Cuando cayó el penúltimo cacao,
Argelia pegó su primer grito.
Se dice que dijo “muuuuuuuuuujer” y
del nido revolotearon las aves, en la cueva aulló la ola y la
montaña sonrió.
Rosario López y Pedro María Laya la
cogieron del árbol y a la mañana siguiente, de ella corrió la
leche espesa como sudor de África.
Se enfermaba tanto que creían que se
iría. Pero supo resistir los remolinos de viento que jugaban con
ella, en el patio. Tarde fue la escuela a su encuentro. Para entonces
aprendió a leer sola. Y se perdía en los ojos de su pantano
doméstico.
Con Pedro, su hermano mayor, jugó a
ser la cacica y para demostrarlo comió ají, se hirió con picos de
botella, saltó sobre la candela, se arrojó contra la ola más
grande, dejó que la arena le picara el culo.
Su piel fue una cumbe.
De su cabeza se desprendía la voz de
los tambores.
De su pecho el río que separó a la
mujer libre de la costra.
Su segundo nombre, es el de la patrona
de Río Chico, Mercedes, la virgen de la emancipación.
Su madre le enseñó la resistencia, el
cimarronaje, la palabra.
