Hay días en los que no
nace nada, ni siquiera muerto, en las manos del mundo.
Días en los que una
máscara cubre el rostro a una máquina de hierro.
En los que el fuego
consume el cuerpo, la masa, de ochenta manos en un hospicio.
Horas en las que el
Estado envenena los ríos de los que beben los campesinos, y les roba
la guadaña, la semilla, el fruto, el día.
Hay días en que nos
damos cuenta de que somos muchos y la inmensidad del mundo
insuficiente, y dos almas, apretadas por otras trescientas mil,
pierden el cuerpo mientras corean al Sol.