miércoles, 6 de mayo de 2015

Soy un efecto



Por Analía Fernández Fuks
I.
Soy ortografonista desde que estoy en el jardín de infantes. Con el tiempo me
fui especializando en esta tarea de reconocer los errores de ortografía antes de
que sean escritos. Es decir, los puedo precisar en el habla. Así, el día en que
Valentín vino a dejarme, me di cuenta de que estaba poniendo el acento de
nuestra relación en el lugar equivocado.
II.
Las cosas en casa siempre fueron así. Volver del colegio y encontrar los platos,
las sartenes, los cubiertos suspendidos en el aire; las sillas tiradas, la heladera
vaciada sobre el piso, la yerbera cayendo de la alacena, la historia del verano
en Miramar siempre igual y un “basta ya”. Mamá y papá tienen la costumbre de
dejar las peleas en pausa para volver del trabajo y acordarse por dónde van.
Ya es hora de entrar en la escena. En medio de la cocina, dejo las últimas
zapatillas que me regalaron, un suspiro corto y un llanto. No sé qué es lo que
pasa cuando las cosas cambian de lugar. Escucho los tacos de mamá y la voz
ronca de papá subiendo en el ascensor. Y me voy de casa por las escaleras.
III.
Y vos tan dormido panza arriba. Quiero meterme por el ombligo y caer de palito
adentro tuyo. No quiero que duermas siempre que yo estoy despierta. Una
relación no puede vivir de madrugada. No son dos tostadas y un café con
leche. Medio beso en el fondo de la taza. El otro día pensé que si te soplaba la
oreja capaz me metía en tu sueño. Pero creíste que era una mosca y te pusiste
de costado. Prefiero que duermas panza arriba porque puedo saber mejor qué
estás soñando. Y sé que no era cierto el sueño que me contaste, ese en que
vos y yo galopábamos en la terraza de un vecino y saltábamos por los edificios.
Porque yo estaba ahí, del otro lado. Y vos estabas tan quieto, como siempre,
sin ir a ningún lado.
Despertate. Así no se sueña conmigo.
IV.
El miércoles a las cinco de la tarde, cuando fui a verla, Abuela estaba en India.
Era la primera vez que viajaba en alfombras voladoras. A pesar de eso, dijo
que no tuvo miedo. Que si uno mira bien los países nunca se parecen a los
dibujos de los mapas, que los habitantes nunca se parecen a las fotos que hay
de ellos en otras partes del mundo y que nadie lleva en la valija realmente lo
que dice llevar. Después de dos días, volvió del viaje. Ahora está abajo del
agua y hace nado sincronizado. Parece que el ganchito en la nariz le está
molestando. Hace gestos y señala la garganta como si se ahogara con sus
propias burbujas. Mi tío le pide que se calme. Abuela afloja las manos. Cierra
los ojos y flota. Mi tío le acomoda el tubo. Entran dos mujeres; una le aprieta el
pecho, la otra la inyecta. Abuela se corre la mascarilla de plástico verde y con
la boca caída hacia un costado nos dice a todos que por favor la dejemos
nadar tranquila.
V.
Al final de toda historia siempre hay un disparo. El arma está debajo del
colchón. Nunca se sabe cuál de los dos tendrá pesadillas. Por eso duermo con
un almohadón en el pecho y por las dudas, también me ato las manos.

martes, 21 de abril de 2015

¿Por qué todavía no me compré un DVD?

Por Eduardo Galeano



Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco.
No hace tanto, con mi mujer, lavábamos los pañales de los críos, los colgábamos en la cuerda junto a otra ropita, los planchábamos, los doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar. Y ellos, nuestros nenes, apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos se encargaron de tirar todo por la borda, incluyendo los pañales. ¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables! Si, ya lo sé. A nuestra generación siempre le costó botar. ¡Ni los desechos nos resultaron muy desechables! Y así anduvimos por las calles guardando los mocos en el pañuelo de tela del bolsillo. ¡¡¡Nooo!!! Yo no digo que eso era mejor. Lo que digo es que en algún momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra. Lo más probable es que lo de ahora esté bien, eso no lo discuto. Lo que pasa es que no consigo cambiar el equipo de música una vez por año, el celular cada tres meses o el monitor de la computadora todas las navidades.

