Por Indira Carpio Olivo
Estaba un día caminando Aristocles en
La Academia, preocupado porque el HCM no le alcazaba para operarse
una rodilla. Tropezaba de una columna a otra. La filosofía no se
derretía en la arepa, la ética insuficiente, incluso más que la
retórica, no abonaba el campo, no hacía madurar el aguacate ¿Para
qué servía tanta habladera de güevonadas, si a la hora de la
chiquita, se moriría como se muere la carne de todos?
Hubo de levantar la idea, a la que no
se la come la tierra y con ella un edificio, la academia como la
iglesia, un muro de piedras, un contenedor de lo que no se puede
contener, y se transformaría su idea en una para moldear al hombre a
imagen y semejanza del estado de las cosas.
¡Menos mal que uno se muere, Platón!
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Son las seis aeme, Valeria duerme en
los bancos frente a la Escuela de Comunicación Social. Viene de
Barlovento. Da los golpes que Aristocles, pero de bus en bus desde
las tres aeme, para llegar a la Universidad Central de Venezuela
(UCV). Espera sean las siete y cuarto para desgajar la naranja en el
comedor, untar el pan con la mermelada y la lonja de queso. A las
ocho menos cuarto tiene clase de Castellano. Cinco años viene y va
en los mismos tumbos. Los perros la conocen, los vigilantes la
cuidan. Se duerme profundo durante treinta minutos, se incorpora, se
alisa las greñas que se le arremolinan sobre las orejas y en el
ritual crece, y se transforma en mujer. Valeria sabe cumplir las
pautas. Pronto se convirtió en periodista y escribe lo más bien,
según el medio que la emplee. En la UCV la domesticaron para ello.
