En ella la verdad viene del verde, es
una hoja que no teme amar a otra. Y que tiembla en su flor cada vez
que se estaciona en él una avispa a chuparlo.
A los ocho años de edad fue el diezmo
de sus padres a un monasterio alemán. Diez años estuvo tapiada en
el cuarto en el que sólo la acompañaban otras aristócratas
regaladas a la iglesia, y las visiones que, desde los tres, le
partían la frente en halos que descomponían la luz: una lluvia de
fosforescencias que luego describirían como las auras de una
“migraña”, precursora del surrealismo.
Allí estaba su mano, la extensión de
una porcelana que no ha tocado la tierra, pero que crece con ella
como el bulbo de la flor de lis: intacta, erecta.
Empezó así a amar el vientre de María
y su cuerpo en el de todas las mujeres. Tanto como al universo y la
ubicación de cada cosa en las bolas de fuego que de pronto la
tiraban contra la nada, para que lo construyera el todo, Hildegard
von Bingen.
“Somos creados por la tierra, y la
tierra te salvará”.
En plena edad media, como herbolaria,
recetaba un abortivo fabricado por ella a base de leche y ramas de
ojaranzo y carpe. Acudían a ella a por el espíritu, lo mismo que a
por el cuerpo: el físico, el psíquico, el natural y el divino, en
equilibrio con los cuatro elementos.
Se
llama a sí misma pobre de forma, “ignorante porque
soy mujer”, y de sus lirios manaba como científica, naturalista,
médica, sexóloga, mística, filósofa, antropóloga, monja,
profeta, pintora, poeta, compositora, precursora de la ecología, del
feminismo, de la ópera, e inventora de la que podría denominarse
como la primera lengua artificial de la historia con alfabeto propio
y posible antecedente del esperanto: la Lingua Ignota.
