A Ely Rafael le
gustaban las caraotas, del color que fuera, pero las negras lo hacían
virar los ojos de placer.
Lo mismo anduvo en la
cocina que en las cuerdas del cuatro, encendió el fuego, que en el
pecho la canción.
No todo el que pasa
hambre, cocina, pero éste no es el caso de Alí.
Comía y hacía de
comer, aunque la mayor de las veces cocinaba Sol, porque las manos de
Alí araban la causa de los pobres del mundo.
Su especialidad eran
las chuletas en salsa y cuando podía se zambullía en la mermelada
del cerdo sudado en monte, buceaba en la espesura y en el color del
papelón y la grasa...
Eso sí, llegaba a casa
de caza. Y todo aquel que lo recibía sabía que después del saludo,
Alí preguntaba si habían caraotas.
Las de sus hermanas
guardaban los aliños de su vieja Adela. Y entonces las perseguía.
Fritas en mantequilla y cebolla dorada lo devolvían a la brisa
paraguanera. De cuando se dejaba caer en el tibio cristal del caribe,
del barco encallado y oxidado que señala al Cabo San Román. Y un
olor a culantro de monte bailaba en sus velas.
En la casa Primera
siempre hubo caraotas. Era su santo y seña. Y los platos eran
dibujados con el nombre de cada uno de sus miembros. A Alí la hora
de la comida le importaba tanto como que todos se sentaran en la
mesa. Allí, partía el pan y multiplicaba el canto.
Alguna caraota le fue
tan difícil de ablandar como el corazón del amo.
Como la piedra, ni para
germinar.
Entonces, puso metal en
la olla. Le cambió el agua tantas veces se secaban. Dejó caer
algunas palabras bonitas, también las duras y estuvo la vida dándole
candela.
Aquí y allá, la
alumbró.

