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jueves, 9 de julio de 2015

Mujerícola 8: Adeus

Yacía boca arriba, derramada. Las piernas le temblaban. No sabía si mantenerlas en eme, o cerrarlas. Las bajó. Creía que era testigo de cómo su cuerpo sufría un ataque de epilepsia. Pero no podía parar. No quería.
Sus muslos estaban a punto de quemarse con su propia lava. Hubo entonces un nanomomento en que se detuvo, observó sus dedos y no miró sangre. Continuó. Sudaba y si giraba un poco, tan sólo un poco, hubiese podido exprimirse. Aun más.Se abrazaba las tetas, mordía los labios, prensaba los ojos, porque le costaba verse sentir. Pero no cerró la boca. Era una máquina de ruiditos involuntarios, y como si pudiera oírse, reía y lloraba al unísono.
Se volteó contra una almohada, obligándose a no parar. El instinto le llevó sus dedos a la lengua. Se olió. El espejo de enfrente estaba empañado. Lo supo cuando se atrevió a desenfundar las comisuras de los ojos. Con la otra mano desdibujó su rostro en la niebla y se supo hirviente.
Escribió: “adiós”. Estaba a punto de morir y no quería salvarse. Se dio la vuelta y ya con su cara mirando el cielo se elevó desde el ombligo. Una luz la consumió.

lunes, 7 de abril de 2014

Muerte chiquita

“Comience por deshilachar los sentidos ácidos de su camiseta. Lama pausadamente cada rincón de sus decencias y absorba todas las fragancias hasta que el decoro se convierta en caramelo y la lluvia acompase sus latidos. Aderezca su piel con feromonas y transporte esa música a lo largo de su cuello, su torso y espalda. Nutra su mirada de espejos desenfocados; y cuando desde el campanario la acústica de su matriz implore a los feligreses atención, añada tres cucharadas soperas de libidinosa tempestad. Continúe palpando espontáneamente sus entrañas sin dejar de remover los vapores que exhale. Sobretodo, no respete los consejos y apague el telediario. Ríase del porno tradicional mientras canta una nana, un irrintzi, un gregoriano, o lo que usted prefiera. Recomendamos comerse la boina y quitarse el chocolate de las uñas, para disminuir la hiperventilación y no agitar a las vecinas que riegan sus atardeceres. Con sus manos amase el flujo sanguíneo, suba el volumen, arañe la almohada, nivele la presión del agua y espolvoree sus mamas. Maúlle, brinque, escriba un par de poemas e invente dragones sin espinas. No olvide rociarse con jengibre y contornear ilustraciones labiales hasta que su pelvis rezume una sonrisa ancha. Repítalo al menos una vez por semana, antes de que la sopa se enfríe y a los ladridos se los lleve la corriente”.

Por Itsasne Gaubeca: "Instrucciones para masturbarse".