El hombre que le lleva la comida se ha
devuelto -con esta- la segunda vez.
La primera, el comensal se empinó un
frasquito de Tabasco.
La segunda repetiría, pero se dio
cuenta de algo, la comida no sabría lo mismo que con un chilito
mejicano. Ni la nuestra, ni la argentina, menos la europea, ninguna
como la picante sazón regiomontana. “Déjame unos veinte añitos
más, y te digo qué me parece Venezuela”.
Celso Piña cuenta sesenta y dos
vueltas al sol, treinta y cinco de las cuales abraza el viento con su
cajón de música. “Lo mágico del acordeón es que si estás
triste, él llora contigo. Pero si estás contento, lo celebra”.
El mayor de nueve hermanos, acompañó
a su padre en todos los trabajos, para mantener a su familia.
Mientras, cantó para acompañar, para enamorar, por cantar. Escuchó
a los grandes de la cumbia colombiana a través de los discos que
llegaban de Estados Unidos a Monterrey, hasta que un día se hartó
de sólo escucharlos y decidió copiarlos.
-Papá, quiero tocar el acordeón.
Regálame uno, le dijo.
-¡Órale! ¿Y lo quieres nuevito?
