Mi hermana tendría
ocho años cuando una tarde las piernas le fallaron y en medio del
desvarío nos dijo “no puedo caminar”. Y no pudo. Nos fuimos al
Hospital en un grito y una carrera.
Allí, en la
emergencia, la vieron médicos y mediquitos. Le hicieron placas,
exámenes y le ordenaron estudios aquí y por allá.
El diagnóstico llegó
mucho más rápido aún, una bacteria en la sangre.
La única forma de
curarla era extrayendo líquido de la columna. Procedimiento que iba
a salvarla pero con una consecuencia: quedaría paralítica de por
vida.
Mi madre lloró hasta
desbordar el Río Tuy.
Ésa misma noche y
agotados los rezos hasta el último “amén”, mamá quedó a los
pies de la camilla noqueada por el llanto. Mi hermana se durmió sin
sobresaltos, ajena a la preocupación.
A eso de las tres de la
mañana, mi hermana despertó sudando. Lo recuerda con una asombrosa
precisión. Por un costado de la cama se acercaba un hombre de
sombrero y traje negro que hacía el recorrido en la sala de
emergencias. Ella no sintió miedo. No era un ser del más allá, ni
de ultratumba. Ningún halo de luz divina lo rodeaba... era uno de
esos médicos que no dejan descansar a los pacientes, despertándolos
a media madrugada para darles un medicamento.
Lo miró a la cara
quitándose el sueño de los ojos.
“Soy el doctor José
Gregorio Hernández ¿Dónde te duele?”, preguntó.