La mujer yukpa sostiene el caribe con
los dientes.
Lucía se pone por occidente, después
de rasgar el cielo sobre la cabecera del Lago.
Es hija del río Yaza. Su madre, la
corriente. Su padre, las piedras.
Nueve hijos lega, once nietos.
Cuando le mataron al marido, la
hirieron no sólo en el brazo, sino en toda la Sierra. El corazón de
Perijá se detuvo y hubo que tejerlo con el alarido con el que le
canta la más bonita yukpa, para que andara.
Habla el castellano poquito y poquito
le habla el castellano.
La historia de Lucía Martínez Romero
es una cesta, el entrecruzamiento y la torsión de la palma, una
espiral de hoja larga y seca como el humo del tabaco.
Se dice que un día Sabino la oyó,
apretó los ojos y cuando los abrió, ella se plantó en su cara y él
en la de ella. Desde entonces, supieron que sus almas reían. Él la
celaba de la brisa que mecía el monte. Ella faraleó su conuco y
desenvainó el machete cuando vinieron a robarla.
Se amaron a pesar de los traficantes de
la tierra.
Y alzaron lata y cocotero para
construir una choza que le tumban de cuando en cuando.
