Yo no hago fila en
ningún partido. Alguna vez, cuando estaba fuera del país, papá me
inscribió en uno sin mi autorización, y no me he molestado en
renunciar, pero tampoco en votarle.
No me interesan las
organizaciones en las que la verticalidad es su estructura, en la que
el nombre es sinónimo de muertos y desaparecidos, o el hecho de
haber sido gobierno los convierte, a sus dirigentes en elites,
oligarcas y corruptos (y perdonen la redundancia). Tampoco los
parapetos copias de partidos europeos (caricaturas de niños bien
jugando a ser políticos), fundados con las arcas del Estado, tipo
Primero Justicia. Ni los que se fundamentan en cambiarlo todo para no
cambiar nada, para continuar la danza del quítate tú pa' ponerme
yo, y para ello maltratan conceptos como el del socialismo o se hacen
llamar de centro izquierda (ya sabemos: un recurso propagandístico
de partidos de derecha). Menos me gustan los tontos útiles que
alguna vez fuimos y que debemos estar negados a ser, los pequeños,
incluso alguna vez ilegalizados.
En nuestro país hubo
un momento en que los partidos tradicionales casi desaparecieron y a
una le parecía una especie en extinción los adecos y los copeyanos,
por ejemplo. Pero, ¿a dónde se fueron sus “militantes”? ¿qué
otro partido fueron a engrosar? ¿al cambiar de nombre, los adecos y
los copeyanos se hicieron socialistas? ¿Cómo es posible que se haya
formado una juventud socialdemócrata (que acá significa neoliberal)
o socialcristiana (que acá significa neoliberal) en tiempos en que
los jóvenes deberían patear de una vez y por todas las viejas
estructuras? ¿Cómo ocurrió, cómo ocurre? Ningún partido es
joven, su concepción es más bien un anquilosamiento de la política.