martes, 20 de octubre de 2015

Gastronauta 58: Regreso



No se pregunta la cayena a qué hora va a morir y su muerte no conmueve al viento, que sigue bailando detrás de la hoja. Y se marchita al norte de la caña, un palo que añora la multitud de pezones rubios leonado en los que acaba su flor.
Los pétalos son lágrimas de tierra.
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Anduvo el tallo conjugando otros idiomas y oliendo aquí y allá, lo prohibido, entonces brotó dientes y saliva en cada veta. La leche rezumó como quien llora la vida por temer a la muerte, el miedo infló sus venas hasta que tallo no fue nunca más.
El tallo es la reunión de anillos que conecta al sol del centro de la tierra con el sol de los tres brazos de Orión.
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Su ala quiso convertirse en una mano y la palma miró al cielo esperando que la voz de la lluvia lloviera. Claridad tras claridad, la sequía de los milagros lo obligó a empuñar los dedos. Hubo de arrastrarse por la arena hasta el centro de la marea, bajo la sombra de una magnolia.
Cuando desanudó, el árbol aspiró sus plumas y dejó caer en aquella carne dos pétalos blanquísimos. Desde entonces, son parientes las alas y la tiniebla.
Si el mar es el espejo del cielo, quién se atreve a asegurar que los peces no vuelan. Las plumas son escamas estiradas por el viento. Las escamas son alas endurecidas por el oleaje. La mano, una palmera sin cocos.

domingo, 18 de octubre de 2015

Poesía o nada 1


Sección de literatura en la Revista Épale Caracas, publicada dominicalmente.

... que cien volando
Homero Parra construye en La Fría, Estado Táchira la Escuela de Arte Los Kariras con ladrillos ecológicos, fabricados con botellas de plástico recicladas.
Es cierto, el plástico no es biodegradable. Entonces, el planeta incorpora el plástico dentro de un nuevo paradigma: el planeta + plástico. La tierra no comparte nuestros prejuicios contra el plástico (...) Podría ser la única razón por la que la tierra nos permitió esparcirnos... Quería plástico para sí misma, y no sabía cómo hacerlo, necesitaba de nosotros. Podría ser la respuesta a nuestra eterna pregunta filosófica:
-¿Por qué estamos aquí?
-¡Plástico, idiota!”.
Comillas del monólogo Salvemos el planeta, de George Carlin.

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Por Adal Herández (Venezuela), Statu Quo:

Piense profusamente
aunque el espíritu grite lo contrario,
acobardarse es siempre
una opción valiente,
calcule los beneficios,
saque sus cuentas,
haga su lista.

jueves, 15 de octubre de 2015

Mujerícola 22: Idea


La piel de su casa toda le temblaba en cada burbuja de agua.
Cuando desconchaba, las fundaciones apretaban las raíces
y casi se quedaba sin dientes.

No era buena. Tampoco feliz. Fue hermosa.
Era el sedimento del café en una taza que se olvida.
Fue su palabra, el único escondrijo con el que hizo familia.
Su sangre entonaba el himno de cuanto amante destrozó su costura.
Y perseguía el viento.

Hubiese querido llamarse Poema.
Ser tan hermosa por dentro, lo mismo que creer en Dios.
Pero fue en cambio un diafragma de cal,
la estatua de un eczema,
un pétalo flotando en la flema,
un tango que le era prohibido bailar.

martes, 13 de octubre de 2015

Gastronauta 57: Masa



Lo unta contra la pared
le come la orilla de los labios
y le aprieta las nalgas.

La sube en la mesa
y dibuja su nombre con un hilo de saliva
en el envés de su muslo derecho.

La voltea y ahora las piernas le cuelgan de la madera
y en las palmas de sus manos recoge la carne de sus tetas.

Ella contiene por un segundo el aire y roba el corazón de las flores que en frente perfuman la mesa.

Me asomo para mirarnos,
bestias de lenguas de fuego.

Baja la pantaleta negra hasta los tobillos
y se aleja un poco para contemplar aquello.
Respira, la respira profundo, casi la suspira, cierra los ojos y la guarda.
Vuelve.
Entonces, deja caer su peso en la espalda de ella
retorna todo temblor
la abraza.

Ella lo siente crecer
y quiere que su gota primera la bautice.

Se vuelve hacia él
y lo mismo le baja el cierre
que se desenrolla como lengua de mariposa.

Teje un cuenco entre sus dedos
para que caigan los pedazos de la concha:
una vaina de tamarindo
del color de la corteza
y que una vez que se lame, prospera.

Ella lo coloca en medio de sus piernas
y se lo pasa de una boca a otra.
Él canta.

Se arroja desde el ombligo de ella a su grieta
y deja que su boca vaya y venga de los labios de esta cayena con cortinas rosa.

Es un tigre que se detiene en el charco a mirar cómo lengüetea sus manchas.

