La cosa va más o menos así. La cúpula de la oposición al
gobierno dice defender el legado de Chávez: la constitución chavista, a la vez
que deposita su poder en manos de la Fiscal General de la República Luisa
Ortega Díaz al adherirse a sus actuaciones. La fiscal “chavista” se revela
contra el gobierno chavista y es la principal vocera contra la solución
planteada por Maduro, la Asamblea Nacional Constituyente. Este panorama nos
viene a decir que cualquier camino que resuelvan se dirime dentro del chavismo
¿o, no?
¿Qué es el chavismo, sino la historia que nace del
descontento? ¿Qué es, sino el hacerse responsable de torcer los caminos del
capitalismo? ¿Qué es el chavismo, sino reconocer los errores y usarlos para
impulsar la lucha, cambiar la historia de los pueblos? Lo otro no es chavismo,
es reformismo, es la mierda perfumada con palabras lindas: ecominería (minería
a cielo abierto), operaciones Liberación Humanistas del Pueblo (redadas en
barrios pobres), la entrega de títulos para la producción (la restitución de
tierras del Estado al latifundio), la protección de la naturaleza (mediante el
desalojo masivo de campesinos). Eso no debería llamarse chavismo. Tampoco la
pugna por permanecer, por arribar, por desgarrar el poder, haciendo uso de
estandartes ajenos para también perfumar las cloacas.
Pero en este momento, ni el gobierno, ni la oposición
cargan con la novedad, cosa de la que se hizo Luisa Ortega, que parece salir flor
del barro, como si no tuviese que ver con nada, ni con nadie. Cuando tiene que
ver con todo, con todos.