No se pregunta la
cayena a qué hora va a morir y su muerte no conmueve al viento, que
sigue bailando detrás de la hoja. Y se marchita al norte de la caña,
un palo que añora la multitud de pezones rubios leonado en los que
acaba su flor.
Los pétalos son
lágrimas de tierra.
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Anduvo el tallo
conjugando otros idiomas y oliendo aquí y allá, lo prohibido,
entonces brotó dientes y saliva en cada veta. La leche rezumó como
quien llora la vida por temer a la muerte, el miedo infló sus venas
hasta que tallo no fue nunca más.
El tallo es la reunión
de anillos que conecta al sol del centro de la tierra con el sol de
los tres brazos de Orión.
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Su ala quiso
convertirse en una mano y la palma miró al cielo esperando que la
voz de la lluvia lloviera. Claridad tras claridad, la sequía de los
milagros lo obligó a empuñar los dedos. Hubo de arrastrarse por la
arena hasta el centro de la marea, bajo la sombra de una magnolia.
Cuando desanudó, el
árbol aspiró sus plumas y dejó caer en aquella carne dos pétalos
blanquísimos. Desde entonces, son parientes las alas y la tiniebla.
Si el mar es el espejo
del cielo, quién se atreve a asegurar que los peces no vuelan. Las
plumas son escamas estiradas por el viento. Las escamas son alas
endurecidas por el oleaje. La mano, una palmera sin cocos.





