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martes, 25 de agosto de 2015

Gastronauta 49: VPH



A ella le dolía como si la quemaran intermitentemente con un encendedor de tabacos para autos.
Al principio del fin, su cuerpo se desprendía de la vida como una hoja de árbol, hasta dejarle desolado, desnudo, seco.
De donde nació el placer un volcán la hería.

Amalia tuvo tres maridos conocidos y a todos los sobrevivió.
Se los pasó de una mano a otra, como agua fresca. De su cuenco húmedo doce hijos coronaron la luz. Mujer de conuco, sus manos lo mismo despescuezaban una gallina, que tejían las trenzas de su siete hijas, o enderezaban el camino del que se atrevía a torcerlo.

Debajo de sus fondos y sobre sus alpargatas dos cañaverales endulzaron al proscrito hasta que el azúcar se agrió y fue su jugo abandonando las venas.

Después de que su último marido muriera, guardó luto durante más de cuarenta años. De su larga cabellera negra se apoderó la luna y a sus tetas las reclamaba el mismo magma de las tripas de la tierra.
Cuando hablaba, hasta Dios callaba para escucharla, porque nunca supo susurrar. Se le recuerda por tener la planta de los pies más suaves que ser humano alguno haya tenido. Pero esta cosa extraterrena no le sirvió para nada.

Igual, le dolía caminar.