una sabana de asfalto.
Y sus ojos ya no conjuran
porque en ellos el cemento la maldice a ella y a sus hijos.
Y así marchita la flor, se parte en la cintura, se cae, se descascara, se vuelve al azul inmenso.

Entonces corre hasta la serpiente que la recibe con la boca abierta,
agita el monte,
llueve en el copito,
ruge el cunaguaro,
el tronco de la ceiba da una vuelta más
se encienden todas las velas:
alguien cree en la Diosa madre.

martes, 3 de noviembre de 2015

Gastronauta 60: Caraotas para Alí



A Ely Rafael le gustaban las caraotas, del color que fuera, pero las negras lo hacían virar los ojos de placer.
Lo mismo anduvo en la cocina que en las cuerdas del cuatro, encendió el fuego, que en el pecho la canción.
No todo el que pasa hambre, cocina, pero éste no es el caso de Alí.
Comía y hacía de comer, aunque la mayor de las veces cocinaba Sol, porque las manos de Alí araban la causa de los pobres del mundo.
Su especialidad eran las chuletas en salsa y cuando podía se zambullía en la mermelada del cerdo sudado en monte, buceaba en la espesura y en el color del papelón y la grasa...
Eso sí, llegaba a casa de caza. Y todo aquel que lo recibía sabía que después del saludo, Alí preguntaba si habían caraotas.
Las de sus hermanas guardaban los aliños de su vieja Adela. Y entonces las perseguía. Fritas en mantequilla y cebolla dorada lo devolvían a la brisa paraguanera. De cuando se dejaba caer en el tibio cristal del caribe, del barco encallado y oxidado que señala al Cabo San Román. Y un olor a culantro de monte bailaba en sus velas.
En la casa Primera siempre hubo caraotas. Era su santo y seña. Y los platos eran dibujados con el nombre de cada uno de sus miembros. A Alí la hora de la comida le importaba tanto como que todos se sentaran en la mesa. Allí, partía el pan y multiplicaba el canto.

Alguna caraota le fue tan difícil de ablandar como el corazón del amo.
Como la piedra, ni para germinar.
Entonces, puso metal en la olla. Le cambió el agua tantas veces se secaban. Dejó caer algunas palabras bonitas, también las duras y estuvo la vida dándole candela.
Aquí y allá, la alumbró.

jueves, 29 de octubre de 2015

Mujerícola 24: La avanzadora



Guadalupe llamaron a su madre, una negra secuestrada en África y traída a las costas del norte de Suramérica, lustrada con aceite de coco, como a un pedazo de caucho para la venta.
Los apoderados Rojas Ramírez la compraron para continuar el saqueo de su piel.
No supo ni quién la preñó, porque lo mismo la violaba uno que otro. Así que Juana, su hija, no distinguía cuál de los amos era su padre.
En Chaguaramal, donde nació el año de 1790, la niña la conocían como lavandera y liberta por la gracia de su dueña Teresa Ramírez, quien además le heredó a la historia su apellido.
Juana Ramírez crece en las noches como flor de cactus, y hace sangrar a quien la toca. Espinosa.
En el río, bate el agua y canta, silva el viento y una palmada le humedece la falda contra el muslo, la camisa le descubre dos mamones firmes, del color del barro. Y no puede el agua lavarle el olor a cacao, tampoco el pequeño lomo que se le ha formado sobre la nuca, la huella de fregar desde antes de cumplir el primer año de vida:

Agua que corriendo vas
por el campo florido
dame razón de mi ser
¡mira que se me ha perdido!”

martes, 27 de octubre de 2015

Gastronauta 59: José Gregorio, el santo sin iglesia



Mi hermana tendría ocho años cuando una tarde las piernas le fallaron y en medio del desvarío nos dijo “no puedo caminar”. Y no pudo. Nos fuimos al Hospital en un grito y una carrera.

Allí, en la emergencia, la vieron médicos y mediquitos. Le hicieron placas, exámenes y le ordenaron estudios aquí y por allá.

El diagnóstico llegó mucho más rápido aún, una bacteria en la sangre.

La única forma de curarla era extrayendo líquido de la columna. Procedimiento que iba a salvarla pero con una consecuencia: quedaría paralítica de por vida.

Mi madre lloró hasta desbordar el Río Tuy.

Ésa misma noche y agotados los rezos hasta el último “amén”, mamá quedó a los pies de la camilla noqueada por el llanto. Mi hermana se durmió sin sobresaltos, ajena a la preocupación.

A eso de las tres de la mañana, mi hermana despertó sudando. Lo recuerda con una asombrosa precisión. Por un costado de la cama se acercaba un hombre de sombrero y traje negro que hacía el recorrido en la sala de emergencias. Ella no sintió miedo. No era un ser del más allá, ni de ultratumba. Ningún halo de luz divina lo rodeaba... era uno de esos médicos que no dejan descansar a los pacientes, despertándolos a media madrugada para darles un medicamento.

Lo miró a la cara quitándose el sueño de los ojos.
“Soy el doctor José Gregorio Hernández ¿Dónde te duele?”, preguntó.

domingo, 25 de octubre de 2015

Poesía o nada 2

 

Sección de literatura en la Revista Épale Caracas, publicada dominicalmente.

Libro:

Chávez vive. Sí. Pero en qué parte de nuestra geografía.

Crónica de comunas te pasea por el corazón del venezolano, la venezolana en los que late el

arañero, habita la esperanza.

De la Editorial Estrella roja, veinticinco relatos del sueño en las manos, podrás alcanzar en

cualquier Librería del Sur, o a través del blogspot: http://comunaadentro.blogspot.com/. La

comuna es la tarea histórica que nos hereda

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Poesía

De Andrea Betancourt (Venezuela), S/T:

Su casa quedó bajo el agua

junto a los pasos pequeños en la sala

y los carritos compartidos regados en cualquier lugar.

jueves, 22 de octubre de 2015

Mujerícola 23: Argelia



Cuando cayó el penúltimo cacao, Argelia pegó su primer grito.
Se dice que dijo “muuuuuuuuuujer” y del nido revolotearon las aves, en la cueva aulló la ola y la montaña sonrió.
Rosario López y Pedro María Laya la cogieron del árbol y a la mañana siguiente, de ella corrió la leche espesa como sudor de África.
Se enfermaba tanto que creían que se iría. Pero supo resistir los remolinos de viento que jugaban con ella, en el patio. Tarde fue la escuela a su encuentro. Para entonces aprendió a leer sola. Y se perdía en los ojos de su pantano doméstico.
Con Pedro, su hermano mayor, jugó a ser la cacica y para demostrarlo comió ají, se hirió con picos de botella, saltó sobre la candela, se arrojó contra la ola más grande, dejó que la arena le picara el culo.
Su piel fue una cumbe.
De su cabeza se desprendía la voz de los tambores.
De su pecho el río que separó a la mujer libre de la costra.
Su segundo nombre, es el de la patrona de Río Chico, Mercedes, la virgen de la emancipación.
Su madre le enseñó la resistencia, el cimarronaje, la palabra.