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domingo, 16 de julio de 2017

PON 80


Los héroes (frag.)
Por Thomas Carlyle (Escocia)

El árbol de Igdrásil florece y se marchita por sus propias leyes, demasiado profundas para que las escrutemos. Y, no obstante, florece y se marchita, y cada una de sus ramas y cada una de sus hojas están allí por leyes fijas y eternas; pero nunca falta un Thomas Lucy que llegue a la hora señalada y convenida. Cosa curiosa e insuficientemente considerada: como todas las cosas cooperan con el todo, sin que ni una hoja desprendida del árbol y pudriéndose por los senderos deje de formar indisoluble parte de los sistema solar y estelario, no hay tampoco pensamiento, palabra ni humana acción que no provenga de todos los demás hombres y que no trabaje influyendo más o menos tarde, de un modo conocido o desconocidamente, sobre los demás hombres. Podemos comparar la cosa a un árbol: la circulación de la savia y demás influencias, la mutua combinación de la hoja más indiferente con la fibra más íntima de una raíz con todas y cada una de las demás partes grandes y pequeñas del todo. El árbol Igdrásil tiene sus raíces en lo más profundo de los reinos de Hela y de la Muerte, y extiende sus ramas levantándolas a lo alto del cielo.

domingo, 9 de julio de 2017

PON 79


Principio y fin
Por Wislawa Szymborska (Polonia)

Después de cada guerra
alguien tiene que limpiar.
No se van a ordenar solas las cosas,
digo yo.
Alguien debe echar los escombros
a la cuneta
para que puedan pasar
los carros llenos de cadáveres.
Alguien debe meterse
entre el barro, las cenizas,
los muelles de los sofás,
las astillas de cristal
y los trapos sangrientos.
Alguien tiene que arrastrar una viga
para apuntalar un muro,
alguien ha de poner un vidrio en la ventana
y la puerta en sus goznes.
Eso tiene poco de fotogénico
y requiere años.
Todas las cámaras se han ido ya
a otra guerra.
A reconstruir puentes
y estaciones de nuevo.
Las mangas quedarán hechas jirones
de tanto arremangarse.
Alguien con la escoba en las manos
recordará todavía cómo fue.
Alguien escuchará
asintiendo con la cabeza en su sitio.
Pero a su alrededor
empezará a haber algunos
a quienes les aburra.
Todavía habrá quien a veces
encuentre entre hierbajos
argumentos mordidos por la herrumbre,
y los lleve al montón de la basura.
Aquellos que sabían
de qué iba aquí la cosa
tendrán que dejar su lugar
a los que saben poco.
Y menos que poco.
E incluso prácticamente nada.
En la hierba que cubra
causas y consecuencias
seguro que habrá alguien tumbado,
con una espiga entre los dientes,
mirando las nubes.

domingo, 2 de julio de 2017

PON 78


A los hombres futuros (frag.)
Por Bertolt Brech (Alemania)

Vosotros, que surgiréis del marasmo 
en el que nosotros nos hemos hundido,        
cuando habléis de nuestras debilidades,        
pensad también en los tiempos sombríos      
de los que os habéis escapado.          

Cambiábamos de país como de zapatos        
a través de las guerras de clases, y nos desesperábamos       
donde sólo había injusticia y nadie se alzaba contra ella.
Y, sin embargo, sabíamos      
que también el odio contra la bajeza 
desfigura la cara.        
También la ira contra la injusticia      
pone ronca la voz. Desgraciadamente, nosotros,       
que queríamos preparar el camino para la amabilidad          
no pudimos ser amables.       
Pero vosotros, cuando lleguen los tiempos    
en que el hombre sea amigo del hombre,      
pensad en nosotros    
con indulgencia.


La belleza del mundo (frag.)
Por Simone Weil (Francia)

El amor carnal en todas sus formas tiene por objeto la belleza del mundo. Muy a menudo también en la búsqueda del placer carnal los dos movimientos se combinan, el movimiento de correr hacia la belleza pura y el movimiento de huir lejos de ella en una confusión indiscernible. Si el amor carnal en todos los niveles se dirige más o menos a la belleza –y las excepciones no son más que aparentes- es porque la belleza en un ser humano hace de él por la imaginación algo equivalente al orden del mundo. El amor que se dirige al espectáculo de los cielos, las llanuras, el mar, las montañas, el silencio de la naturaleza que se hace sentir en mil leves sonidos, al soplo de los vientos, al calor del sol, ese amor que todo ser humano presiente al menos vagamente en un momento, es un amor incompleto, doloroso, porque se dirige a cosas incapaces de responder a la materia. Los hombres desean trasladar ese mismo amor a un ser que sea su semejante, capaz de responder a su amor, de decir sí, de entregarse. El sentimiento de la belleza que a veces está ligada a un aspecto particular de un ser humano hace posible esa transferencia, al menos de manera ilusoria. Pero la belleza del mundo, la belleza universal, es el objeto de ese deseo.