Ya
no puedo mirar con los mismos ojos las ramas de la guayaba. Esta
mañana, alcé al cielo y descubrí que su color, el color de sus
hojas era lo que de ella me imantaba, un verde sin brillo de cuyas
venas se alimenta el también opaco rosa que engrosa la pulpa de la
fruta. Cuando cae la guayaba, antes de que la gravedad la estalle
contra la tierra, los pájaros la habrán picado, los gusanos
atravesado y su caída ya no comporta desgracia. Cuando era pequeña,
no dejábamos al destino su carne. Ahora, a mis sobrinos no les
importa que delante de su puerta una pequeña mata se levanta y es
madre para la boca de las aves. La rama de la guayaba es dura y
flexible. Con ella mi abuela repicaba en el piso cuando el bojote de
nieto no le hacíamos caso. Una vez me atinó una nalga y me picó
hasta el día de hoy. Tenía yo menos de diez años y me daba a la
tarea de escupir el sol.
De
todas las torturas que once integrantes del Batallón Caribe de la
Fuerza Armada Nacional Bolivariana supieron aplicar a doce hombres
que hicieron presos y asesinaron después de una pesquisa de la
Operación de Liberación del Pueblo (OLP) en el Municipio Acevedo
del Estado Miranda a mediados de octubre, juntarlos y pegarles con
las ramas de guayaba fue, cuando menos, la más romántica.
“Rojas
no supo hacer el trabajo; no los supo matar”, diría uno de los
guardias hoy juzgado según el Ministerio Público, de nombre Luis
Eduardo Romero.
“No
los supo matar”. Esa frase se cayó de madura, ningún gusano la
quiso probar, los pájaros se negaron. La fruta podrida: