A ella le dolía como
si la quemaran intermitentemente con un encendedor de tabacos para
autos.
Al principio del fin,
su cuerpo se desprendía de la vida como una hoja de árbol, hasta
dejarle desolado, desnudo, seco.
De donde nació el
placer un volcán la hería.
Amalia tuvo tres
maridos conocidos y a todos los sobrevivió.
Se los pasó de una
mano a otra, como agua fresca. De su cuenco húmedo doce hijos
coronaron la luz. Mujer de conuco, sus manos lo mismo despescuezaban
una gallina, que tejían las trenzas de su siete hijas, o enderezaban
el camino del que se atrevía a torcerlo.
Debajo de sus fondos y
sobre sus alpargatas dos cañaverales endulzaron al proscrito hasta
que el azúcar se agrió y fue su jugo abandonando las venas.
Después de que su
último marido muriera, guardó luto durante más de cuarenta años.
De su larga cabellera negra se apoderó la luna y a sus tetas las
reclamaba el mismo magma de las tripas de la tierra.
Cuando hablaba, hasta
Dios callaba para escucharla, porque nunca supo susurrar. Se le
recuerda por tener la planta de los pies más suaves que ser humano
alguno haya tenido. Pero esta cosa extraterrena no le sirvió para
nada.
Igual, le dolía
caminar.