Por: Ernesto J. Navarro e Indira Carpio Olivo
Gerda lloraba sin consuelo alguno. Carlos y Eva le hablaron durante horas acompañando a la amiga que con lágrimas sacaba todo lo que tenía apretado entre el alma y el corazón.
En aquel invierno de 1989 las calles de Köln, ciudad separada de la
capital de Alemania por más de 570 kilómetros, eran un carnaval. Para
Gerda un viernes santo. Había gente que no podía dar crédito a lo que ocurría. Se preguntaban si era cierto. “Fue desconcertante”, nos contó Carlos.
Gerda dejó a toda su familia en la parte oriental de la Alemania dividida
y con 20 años de distancia había aprendido a vivir de la nostalgia.
Hace una generación, cuando cayó el Muro de Protección Antifascista, su
llanto era expresión de una parálisis interior que le impidió salir
corriendo. Como un preso que luego de 50 años de cárcel es puesto en la
calle, no sabía cómo vivir sin la reja.