Hasta que llega a casar humedales
como el río que besa al mar.

Y así, un cuerpo
la masa.

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Recuerde, para que la masa no se pegue de la superficie, espolvoree.

jueves, 8 de octubre de 2015

Mujerícola 21: Hogar


En esta casa, no se toca la campana por tocar
primero, se llama por la ventana
se asoma por el ojo de la puerta
y, antes de pasar, una se quita las medias.

Un pasillo de labios tributan al río mayor
En la periferia de sus piernas la lengua dibuja una laguna de carne
Un trampolín de dedos enciende la pequeña vela
el fuego tintinea la luz en una habitación tan ancha como un pasillo.

En la cocina arde un par de ollas
burbujea la miel
y los lienzos incendian la mesa.
En el jardín las flores pierden las hojas y desnudan el polen.

En la sala la ficción del tercermundo
le da la vuelta a tu planeta
hasta voltearte patas arriba
con la falda como capucha.

En la red de sus manos muere la bestia de tela.

Y conversan sus dos labios, los cuatro míos.
En su mentón tirita mi palabra
una fila de hormigas
con rabos largos, de pausas diminutas:
Este es mi hogar
he vuelto del silencio
a llover sobre la tierra seca
a bañar los surcos
a calmar el hambre
a cantar sobre las vainas
a que circule la sangre.
Mi hogar,
el cuenco de tu boca
por donde camina el mar
la leche de la tierra.
Mi lar,
la noche oscura del alma
la piel de la arena, la crin de una ola.

La mañana se evapora en un gemido.
Otro grito hecho coral, un animal de arrecife devuelto al asfalto.
Brota a la superficie a creer que respira.

El hogar es una boca.

martes, 6 de octubre de 2015

Gastronauta 56 Cantina


Siempre tuve alma de gorda. Yo, tenía unos ocho años cuando me quedaba con la señora de la cantina a limpiar después de que todos se iban, para ganarme un tequeñón, una masa frita larga como el cuello de una jirafa que envolvía pedacitos de queso derretidos al calor de aceite hirviente y viejo (muy viejo). Era cuando estudiaba en la escuelita vieja, de la que sólo queda en pie una pared. La de la bodega. Lo demás se lo llevó por delante un pilote del ferrocarril. La modernidad.
Justo en esa pared iba a parar el aceite en el que todo lo freían. Se decía que hasta los jugos. También los gatos. Porque gato que llegaba, gato que desaparecía. Los niños pensaban o que se lo comían las ratas, o que la señora de la cantina los picaba y repartía en las empanadas, o que iban a parar al muro aquel, detrás de un friso que en verdad encubría cadáveres.
Incluso cuando no estaban, los maullidos descosían los nervios de algunos cazadores de miedo.
Por eso prefería los tequeños, quizás por eso nunca me gustó la carne, tampoco los gatos.
Me quedaba con Chica para constatar que todo era mentira, pero ella, la señora de la cantina, siempre fue muy misteriosa y detrás de su delantal grasiento y manchado, escondía secretos que ningún jabón desleía.
Cuando me metía en problemas, la señora Chica, me abría la puerta de la cantina y yo me escondía. Me sentaba en una silla vieja, sin respaldo y que pellizcaba el culo, a esperar que la marea bajara. Como si pudiera. Desde el búnker, me fijaba si apilaba las colas, las orejas. “No desperdiciará nada”, me dije.

jueves, 1 de octubre de 2015

Mujerícola 20: Alfonsina


Fue loba. Y aullar le costó el alimento. Aun así ajustó la garra en el camino y desandó los lagrimales de Paulina, su madre, para como cascada correr contra la roca.

Yo soy como la loba.
Quebré con el rebaño
Y me fui a la montaña
Fatigada del llano.
Yo tengo un hijo fruto del amor, de amor sin ley,
Que no pude ser como las otras, casta de buey
Con yugo al cuello; ¡libre se eleve mi cabeza!
Yo quiero con mis manos apartar la maleza.
Mirad cómo se ríen y cómo me señalan
Porque lo digo así: (Las ovejitas balan
Porque ven que una loba ha entrado en el corral
Y saben que las lobas vienen del matorral)”...


Alfonsina, como su padre Alfonso.
Cosió las noches antes de que el teatro se la llevara detrás de las palabras, para cantarlas, recitarlas, enseñarlas, desnudarlas, “almarlas”. Antes, mentía compulsivamente, le costaba conformarse con el dolor de lo real, una herida que no iba a sanar. Hubo una vez en que robó, muerta de hambre, un libro. Tenía seis años de edad y ya era la misma que camina sobre el malecón de plata.
Frente al espejo reposa la carne de sus mejillas, redondas y rojas como un par de manzanas, en el cuenco de sus manos. Tasa su redondez y por cada gramo, un grano de sal en sus pulmones.