¡Guardo los vasos desechables!
¡Lavo los guantes de látex que eran para usar una sola vez!
¡Los cubiertos de plástico conviven con los de acero inoxidable en el cajón de los cubiertos!
Es que vengo de un tiempo en el que las cosas se compraban para toda la vida!

¡Es más! ¡Se compraban para la vida de los que venían después!
La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, vajillas y hasta palanganas de loza.
Y resulta que en nuestro no tan largo matrimonio, hemos tenido más cocinas que las que había en todo el barrio en mi infancia y hemos cambiado de refrigerador tres veces. ¡¡Nos están fastidiando! ! ¡¡Yo los descubrí!! ¡¡Lo hacen adrede!! Todo se rompe, se gasta, se oxida, se quiebra o se consume al poco tiempo para que tengamos que cambiarlo. Nada se repara. Lo obsoleto es de fábrica. ¿Dónde están los zapateros arreglando las media-suelas de los tenis Nike? ¿Alguien ha visto a algún colchonero escardando colchones casa por casa? ¿Quién arregla los cuchillos eléctricos? ¿El afilador o el electricista? ¿Habrá teflón para los hojalateros o asientos de aviones para los talabarteros?
Todo se tira, todo se desecha y, mientras tanto, producimos más y más y más basura.
El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que en toda la historia de la humanidad.
El que tenga menos de 30 años no va a creer esto: ¡¡Cuando yo era niño por mi casa no pasaba el que recogía la basura!! ¡¡Lo juro!! ¡Y tengo menos de... años! Todos los desechos eran orgánicos e iban a parar al gallinero, a los patos o a los conejos (y no estoy hablando del Siglo XVII).
No existía el plástico ni el nylon. La goma sólo la veíamos en las ruedas de los autos y las que no estaban rodando las quemábamos en la Fiesta de San Juan.
Los pocos desechos que no se comían los animales, servían de abono o se quemaban. De 'por ahí' vengo yo. Y no es que haya sido mejor.. Es que no es fácil para un pobre tipo al que lo educaron con el 'guarde y guarde que alguna vez puede servir para algo', pasarse al 'compre y bote que ya se viene el modelo nuevo'. Hay que cambiar el auto cada 3
años como máximo, porque si no, eres un arruinado. Así el coche que tenés esté en buen estado. Y hay que vivir endeudado eternamente para pagar el nuevo!!!!

