Cuenta el viento que nació entre
flores negras. Penetró como haz de luz, dispersa en la diminuta agua
que sube y se condensa, hasta que vuelve a la tierra para golpear los
tallos.
Cuando Violeta pudo sostenerla, fueron
ella y las seis cuerdas, de la pura piel de su padre, el pájaro.
Ella misma había sido depositada de polen a polen en la roseta, muy
próxima a la boca de la guitarra. Y allí floreció para hablar el
lenguaje de la tierra, cordillera disfrazada de lobo.
Gritaba y alzaba la ola sobre el
cemento. Lloraba y se anegaba el monte. Cantaba y reventaba la
piedra.
Fue de puerta en puerta buscando la
canción y la canción de puerta en puerta la recibió. Caminaba
hacia atrás, desobedeciendo a la madre, “porque patrás caminan
los muertos”.
La Viola lo mismo tejía, pintaba,
esculpía, que cantaba angelitos.
Cuando los niños de por donde pasaba,
morían, se ofrecía a vestirlos.
Picaba un par de palitos para abrirle
los ojos a la luz.
