Las lágrimas por las Mirabal elevaron
una estalagmita en la cueva de Rafael Leonidas Trujillo.
Las últimas gotas lo cosieron a tiros
en el asiento de atrás de su auto. El “jefe” venía de las
montañas, el dibujo de las piernas abiertas de la amante de turno.
Sesenta balas -made in USA- lo
despidieron en la Avenida George Washington. El mismo Estados Unidos
que lo había puesto en el Palacio Nacional, ahora lo destronaba por
miedo a la avanzada comunista de entonces.
La mitad de esas balas: treinta, fueron
la cantidad de años del “benefactor” en el gobierno.
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