Pero por Dios. Mi cabeza no resiste tanto. Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que, además, cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real. Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre (y vaya si era un nombre como para cambiarlo) Me educaron para guardar todo. ¡¡¡Toooodo!!! Lo que servía y lo que no. Porque algún día las cosas podían volver a servir. Le dábamos crédito a todo. Si, ya lo sé, tuvimos un gran problema: nunca nos explicaron qué cosas nos podían servir y qué cosas no. Y en el afán de guardar (porque éramos de hacer caso) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo, el diente del segundo, las carpetas del jardín de infantes y no sé cómo no guardamos la primera caquita. ¿Cómo quieren que entienda a esa gente que se desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo? ¿Será que cuando las cosas se consiguen fácilmente, no se valoran y se vuelven desechables con la misma facilidad con la que se consiguieron? En casa teníamos un mueble con cuatro cajones. El primer cajón era para los manteles y los repasadores, el segundo para los cubiertos y el tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto. Y guardábamos.. . ¡¡Cómo guardábamos!! ¡¡Tooooodo lo guardábamos!! ¡¡Guardábamos las tapas de los refrescos!! ¡¿Cómo para qué?! Hacíamos limpia-calzados para poner delante de la puerta para quitarnos el barro. Dobladas y enganchadas a una piola se convertían en cortinas para los bares. Al terminar las clases le sacábamos el corcho, las martillábamos y las clavábamos en una tablita para hacer los instrumentos para la fiesta de fin de año de la escuela. ¡Tooodo guardábamos! Cuando el mundo se exprimía el cerebro para inventar encendedores que se tiraban al terminar su ciclo, inventábamos la recarga de los encendedores descartables. Y las Gillette -hasta partidas a la mitad- se convertían en sacapuntas por todo el ciclo escolar. Y nuestros cajones guardaban las llavecitas de las latas de sardinas o del corned-beef, por las dudas que alguna lata viniera sin su llave. ¡Y las pilas! Las pilas de las primeras Spica pasaban del congelador al techo de la casa. Porque no sabíamos bien si había que darles calor o frío para que vivieran un poco más. No nos resignábamos a que se terminara su vida útil, no podíamos creer que algo viviera menos que un jazmín. Las cosas no eran desechables. Eran guardables. ¡¡¡Los diarios!!! Servían para todo: para hacer plantillas para las botas de goma, para poner en el piso los días de lluvia y por sobre todas las cosas para envolver. ¡¡¡Las veces que nos enterábamos de algún resultado leyendo el diario pegado al trozo de carne!!! Y guardábamos el papel de los chocolates y de los cigarros para hacer guías de pinitos de navidad y las páginas del almanaque para hacer cuadros y los goteros de las medicinas por si algún medicamento no traía el cuentagotas y los fósforos usados porque podíamos prender una hornalla de la Volcán desde la otra que estaba prendida y las cajas de zapatos que se convirtieron en los primeros álbumes de fotos y los mazos de naipes se reutilizaban aunque faltara alguna, con la inscripción a mano en una sota de espada que decía 'éste es un 4 de bastos'. Los cajones guardaban pedazos izquierdos de pinzas de ropa y el ganchito de metal. Al tiempo albergaban sólo pedazos derechos que esperaban a su otra mitad para convertirse otra vez en una pinza completa. Yo sé lo que nos pasaba: nos costaba mucho declarar la muerte de nuestros objetos. Así como hoy las nuevas generaciones deciden 'matarlos' apenas aparentan dejar de servir, aquellos tiempos eran de no declarar muerto a nada: ¡¡¡ni a Walt Disney!!! Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en base y nos dijeron: 'Cómase el helado y después tire la copita',
nosotros dijimos que sí, pero, ¡¡¡minga que la íbamos a tirar!!! Las pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas. Las latas de arvejas y de duraznos se volvieron macetas y hasta teléfonos. Las primeras botellas de plástico se transformaron en adornos de dudosa belleza. Las hueveras se convirtieron en depósitos de acuarelas, las tapas de botellones en ceniceros, las primeras latas de cerveza en portalápices y los corchos esperaron encontrarse con una botella. Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y los que reservábamos. ¡¡¡Ah!!! ¡¡¡No lo voy a hacer!!! Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables; que también el matrimonio y hasta la amistad son descartables. Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas. Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va tirando, del pasado efímero. No lo voy a hacer. No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne. No voy a decir que a los ancianos se les declara la muerte apenas empiezan a fallar en sus funciones, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos, que a las personas que les falta alguna función se les discrimina o que valoran más a los lindos, con brillo,pegatina en el cabello y glamour. Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares. De lo contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente entregar a la 'bruja' como parte de pago de una señora con menos kilómetros y alguna función nueva. Pero yo soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro el riesgo de que la 'bruja' me gane de mano y sea yo el entregado.

lunes, 13 de abril de 2015

Gastronauta 29: Yo bailo

Yo bailo. Y desde pequeñita estuve en algunas academias en las que llené huequitos y un trébol de fotos para colgar en la historia mínima de sus paredes. De esa época, ahorita recuerdo dos momentos.
 
Uno. De tres años: un sorongo, que con mucha linaza, gelatina, laca, moñeras y ganchillos (tenía yo el cabello muuuuuy-demasiado liso) me alzaron mi mamá y Herminia, para bailar en el Parque del este, Venezuela habla cantando, de Conny Méndez. Me fascinaba mecer entre mis brazos un bebé imaginario, al desgañitar el secreto "compañeros" es que "arrullamos a los niños con el himno nacional", y que mi moño permaneciera intacto, izado al lado de una orquídea morada como mi vestido. Me recuerdo como estampita cursi del nacionalismo, pero para mi ya envejecida memoria recordar esto es una victoria.
 
