Yacía boca arriba, derramada. Las piernas le temblaban. No sabía si mantenerlas en eme, o cerrarlas. Las bajó. Creía que era testigo de cómo su cuerpo sufría un ataque de epilepsia. Pero no podía parar. No quería.
Sus muslos estaban a punto de quemarse con su propia lava. Hubo entonces un nanomomento en que se detuvo, observó sus dedos y no miró sangre. Continuó. Sudaba y si giraba un poco, tan sólo un poco, hubiese podido exprimirse. Aun más.Se abrazaba las tetas, mordía los labios, prensaba los ojos, porque le costaba verse sentir. Pero no cerró la boca. Era una máquina de ruiditos involuntarios, y como si pudiera oírse, reía y lloraba al unísono.
Se volteó contra una almohada, obligándose a no parar. El instinto le llevó sus dedos a la lengua. Se olió. El espejo de enfrente estaba empañado. Lo supo cuando se atrevió a desenfundar las comisuras de los ojos. Con la otra mano desdibujó su rostro en la niebla y se supo hirviente.
Escribió: “adiós”. Estaba a punto de morir y no quería salvarse. Se dio la vuelta y ya con su cara mirando el cielo se elevó desde el ombligo. Una luz la consumió.
