“En la vida de mi madre, la tragedia
no tuvo fin. Sin embargo, ella se levantaba, tomaba aire y salía a
lavar y a colgar ropa. Ella me decía que cuando miraba la ropa, las
sábanas moviéndose al viento, y el sol, era como un nuevo
comienzo”.
Hija de una testigo de Jehová, alguna
vez gritó que Jesús había muerto por los pecados de alguien, pero
no por los de ella. Patricia Lee -Patti- Smith, es una yegua en la
sabana del poema, cuyos cascos aprovecha el rock para justificar su
renacencia.
A los cuatro años alucinaba. La
escarlatina se fue de su cuerpo, pero las imágenes habitaron sus
días. Las oraciones de su madre fueron insuficientes, por eso
inventó la poesía.
Una condición más la acompañaría:
veía doble:
Su madre Beverly, la del tendedero y la
cruz, y también cantante de jazz, la enseñaría a rezar, a poner
cada palabra su lugar santo. Y de su padre, el ateo, la luz de la
oscurana, tanta para hilar aquella idea de no querer ir al cielo, si
allí no hay arte.
Patti es tan hija de Rimbaud que se
hizo vidente.