Dos. Más grande, mi maestra de baila nos llevó unas vacaciones a casa de sus padres en Barlovento. pisaba yo la adolescencia y allí aprendería un par de cosas.
El olor del cacao negro tostándose bajo los rayos del catire. Y a apartármele a las caderas de una mujer deseosa. Sí, me le atravesé a una barloventeña en el camino hacia su hombre en pleno repicar de tambores, y mi pálido cuerpo fue a parar a una esquina de bahareque. Eso me enseñó a ubicarme y que a pesar y debido a los mamonazos, en la nobleza de la tierra soy bienvenida.
Para siempre me llevo el viento húmedo de las cumbes negras y su sabor a chocolate en mis pies.


Más tarde visitaría Birongo, sus brujas, su cueva y sería testigo de los cueros de agua en los que sus mujeres descargan cuentos, alegrías, tristezas, y bailan la vida. Los tambores de agua, me enteraría luego, son una práctica heredada en el largo e infame camino de las cadenas de la esclavitud.
Fui bautizada por las gotas de sudor, de lágrimas, el torrente de las Mamá África que devolvían al río cada golpe de la historia contra su piel.


Gastronauta 28: Mi mate con Galeano

En un momento de euforia periodística pude yo conversar con algunos grandes para mí.
También estuve a punto de concretar conversaciones con Correa y con el Pepe Mujica. Sin embargo, después de insistir hasta cierto punto, no las empeciné. Eran hombres de la circunstancia. Me quedé con sus teléfonos y la conjura esa del pudohabersido.
Pero con Galeano, fui obstinada. Él era-es un árbol madre. Le escribí, lo llamé, le mandé a decir, lo cacé. Y nada.
Incluso fui a Montevideo y me senté en su silla en el café Brasilero, a ver si se me pegaba algo. Cosa de loca.
Tampoco lo hallé en alguna Feria del libro. Y hubo quien mostrara su foto junto las canas ceniza de ese fueguito que ardía a pesar, o será más bien debido, al humo en sus pulmones.
Es Galeano responsable de que yo quiera escribirlo todo. De que para mí esta realidad sea una tarea que no copié completo.
Qué extraña ansiedad esa de querer presenciarlo me sostuvo durante un tiempo, como si el hombre fuera su carne.
Será porque sé que una no termina por ser eso que es una extensión de nuestras extremidades (mano y lengua, para escribir y decir, en este caso), y que en los ojos una aprieta el alma de ese que se presenta en frente como un espejo.
Ahora mismo, le cebo un mate, así como mi madre le pone agua a José Gregorio Hernández, o Ernesto cocuy a San Benito.


domingo, 12 de abril de 2015

Gastronauta 27: Corona

No le puse mucha atención a mi cuerpo hasta que parí.
Fue entonces cuando supe que mis caderas eran hermosas, se abrían para recibir la divinidad.
Que mis tetas crecían y decrecían según el llamado de la leche. Y así mis órganos se reacomodan de acuerdo al tamaño de mis semillas.
La primera rayó mi vientre y lo abultó hasta dejar en él la huella más visible de mi embarazo. En el postparto lo miré y re-miré frente al espejo, que es decir frente a mí misma. No me gustaba lo que veía, ni lo que leía. Que si las rayas de una leona, y un largo etcétera de lo que para mí eran autocompadecimientos. Súmele la depresión de la cuarentena, no poder comer esto, o aquello, el abc de las enfermedades de la teta, un periodo de hospitalización de mi cachorra y otros fantasmas a los que no les até las cadenas.
Ahora mismo, revivo el período en el que vuelvo a mi reflejo. Miro mi piel colgante y asumo mis nuevos pliegues con más entereza... hasta que me tocó masticar uno de mis dientes.
Perdí uno en el ya aporreado cuadrilátero del postparto.
En principio, quise llorar. Y lloré.
Cómo podía pasarme esto a mí.
Hasta que me exorcicé (es decir escribí esto) y entonces comprendí que ubicaba y ubico el espejo afuera, que quien me mira es la sociedad, es una revista Cosmo, una contraportada de diario de deportes, quien se detalla es la mujer que se ha extraviado en sus hormonas. Y me devuelvo enterita de la procesión de ser mujer en el país de la mises, me río y exagero la mueca por si no se mira el agujero en el que se asoma una pequeña monarca.
(Inciso: Le explico a la Pola que no me gustan los reyes, ni las princesas porque para que estos parásitos vivan, otros tienen que fregarse, joderse, desdentarse)
Siempre fui la reina de mi salón. Y alguna vez me gustó. En su momento me gustó. De vez en cuando una debe revolcarse en la mierda y comprender que este envoltorio (y su mierda) también sirve de abono.
Lo mismo que el rey de los judíos, sentimos el power hasta pedalear sobre las aguas, para después ser ahogados en la cruz, y formar parte del espectáculo romano.
Por su proximidad, es la corona de espinas propia la que revienta el pensamiento que somos. La que nos devuelve a la tierra y sus formas. Que nos acerca a uno de los finales. Nos recuerda que son los hijos nuestra propia reencarnación.
No supe si acostar mi diente bajo la almohada y rogar al ratoncito algún deseo.
Después de dos hijas, un trébol de desilusiones y una casa con vista a un templo, no puedo creer en cuentos, ni en sacrificios, menos en perfecciones.
Juego con mis sobrinos que ahora pierden sus dienticos de leche y se los pidos para armar una diadema.
En fin, correteo la sonrisa.



