“Mi amigo, el chavista, dice que...” ¿No va siendo hora de que se aleje de ese amigo al que cree asesino y al cual usted muy “valientemente” podría linchar? ¿No va siendo hora de que no le llame amigo? Pudiera replantearse los conceptos de amigo, hermano, asesino. Usted dirá que “no, él no es asesino”, pero ¿no y que apoya a los que usted llama “asesinos en el gobierno”? Y, como uno más uno, casi siempre son dos: son asesinos los que apoyan los asesinatos ¿o, no? ¿No va siendo hora de que se replantee clasificar a su amigo en esta o aquella casilla, por su forma de pensar? Es hora de que deje de repetir fórmulas ajenas, lugares comunes, que empiece a pensar en cabeza propia, es hora de que deje de justificar el asedio, es hora -y siempre la será- de hacer país, y el país empieza en su pecho y se le sale por la boca. Matar en nombre de su país es matar en nombre propio y eso no lo hace héroe, lo convierte en lo que señala, lo pone de frente al espejo, de donde no puede escapar.
Rodolfo Walsh retrató
a la oligarquía dominante como una clase “temperamentalmente
inclinada al asesinato” y esa “connotación importante”, en
palabras del periodista y escritor argentino, “deberá tenerse en
cuenta cada vez que se luche contra ella. No para duplicar sus
hazañas, sino para no dejarse conmover por las sagradas ideas, los
sagrados principios y, en general, las bellas almas de los verdugos”.
Dígame ¿usted, es
un verdugo, o un hablador?
¿Si se encontrara de
frente, a su amigo el asesino, lo confrontaría, o para ello necesita
regodearse entre otros, que como usted, tienen “la tarea” de
limpiar al mundo de los miserables, a los que, según los líderes de
la opinión pública, una vez caiga el gobierno “no hay que
perdonar a ninguno”?
¿Qué nos harán a los
millones (y millonas) de chavistas?
Dígame usted ¿de
qué nos quiere limpiar?
Con Patricia Ariza les
digo, por si se les ocurre lavarme, “no me vayas a quitar el barro/
del que estoy hecha”.
