
Tenía yo trece años cuando mi papá
me estampó la primera y única cachetada que me propinaría en lo
que ambos llevamos de vida.
Mi mamá le hizo llegar una carta que
yo le había escrito al chico que me gustaba.
“Pero, papá es sólo una carta”,
traté de explicarle, antes de que abriera los ojos como las luces de
una gandola en un túnel y me palmeara la cara.
“Con esta carta se puede preñar a
cualquiera”, sentenció.
Me hizo romperla en pedacitos,
enterrarla en el jardín y prometerle que no escribiría nunca más.
Dice Amparo Dávila que escribir es una
enfermedad incurable. Yo agregaría que es terminal para los que no
queremos cura.