viernes, 27 de febrero de 2015

Gastronauta 26: 27 de febrero, la loza


Yo no sabía con exactitud qué día era. A mis cinco años todavía me era difícil llevar agenda, tal como a mis treinta. Pero hacía un día agitado, uno histórico, o así las lágrimas y la angustia de las madres que me rodeaban lo sentenciarían.
En medio de sudores, carreras y nervios, mis vecinos se terciaban al lomo televisores, neveras, sillas y bolsas con comida.
Budo, que así se llama el que entonces vivía en el rancho del lado, se trajo una olorosa carga de pescados. No la repartió entre los vecinos y al no poderla almacenar, la perdió muy rápidamente. Lo que tardó en irse fue el hedor.
Para mí, todavía hoy 26 años después, la ventana de la cocina de mi casa materna que da hacia la que fuera la casa de Cointa y Budo, hiede a pescado piche, de ese que no se comparte.
Supe a medida que caminaba la tarde que nada había sido comprado, que nos habíamos atrevido a recuperar lo nuestro, lo que el estado de cosas nos había robado y nos restregaba en la más absurda pobreza en un país de históricas bonanzas. Escuché por primera vez la palabra "saqueo". Nos acusaban a los saqueados de voltear la tortilla.
Pasado el mediodía, papá no llegaba a casa y mi madre se deshacía en llanto y se rehacía en oraciones. Cada tanto, nos asomábamos por la ventana para constatar el retorno. Preguntamos a todo aquel, y nada. Temíamos que se repitiera en Charallave los fotogramas de la Policía desbaratando al pueblo en Guarenas y en Caracas.
Después de unos cuantos rosarios, María le devolvería el cristo e' lata que era mi padre, a mamá. Venía con una loza de granito a lomo. La dejó caer en el monte mientras se apagaba el fuego de la turba, cada tanto en ebullición.
Fue lo único que trajo a casa; no llegó a tiempo a la carne, ni a un perol de leche.
Desde entonces, la loza antecede la puerta de mi casa, un pedazo de cerámica arrancada al FMI, nuestro monumento a la utopía, un patio al pueblo que somos, el más aguerrido paisaje.
Esa piedra es de los alimentos no perecederos.

Gastronauta 25: Papá, mi alimento


Ocho metros, tres toneladas, tres mil dientes se abrían para masticarme en la que sería mi primera vez en el cine. Tenía siete cuando mi papá me llevó, junto a mi hermano, a ver Tiburón, en una sala chiquita, empolvada y de terciopelo rojo. El que fue el Cine de mi pueblo, El Renacimiento.
Para mi hermano, los tiburones se convirtieron en su objeto de estudio. Para mí, mi papá terminó por transfigurarse en mi salvavidas. Podía escuchar cada vez que me sentía en peligro los vientos y las cuerdas que John Williams compuso para Spielberg, y salía papá con un arpón a acabar con cualquier escualo que quisiera robarme la cadencia de mis mareas.
Recuerdo que veníamos de visitar al bioanalista. Yo estaba enferma, y papá se encargaba de la difícil tarea de las agujas. Alguna vez se desmayó mientras me cosían una herida en la mano. Me llevó cargada al dispensario viejo, y mientras me hilaban, papá descorazonaba enfrente.
Cada que salíamos del laboratorio, nos llevaba a tomarnos sí o sí un batido de tres en uno donde “Fariña”. Luego de la mancha correspondiente, caminábamos a la casa, o íbamos a la plaza, o al cine. Era una forma de aliviar a la mujer araña (así quedé bautizada entre las enfermeras de aquellos tiempos, porque rasguñaba las paredes para que no me tocaran).

Modo
Para esta potente mezcla, licua dos vasos de jugo de naranja, una remolacha en cuadritos y una zanahoria, con papelón al gusto, y listo.
Si es su gusto colarlo, puede usar el resto de las hortalizas para enriquecer la masa de sus arepas. El uso del papelón, de miel o estevia queda a su gusto, pero recuerde que la zanahoria y la remolacha son suficientemente dulces.
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Hace poco mire el trailer de la misma película, y casi pude ver los tubos que componen el tiburón mecánico que se usó para recrear aquellas escenas de terror. Ya no sentí miedo, sino que recordé la mirada de la niña que fui y me maravillé de haber resistido fotograma por fotograma.
La hemoglobina en mi cuerpo iba y venía entre zumos y fotos de la pantalla grande. No hubo mejor alimento, mejor remedio.
Mi padre fue marinero. Así que el asunto de la playa y los tiburones no se quedó en el vallecito en el que vivíamos, sino que nadó los caminos de los casi sesenta kilómetros que nos separaban de la Guaira. En la bahía, nos dejaba de nuestra cuenta, o él mismo nos arrojaba contra las olas, porque así aprenderíamos a volver de donde siempre fuimos, al agua.
De vez en cuando, se montaba su aleta imaginaria y como un buen tiburón blanco nos mordía los tobillos, y así pasábamos el día, huyendo de sus dientes, y buscándolos cuando paraba para descansar.
Tengo treinta años. Hace poco, toda la familia -crecida- visitó las olas, y volví a escuchar aquellas dos notas musicales, sinónimos del suspence. Cualquiera pensaría que estoy loca, pero en palabras de René Char, “la lucidez es la herida más cercana al sol”.
Papá agarraba del pie a sus nietos, entre gritos, risas y “déjame, abuelo”, para el ritual de iniciación en el agua salada. Luego, se hacía de las paletas para raquetear unas pelotas, después enterrábamos a uno por uno, luchamos contra el viento para barajar una partida, o acostamos unas cochinas del dominó. No paramos.
Los días de playa en familia son una película, en la que el burbujeante sol recupera cada una de sus hijas exprimidas para subir las defensas de nuestros cuerpos. Le devolvemos gota a gota. Literalmente aGOTAdor. Menos para mi papá, con él no hay tregua, es como si supiera de algo que nosotros nos perdemos.

Mirar al sol
Una práctica milenaria del yoga enseña que mirar el sol cuando nace y cuando muere, todos los día y con conciencia, puede ayudarte a vivir más con menos, y mejor. Incluso, hay quien ha pasado más de un año sin más alimento que el sol y el agua, en un intento por demostrar la divinidad del astro rey y su capacidad de nutrir nuestros cuerpos.
El contacto con la tierra, descalzos, sin ninguna mediación, sin roce con yerbas (porque absorben la energía solar), nos permite ordenar nuestro cuerpo, nuestra conciencia, nuestra alma y ascender y girar, como la tierra que somos, a su alrededor.
El mandala del girasol he perfeccionado su ingeniería para moverse según los rayos. No es raro que al nacer, debamos presentarnos cada mañana, desnudos, al padre Inti, y que el agua de la teta y los rayos solares sean suficientes para reverenciar la vida. A final de cuentas, comenzamos así una de las vueltas que componen el tronco que somos.

Papá es medio cegato. No se si porque mira al sol de frente. O es una la que se planta delante de su grandeza. Yo he adoptado saludarlo y despedirlo como ritual con mi chiquita, porque honrar la más grande estrella no debe restarnos luz.
Cuando se apaga, ofrezco los latidos de mi tiburón como tributo, aquella dos notas memorables del celuloide, para que continúe su música y siga alimentando la propia vida.